Palabra de Dios

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Este Salmo es un canto litúrgico acerca del Mesías en su título de Rey. En él se le describe con palabras tan profundamente líricas como estas: «Eres el más bello de los hombres y en tus labios se derrama la gracia, porque el Señor te bendice para siempre…».

El salmista anuncia que la belleza del Mesías es debida a la gracia que derraman sus labios, es decir, a la palabra que sale de su boca. Y así lo vemos en la primera predicación que Jesucristo hace en Nazaret, la cual provocó que sus oyentes se «quedasen admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22).

Por esta abundancia de salvación que sale de los labios de este rey, el salmista añade: «Porque el Señor te bendice para siempre». Bendecir, que significa decir, hablar bien de alguien, es decir, bien-decir. Y Dios Padre bendijo, habló bien de su Hijo, por ejemplo en la transfiguración, cuando proclamó sobre Él: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5).

Escuchadle, como ya anuncia el libro del Deuteronomio, «con todo el corazón y con toda el alma» (Dt 30,2). Por eso Dios dice estas palabras sobre su Hijo, porque tiene el oído atento a su voz con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas y con todo su ser. Por eso es mi Hijo amado. Y para que el hombre sea también el Amado del Padre, también como hijo, se nos indica el camino: ¡Escuchadle!

¡Escuchadle! ¿Dónde…? En el Evangelio. Desde él Dios siembra en el corazón del hombre palabras de vida eterna y las graba tal y como Él prometió por medio de los profetas. «Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días: pondré mi Palabra en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33). Alianza cumplida por Jesucristo, y no ya solamente para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos de la tierra. Alianza realizada y sellada por el Hijo de Dios con su propia sangre tal y como lo anunció en la Pascua y que la Iglesia proclama en la Eucaristía. «De igual modo, después de cenar tomó la copa diciendo: esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre que es derramada por vosotros» (Lc 22,30).

Habíamos dicho que este salmo era un canto litúrgico del Mesías en su entronización real, y al mismo tiempo nos habla también de sus desposorios. Así se nos presenta una princesa, hija de reyes, a la cual se le exhorta que tenga atento el oído para que el Mesías-Rey quede admirado con su belleza. «Escucha, hija, mira, inclina el oído: olvida tu pueblo y la casa de tu padre, el rey está prendado de tu belleza».

Hemos visto al principio cómo el salmista llamaba «bello» al Mesías por estar tan lleno de la Palabra, que le fluye por los labios. Esta hija de reyes, para estar a la altura de la boda, tendrá que ser alguien que escuche y ponga atento el oído, de forma que se cumpla en ella la promesa que anunciamos en Jeremías. Entonces su corazón estará lleno de la Palabra escuchada con su oído abierto y dispuesto. Esta princesa, con la abundancia de la Palabra dentro de su ser hasta el punto de rebosar por su boca, es por eso mismo también bendita-amada de Dios igual que bendito y amado es su Hijo.

Es fácil ver en esta mujer lo que ya anunciaron los profetas y tantos santos nos han legado: el alma del hombre que, para estar a punto de su desposorio con Dios, sólo necesita una cosa: estar llena de la Palabra, creer en ella con confianza y sin «prudencias humanas». El optar por un estilo de vida, sea religioso o sea seglar, soltero o casado, no es determinante para este desposorio. La «aptitud» viene marcada por la vinculación al Evangelio, yendo hacia él y viéndolo como don de Dios y no como un programa para llegar a ser idóneo y perfecto.

En el libro del Apocalipsis se nos habla de las bodas del Cordero y nos describe a la esposa profundamente engalanada (Ap 19,7-8). Así nos la anuncia ya el salmo: «Ahora entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocados. Ellos la llevan en presencia del rey». Está engalanada con los mismos atributos de Dios: amor, bondad, compasión, misericordia, etc., que le han sido concedidos porque están presentes en la Palabra que ha escuchado, guardado y obedecido.

La princesa, a la que ya hemos identificado con el alma atenta a Dios-Palabra, será extraordinariamente fecunda: sus hijos llegarán a ser príncipes sobre toda la tierra: «A cambio de tus padres, tendrás hijos, y los nombrarás príncipes por toda la tierra».

Todo hombre-mujer que, por la Palabra, se desposa con Jesucristo, engendra hijos en la fe en todo el mundo. Aunque nos parezca imposible, Dios se sirve de estas almas para sembrar la vida eterna en innumerables personas. El apóstol Pablo tenía la conciencia clara de su fecundidad por el hecho de predicar el Evangelio: «He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús» (1Cor 4,15).