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Cena de Emaús (Rembrandt)

¡Quédate con nosotros! Parece que el universo entero recibió la súplica de los dos discípulos de Emaús y la proyectó como un impulso hacia lo alto, recogiendo los gemidos ininterrumpidos que hombres de toda raza, lengua y nación han y hemos elevado a Dios, ante lo que nos parecía ser su ausencia. Por todo el cosmos viajan los gemidos arrancados por nuestras soledades. ¡Quédate con nosotros, quédate conmigo, que no sé quién eres ni dónde estás! Este es nuestro grito que atraviesa los cielos sin saber en no pocos casos si en esos cielos hay Alguien.

Quisiéramos, desearíamos, no gritar más; casi como aceptando que el Dios hacia quien tienden nuestras carencias no sea más que un espejismo. Sin embargo, al igual que los dos de Emaús, somos impulsados por las huellas -quizás ya sólo cenizas­ de su paso como fuego por nuestras vidas. Aun con la tentación a veces de negar toda evidencia, los rescoldos de sus pasos persisten, y eso es lo que nos lleva a seguir buscándole. Hecha esta pincelada del fluir, lo queramos o no, de nuestros vacíos, volvemos los ojos a nuestros amigos de Emaús, aquellos que dieron cuerpo y forma a sus anhelos más profundos al tener la audacia de forzar a Jesús frenando sus pasos, al tiempo que le suplicaron desvalidos: ¡Quédate con nosotros! “Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos” (Lc 24,28-29).

Entramos, pues, en el alma, cuerpo y corazón de nuestros amigos, a fin de apropiarnos de su bellísima experiencia de Jesús como Señor y Maestro. ¡Quédate con nosotros!, le disparan con firmeza; mira que atardece, declina el día, las sombras vienen a nuestro encuentro y … no podríamos soportar otra noche sin ti. Aún nos duele el alma al recordar el momento en el que fuiste elevado en la cruz. Allí estábamos, muy distantes, pero estábamos. Eso sí, huérfanos de ti y de todo, sin saber qué hacer con las palabras -tu Evangelio- que pacientemente habías sembrado en nuestros corazones. Por si fuera poco, nuestra tristeza se colmó de tragedia cuando todo se llenó de oscuridad y tinieblas. “Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona” (Le 23,44).

Has vuelto, como prometiste (Jn 14,18-19). Tú eres el Buen Pastor anunciado por los profetas (Ez 34,11-12), aquel que habría de recogemos por los distintos caminos y cañadas donde nos dispersamos en ese día de brumas tenebrosas; en esas tres de la tarde en las que hasta el sol se ocultó como asustándose, eludiendo ser testigo de los trágicos e inenarrables acontecimientos que se sucedieron en el Calvario; esas tres de la tarde, en las que las tinieblas, agazapadas, esperaban hambrientas su hora (Jn 12,27).

Has salido a nuestro encuentro y has prendido tu fuego en nosotros. Ahora, con ese infinito respeto que tienes por nuestra libertad, haces el ademán de seguir tu camino dejándonos atravesados por la lanza de tu Amor; y, escudándote en el binomio libertad-amor, te quieres ir. Pues no, no va a ser así: justamente sirviéndonos de la libertad que tanto aprecias, alargamos nuestras manos y te retenemos, al tiempo que, totalmente desvalidos ante la noche que se acerca y que tan traumáticos recuerdos nos traen, te suplicamos y hasta te forzamos con nuestro grito: ¡Quédate, quédate porque no somos nada ni nadie sin ti!

¡Quédate! Más que una petición es un gemido de dolor de estos dos hombres que han conocido la inenarrable angustia de haber dejado morir la Vida que, de una forma u otra, había sido huésped de sus manos y sus corazones. Quédate, le insisten estos dos hombres, rudos por fuera y niños por dentro. Quédate, le dicen a una sola voz los que, tal y como nos narra Lucas, se habían enzarzado en una discusión apenas dados los primeros pasos hacia Emaús (Le 24,15-17).

 

El pan que nos hace hermanos

Quédate, pues sin ti es imposible la comunión entre nosotros. Ahora sí somos uno, pues uno solo es el fuego que moldea nuestros corazones, antaño tan individualistas y ambiciosos. Ahora sí somos uno en tu Fuego (Le 24,32). También somos uno en tu Palabra, ya no conocemos más voces que la tuya: “Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn 10,4-5). Deudores de la misma Palabra, la misma Voz y el mismo Fuego, a nadie ha de extrañar que tengamos un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32)… Más aún, queremos tener con respecto al mundo entero incluso tus mismos sentimientos (Flp 2,5).

Jesús se quedó con ellos; y, sentado a la mesa, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”. Unos dicen que Jesús celebró la Eucaristía con ellos. Otros que en realidad estaba partiendo la Palabra como signo de la predicación del Evangelio, que será siempre un partir el Pan Vivo. Pienso que nuestros amigos eran y estaban ajenos a cualquier tipo de interpretación. Estaban viviendo una experiencia trascendental: Que Él, su Señor y Maestro, se había partido por ellos en la cruz; que, como buen Pastor, había ido a su encuentro; y que, al encontrarlos, los cargó sobre los hombros. En definitiva, se puso debajo de ellos.

Esto es lo que estos hombres entendieron, interpretaron y vivieron. Fue una experiencia tan fuerte como real, es decir, atravesada de parte a parte por la verdad. Digo esto porque fue tal la conmoción que sintieron, fueron tan aguijoneados por la Presencia, que imperiosamente necesitaron restaurar la comunión perdida: “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once… “(Le 24,33…).

