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Los discípulos de Emaús (Caravaggio)

Fuente: Alfa y Omega

Recuerdo aquel viaje con un decepcionado de la vida, de Cristo, de su Iglesia. Militaba en ese momento en contra de lo que él creía que era un error y que el cristianismo llevaba adelante. De pronto, se le escapó una confidencia tremenda: «Lo que te envidio es que vivo sin ninguna esperanza».

Aquellos decepcionados de Emaús, que representan a todos los decepcionados de Cristo y de su Iglesia, siempre repiten el mismo esquema. Primero, su profunda decepción es el encuentro con la cruz y con el sufrimiento, que no han digerido. Al vivir atragantados, se repiten como la cebolla mal digerida y se hacen monotemáticos con la palabra que es siempre la misma en todos los decepcionados: Nosotros esperábamos… ¿Esperaban otra cosa distinta de Cristo, de la Iglesia, de su matrimonio, de su vida? Me he convencido de que todos los decepcionados de Cristo se instalan en la queja, porque así siempre tienen motivos para no hacer nada.

En el fondo, decepcionados se vive más cómodo; y sobre todo se instalan en el corazón farisaico que todos llevamos dentro, echando en cara a los otros lo que nosotros no vivimos. Es increíble cómo Jesús busca a los que huyen de Él. Sale al encuentro de los que no quieren encontrarse con nadie. Les ayuda a salir de sus decepciones demasiado humanas (en el fondo, para no vivir en el gozo y la alegría del Resucitado).

Al Nosotros esperábamos de todos los encantados con sus decepciones, porque así no hacen nada por cambiar, Jesús les responde que era necesario todo lo sucedido. Nos lo ha recordado la Vigilia Pascual: «Feliz culpa que mereció tal redentor». Era necesario significa lo que nos recuerda san Pablo: «A los que aman a Dios todo les sirve para su bien». Cristo resucitado es la respuesta a todas nuestras decepciones.

Cuando no se digiere la cruz, nace en las entrañas un corazón amargado. Sólo se puede salir de esta situación queriendo salir. Las decepciones prueban que el problema está en nosotros, porque el Señor nada les había prometido que no estuviese en el programa, a la hora de seguirle. Los decepcionados, como los de Emaús, no han descubierto que nada se les ha prometido que no sea: Carga con tu cruz, y sígueme. Solamente curarán de sus decepciones cuando hablen tranquilamente con el Señor, en una profunda vida interior (los decepcionados nunca rezan, sólo se contemplan a sí mismos). Mirar al Resucitado hará que el Espíritu Santo estalle en todas sus amarguras y le reconozcan al partir el Pan. La Eucaristía, Cristo vivo y resucitado, es antídoto contra todos nuestros desánimos y decepciones.

Es curioso, pero los de Emaús están siempre en crisis, porque su decepción brota de haber salido del Cenáculo y haber dejado la comunión con la Iglesia. Cuando se encuentran con el Resucitado en el camino de Emaús, vuelven al Cenáculo, a vivir con gozo la comunión con la Iglesia; una por una se disipan todas sus quejas y decepciones. La clave es que han cambiado el Nosotros esperábamos, de todos los decepcionados, por el Era necesario de la afirmación de su fe en el Resucitado.