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Inmaculada Concepción -fragmento- (Murillo)

Benedicto XVI, siendo aún el cardenal Ratzinger, dijo en agosto de 2002: “la verdadera defensa del Cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todos los que la niegan, la constituye por un lado, los santos, y por otro la belleza que la fe ha generado. Para que la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro con los santos y a entrar en contacto con lo bello”.

Convencido de estas palabras, me alegro muchísimo de que este nuevo portal de encuentro cristiano, destinado a los católicos de Cáceres, comience con la reseña del más santo de los extremeños o del extremeño más santo, que es nuestro querido S. Pedro de Alcántara. ¿quién no se quita el sombrero, bien sea ateo, agnóstico o creyente, ante un coloso de la fe como fray Pedro de Alcántara, o una heroína de la caridad como Madre Teresa de Calcuta? ¿Quién no se deja cautivar por la belleza de un paso de nuestra Semana Santa o sencillamente deja que su espíritu se eleve con las notas de una composición religiosa?

La santidad y la belleza son nuestras dos “armas secretas”, dos verdaderos motivos de credibilidad  de la fe católica. Ante una sociedad en la que el hombre ha desfigurado su rostro en el arte, ha adulterado la verdad de lo que es ser hombre por intereses que no le interesan como buenos. La Iglesia nos propone el camino de la Verdad, de la bondad y belleza de ser hombres: el camino de la santidad.

La Verdad cayó con el relativismo, todo es ya relativo, e incluso para manosear la verdad nos hemos inventado términos nuevos, por ejemplo, por qué para enmascarar el genocidio hemos acuñado el término interrupción voluntaria del embarazo.

La Bondad hace años que se encorsetó con el individualismo, yo soy bueno para mí y para lo mío, y a lo sumo para los míos.

La Belleza es la que  a pesar de los pesares parece que aun sigue en pie.

La belleza contiene en si misma una poderosa fuerza de atracción y de trasformación, como decía antes, quién no se deja atraer por lo belleza interior de los santos o la belleza exterior de lo santo. El reto apasionante es el de dejarse trasformar por la belleza, dejarse subyugar por ese remitente de la suprema belleza de Dios, y establecer desde aquí una experiencia de comunión con Dios, con el mundo y con el hombre. Puede que después de todo Dostoyevski tenga razón cuando decía en su obra El idiota que “la belleza salvará al mundo”.