El interés del cine por la figura del sacerdote se ha renovado en los últimos años, después de haber sido recurrente entre la década de los 30 y mediados de los 50. Se trata de un personaje que da mucho juego y la prueba está en el estimable número de actores que, revestidos con una sotana, han entregado algunos de sus trabajos más memorables. El que más se ha prodigado ha sido Fernandel con Don Camilo, una saga que relataba en tono de humor los desencuentros entre el párroco de un pequeño pueblo de Italia y el alcalde comunista. El éxito de la primera y las sucesivas entregas, propició que el cómico italiano representara este papel hasta en cinco ocasiones entre 1952 y 1965.

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Fernandel en Don Camilo y el honorable Peppone (1955)

A Fernandel le iguala en número Martin Sheen, aunque con una serie de producciones de escasa repercusión: Católicos, Choices Of The Heart, Gospa, Sacred Cargo y Ninth Street. También fue muy prolífico Spencer Tracy y eso que al principio era reticente a encarnar una figura por la que sentía un gran respeto, debido a sus creencias católicas. Tras decidirse, hizo de sacerdote en cuatro películas, con tres personajes diferentes. El primero fue el carismático padre Mullin en San Francisco, que le reportó su primera nominación al Oscar. Tan sólo dos años más tarde, ganaría el Oscar por meterse en la piel de un personaje real, el padre Flanagan, en Forja de hombres. Este papel lo retomaría en La ciudad de los muchachos. Cerca del final de su carrera haría de bondadoso misionero, aunque algo contrariado, en El diablo a las cuatro.

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Tracy en Forja de hombres (1938)

Fernandel, Sheen y Tracy se llevan la palma, pero a otros tampoco les sienta mal el alzacuellos y han repetido como sacerdotes. Es el caso de Alec Guinness, que comenzó su conversión al catolicismo durante el rodaje de El detective, en el que caracterizaba al astuto y peculiar padre Brown. Al año siguiente repitió con el intenso drama El prisionero, esta vez como torturado cardenal. Además, tuvo una pequeña aparición como papa Inocencio III en Hermano sol, hermana luna y fue el párroco de un pueblecito español en Monseñor Quijote. La filmografía del francés Claude Laydu no es muy extensa, pero pasó a la historia del cine europeo con su atormentado personaje de Diario de un cura rural, que debió llamar mucho la atención de los responsables de La guerra de Dios, puesto que lo contrataron para repetir el rol de joven párroco, pero esta vez dándole una marcada dimensión social. Otro francés, Pierre Fresnay, estuvo magnífico como San Vicente de Paul en Monsieur Vincent y muy correcto como desorientado ex-sacerdote en El renegado. En España repitieron de una manera más irregular Fernando Fernán Gómez en La mies es mucha y Balarrasa, y Paco Rabal en El canto del gallo y Nazarín.

Al otro lado de Atlántico encontramos a actores de más renombre. Gregory Peck empezó a ser conocido y recibió su primera nominación al Oscar por hacer de misionero en Las llaves del reino. Cuatro décadas después, ya consagrado, dio vida a Hugh O’Flaherty en Escarlata y negro, un intenso film basado en hechos reales. El polifacético Robert De Niro estuvo algo lacónico en Confesiones verdaderas, pero mucho más entonado como secundario de lujo en Sleepers, aparte de su inolvidable participación en La misión, en este caso como jesuita. Volviendo a los sacerdotes, en Siguiendo mi camino se daba un interesante conflicto generacional entre Bing Crosby y el veterano párroco encarnado por Barry Fitzgerald. Entre los dos se repartieron los Oscar a las mejores interpretaciones masculinas y Fitzgerald estuvo tan bien que, aparte de llevarse el premio al mejor actor de reparto, estuvo nominado a mejor actor por el mismo papel. Este hecho sin precedentes provocó un cambio en el reglamento de los galardones para que esto no volviese a ocurrir. En la secuela Las campanas de Santa María, Crosby volvería a ser el protagonista, esta vez acompañado por Ingrid Bergman.

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Crosby y Fitzgerald en Siguiendo mi camino (1944)

A otros les ha bastado con un personaje para que éste se convirtiera en uno de los más representativos de su carrera. Tanto Aldo Fabrizi en Roma, ciudad abierta, como Karl Malden en la Ley del silencio y Max von Sydow en El exorcista, no sólo aprovecharon las grandes posibilidades que les daban sus papeles, sino que los elevaron a altísimas cotas con su inspiración y su buen hacer. Lo mismo se puede decir de Jeremy Irons en La misión o de Montgomery Clift en el thriller de Hitchcock, Yo confieso.

En los últimos años, con el nuevo interés hacia los sacerdotes, en particular, y hacia el cine religioso, en general, están surgiendo personajes densos y atractivos para el público como el de John Hurt en Disparando a perros, o el de los exorcistas caracterizados por Tom Wilkinson, en El exorcismo de Emily Rose, y por un magnífico Anthony Hopkins, que declaró que su papel en El rito era el más interesante que había hecho desde El silencio de los corderos. Esperemos que esta tendencia positiva se confirme en los próximos años.

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Hopkins en El rito (2011)