¡Quédate con nosotros, quédate conmigo! Quién se atreve hoy día a lanzar este grito de auxilio a la par que de esperanza a Dios, a ese Dios cuyo rostro ha sido tan desdibujado por una sociedad que se basta a sí misma para… ¿vivir? No hay mayor mentira que llamar vida al auto inmolarse en brazos del absurdo, la nada y, sobre todo, la volatilidad de asideros existenciales.

Volvemos con nuestros amigos, a los que acabamos de dejar reintegrándose a la comunidad. Recuperados en comunión gracias a la Palabra, tal y como Jesús se lo había pedido al Padre tanto para ellos como para todos los hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, habían de creer en Él dejándose revestir de su condición de discípulos (Jn 17,20-21).

Henos aquí, pues, con la comunidad apostólica, con los primeros discípulos del Señor Jesús. Están ya todos, no falta ninguno. La comunión ha sido restablecida, y, para nuestra sorpresa, el Resucitado confirma y da forma a estos rudos hombres, reencontrados y recíprocamente perdonados. Jesús, que se había aparecido a los que permanecían en Jerusalén, por un lado; y también a los que de la ciudad habían salido, por otro, se manifiesta a todos juntos sellando el amor fraterno; creación suya que emerge del hecho de tener un solo corazón, una sola alma y, sobre todo, como ya hemos hecho notar enfáticamente: una sola voz-palabra.

Como bien sabemos, no hay palabra del Hijo de Dios en el Evangelio que no nos alcance, que no sea espacio propio de nuestro camino y experiencia de fe. La Palabra de Dios es eterna, como bien sabemos; lo que quiere decir que se cumple siempre, de generación en generación, en cada buscador de Dios. Siendo así, podemos, con la Sabiduría de Dios, sondear e intentar comprender y, sobre todo, saber qué significa para nosotros esto que nos narra Lucas a lo largo de este encuentro: “Se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo” (Le 24,36-39).

 

¡Palpadme!

Nos preguntamos cómo nos alcanza a nosotros esta invitación de Jesús a los suyos, dado que también nos gustaría “palparle” a fin de disipar tantas dudas que, con no poca insistencia, pone Satanás en nuestros corazones con el propósito de romper en mil pedazos la llamada al discipulado que hemos recibido. Más de uno podría hasta protestar por no tener las mismas oportunidades que los primeros discípulos, en orden a creer que verdadera y realmente es el Hijo de Dios, el enviado del Padre, Dios y hombre verdadero.

La respuesta, así, de pronto, nos va a parecer brutal: Dios se deja palpar en su Palabra. Pasado el susto, o más bien, la extrañeza, voy a intentar explicarme. Si los discípulos pudieron palpar a Jesús “cuerpo a cuerpo”, pudiendo así comprobar que estaba vivo, a partir de su ascensión al Padre, todos tenemos la posibilidad de palpar su Espíritu.

Tengamos en cuenta que es Jesús mismo quien nos dice que sus palabras -su Evangelio- son Espíritu y Vida (Jn 6,63b). Dicho esto, pasamos a ver lo que escriben a este respecto los santos Padres de la Iglesia primitiva, concretamente nos centramos en Orígenes. Afirma que las Escrituras tienen un cuerpo y un alma. El cuerpo es la Palabra escrita en cuanto tal, y nada más. Páginas escritas que de por sí no son suficientes para que el hombre contacte con Dios, lo encuentre. El alma de la Palabra, seguimos con Orígenes, sí nos permite contactar con Dios. En el interior de la Palabra vive Dios, por eso es Palabra viva y eficaz (Hb 4,12). San Pablo nos dirá que es operante (1 Ts 2,13).

Dicho esto, nos servimos de san Agustín, quien afirma enfáticamente junto con tantos otros padres de la Iglesia, que lo mismo que nuestro cuerpo está dotado de sentidos -vista, oído, tacto, gusto y olfato-, también nuestro espíritu posee lo que podríamos llamar los sentidos inmateriales, que nos permiten ver, oír, tocar, gustar … ¡al mismo Dios! El “palpadme” de Jesús a los suyos es un anuncio profético de algo inimaginable. Partiendo de una relación analógica, podemos decir que por medio de la Palabra puede nuestro espíritu palpar a Dios, que es Espíritu (Jn 4,24a).

Para que no nos quepa duda de lo que estamos diciendo, fijemos nuestra atención en lo que aconteció momentos después del “palpadme”. Seguimos los acontecimientos de Lucas: “Y, entonces, abrió sus espíritus para que comprendieran las Escrituras” (Le 24,45). Les abrió el espíritu, así es como traducen no pocos exegetas el término “vouv” empleado por Lucas. Jesús abrió sus espíritus para que pudiesen asimilar, empaparse de su Palabra tal y como es: Espíritu y Vida. Es así como el discípulo, más allá de los estudios bíblicos -que no son descartables, pero tampoco necesarios- puede llegar a tocar y palpar a Dios. Su alma hambrienta puede empaparse de sus palabras (Sal 19,12), e incluso apretarse junto a Él, como confiesa el salmista: “Mi alma se aprieta contra ti, y tu diestra me sostiene” (Sal 63,9).

Quédate conmigo, decimos al Señor Jesús en esos momentos sombríos de nuestra vida. Quédate con nosotros, pues nos llamaste al discipulado para estar junto a ti (Me 3,14). Quédate, no nos dejes solos … Y nos parece escuchar lo mismo que dijo a los suyos, a los primeros: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn 8,31). Manteneos en mi Palabra, y así os mantendréis en mí. Y recordad que yo estoy con vosotros cada vez que vivís, dais testimonio y predicáis mi Evangelio (Mt 28,18-20).