San Francisco con el sultán

La semilla del diálogo interreligioso que sembró Francisco de Asís allá por el siglo XIII, ha tardado mucho en germinar. Pocos le entendieron cuando, en plenas Cruzadas, decidió ir a negociar la paz con el Sultán. El infinito amor que sentía Francisco por el Creador, le hacía ver las cosas de una manera diferente, mucho más amplia, sin dejar por ello de ser un hombre de su época. En su ciudad de Asís se juntaron hace unos días los líderes de diferentes confesiones con Benedicto XVI. El papa se atrevió incluso a invitar al acto y a dar voz en el mismo a los no creyentes. Francisco fue profeta en su tierra y hoy, ochocientos años después, en su pequeña ciudad se respira una paz inmensa en cada rincón, que propicia encuentros como éste.

En un ámbito local, también varios líderes religiosos aceptaron la invitación de nuestro obispo, Francisco Cerro, para celebrar un sencillo encuentro interreligioso. Los líderes -algunos de credos que ignoraba que existiesen en la zona- hablaron fundamentalmente de paz; una palabra tan fácil de pronunciar como difícil de llevar a cabo y que en una noche fría de temperatura, pero cálida en afecto, se hizo realidad. Frente a los que quieren relegar a la Iglesia al pasado, he de decir que en momentos así encuentro en la Iglesia algo diferente, algo que no encuentro en otro sitio, porque con sus errores, no deja de buscar la verdad y la justicia social.

El diálogo interreligioso supone un gran avance, porque nos invita a vivir como hermanos pese a nuestras diferencias. En particular, el ecumenismo con nuestros hermanos ortodoxos y protestantes no debe ser entendido como una especie de negociación política, que menoscabe las verdades en las que creemos. Si fuera así estaríamos ante un gran problema. El ecumenismo bien entendido, el que está aplicando Benedicto XVI, conlleva la escucha y el dialogo, construir puentes donde había muros y dejar que sea el Espíritu Santo el que obre para superar las diferencias que parecen imposibles. Es lo que Cristo nos pide: “…que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea…” (Jn 17,21).