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Ilustración: Marko Ivan Rupnik

Dos discípulos de Jesús vuelven andando a su pueblo, Emaús. Tan normal y cotidiano. Pero su conversación no era normal ni cotidiana. Era el primer día de la semana siguiente a la Pasión, y estaban en ese pensar y repensar los hechos que habían acabado de suceder, y ante los que se encontraban completamente desorientados; comentarían una y otra vez las mismas cosas, esperando encontrar un dato, una clave que les permitiera entender una realidad que en ese momento les resultaba desconcertante y triste por la pérdida de alguien querido, y del que pensaban que ya no volverían a ver. Deberían sentirse confusos y desorientados. En nuestra vida de personas creyentes debe haber temporadas, más o menos largas, en las que nos encontremos casi igual que estos discípulos de Emaús.

Quizá sea por nuestra naturaleza humana, pero parece que el Señor nos creó un poco torpes para comprender las cosas. El caso es que en nuestra propia vida las dificultades que nos encontramos, las dudas que nos rodean, miles de obstáculos, nos hacen sentir solos, deprimidos, tristes y faltos de empuje. En esos momentos, además, buscamos explicaciones levantamos los ojos al cielo, y preguntamos al de arriba dónde se ha metido que no nos ayuda, y recibimos como respuesta el silencio. A los discípulos de Emaús les pasó esto, no veían a Jesús por ningún sitio, todas sus promesas se habían venido abajo, y por lo tanto regresaban a casa, solos, sintiéndose desengañados y con la esperanza perdida. No acabamos de descubrir el sentido de la Pascua, porque pascua es cuando dejamos de mirar las cosas con nuestras cortas miradas y empezamos a contemplarlas con la luz de Cristo, esa luz que celebramos en la noche de la resurrección y que este cirio nos recuerda, y ver la vida desde esta luz significa una carga de ilusión, de alegría y de presencia de Dios, que nos haría sentir lo que nos pasa de otra manera, de otra forma.

Los discípulos de Emaús, hicieron algo bien, muy bien, invitaron a aquel personaje que les había hablado de forma tan extraña, que los había acompañado, y que los había animado, a que se quedara con ellos porque iba a caer la noche, y les bastó el gesto de partir el pan, de levantar los ojos, y de dar gracias, para reconocer a Jesús. Partiendo de este gesto sencillo podemos llegar a la convicción de que si nosotros queremos ser sal en medio del mundo, queremos ser luz a la hora de anunciar lo que creemos, tenemos que llevar a todos los hombres la presencia de un Dios que se hace presente en las cosas pequeñas, en lo cotidiano, en lo que hacemos todos los días: en la brisa, en un niño, en una sonrisa, en las fuerzas en mitad del agotamiento, en una palabra que nos toca el corazón, en esa contemplación de algo que nos maravilla… ese es el Dios que camina al lado de las personas que necesitan de aliento, y de un gesto de ánimo. Ese Dios que se ha querido hacer pan y vino para darnos fuerza y alegría.

La Pascua es el tiempo de recordar y vivir la cercanía y la presencia de Dios junto a nosotros. Jesús lo logró con aquellos dos caminantes, consiguió que su corazón ardiera cuando les estaba hablando, ¿lo conseguirá también con nosotros?, nos resulta difícil ver la compañía de Jesús en nuestra vida, Jesús nuestro compañero de viaje, no va a cambiar la realidad a nuestro gusto, no va a arreglar nada de lo que nos gustaría que se arreglase, mejor dicho, si, nos arreglará a nosotros, si nosotros nos dejamos, arreglará nuestro corazón para que miremos las cosas de otro modo, recuperando la ilusión y las ganas y estaremos dispuesto a comunicarlo a todo aquel que quiera oírnos. Dejemos por tanto que la presencia de Jesús resucitado nos inunde y nos transforme, que nuestro encuentro con Él, fortalezca nuestra fe vacilante, y consiga que salgamos de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás.

Le pedimos al Señor que haga todo esto realidad en nosotros, que nos ayude y nos conforte. Nos acordamos, como todos los domingos de los que sufren, están solos o enfermos, de los que menos tienen, de los que se sienten no queridos, de los abandonados, de los que sufren violencia por parte de otros y no encuentran a nadie que los ayude.