El Buen Pastor

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

No creo equivocarme si digo que el salmo 23, el que conocemos como el del “Buen Pastor”, es el más popular no sólo para nosotros los cristianos, sino también para innumerables personas de otras o ninguna creencia; de hecho nos encontramos con él en multitud de libros, películas, poesías, etc.

Su riqueza es inagotable, como es propio de todo texto de la Palabra de Dios. Me voy a centrar en dos manantiales catequéticos con el deseo de que nuestra alma sea pausadamente regada por ellos; riego siempre eficaz para todo aquel que tiene hambre y sed de Dios. Nos fijamos en primer lugar en el grito de gozo con que da comienzo el salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Pasamos del grito al susurro confiado que emerge del alma del salmista dirigido hacia Dios: “Tu vara y tu cayado me sosiegan”.

El Señor es mi pastor, nada me falta. Con temor y temblor, como diría Pablo, acariciamos estas palabras; toda una confesión de fe a la luz de la enseñanza de la Iglesia, que nos dice que los salmos son profecías que se cumplen en Jesucristo y en sus discípulos. Dicho esto, acogemos la bellísima promesa de que nada falta ni faltará a los discípulos de Jesús, que lo son por el hecho de haber puesto su vida en sus manos. Aclaremos un punto: no hay adhesión a Jesucristo sin la misma intensidad de adhesión a su Evangelio. Hablamos con propiedad y anunciamos que la medida de nuestro amor a Jesús es la misma que nuestro amor a su Evangelio. Jesús, el Señor y su Evangelio son indisolubles.

Un discípulo de Jesús es llevado a confiar absolutamente en Él; confianza que va creciendo conforme vivimos experiencias bellísimas de amor y solicitud hacia nosotros por parte de Él como Buen Pastor. Sólo siendo sus ovejas que seguimos sus pasos podremos decir un día con el salmista: es verdad, nada me ha faltado.

Hablando del seguimiento a Jesús y su relación con hacer la experiencia de que nada me falta, vemos cómo Él da un giro de ciento ochenta grados en lo que respecta a la fidelidad de todo aquel que quiera ser discípulo suyo; es un giro de ciento ochenta grados en lo que se refiere a las seguridades que todos buscamos y procuramos como hijos del mundo. Jesús dice a sus discípulos que son infinitamente más valiosos a los ojos de su Padre que las aves del cielo a quienes alimenta y que los lirios del campo a quienes viste esplendorosamente (Mt 6,25…).

Al hacerles este anuncio no les está imponiendo una vida de renuncias y privaciones. No se está refiriendo a esto en absoluto, sino que les está dando la buena noticia de que su Padre lo es también de sus discípulos y que, por lo tanto, cuidará de ellos. Fijémonos en la bellísima promesa que como broche de oro cierra lo que podríamos llamar: La Providencia de Dios Padre para los que viven amorosamente abrazados al Evangelio. “…No andéis preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los paganos; pues ya sabe vuestro Padre Celestial que tenéis necesidad de todo eso” (Mt 6,31-32).

Un punto de referencia respecto a vivir en la precariedad de depender de Dios y de su promesa lo encontramos en esta pregunta que hace Jesús a sus discípulos cuando les envió de misión de dos en dos sin bolsa ni alforja. “Les dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada” (Lc 22,35). La precariedad evangélica no tiene que ver nada con la pobreza; implica la confianza de ser amorosamente cuidados por Dios que es Padre de todos aquellos que intentamos seguir los pasos de su Hijo.

El cayado y la cruz

Fijamos ahora nuestra atención en por qué el salmista manifiesta su plena confianza en Dios: porque su vara y su cayado le sosiegan. En la vertiente catequética anterior insistimos en esa faceta de los discípulos de Jesús de dejarse cuidar por Él. Ahora nos apetece verle cumpliendo su misión apoyado en su Padre que le envía al mundo para salvarlo. El cayado que sirve de apoyo a los pastores, nos habla de Jesús apoyándose una y otra vez, y hasta su ignominiosa muerte, en su Padre.

Veamos esto catequéticamente adelantando así esta bellísima noticia: El cayado que sostiene y fortalece nuestra relación con Jesús es imagen y figura del suyo con el que se apoyó en el Padre. Jesús, como fue profetizado, es sostenido por su Padre: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma…” (Is 42,1). Hemos leído bien. Su Padre que le sostiene es su cayado, de ahí la continua referencia que hace Jesús al Padre, llegando incluso a afirmar que el Evangelio que sale de sus labios salió antes de los labios de su Padre. “…Yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar… Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí” (Jn 12,49-50).

Su Padre le habla, se le manifiesta y testifica ante el pueblo reunido en el Jordán, que es su Hijo amado en quien se complace, testimonio que ratifica en el Tabor (Mt 17,5). Efectivamente, Jesús puede decir: Yahveh es mi Padre y mi Pastor, también mi Cayado, la Fuerza que me sostiene. Nos invade el asombro al ver que lo que Jesús llama su Cayado bendito, Israel, el pueblo elegido, lo convierte en maldición. Recordemos que, a lo largo de su misión, fue considerado ignorante, endemoniado, embaucador; por último y como razón para poderle condenar, blasfemo (Mt 26,65-66).

Ahí está la mentira y su Príncipe convirtiéndose como única “verdad” del pueblo elegido. Recordemos que todo el pueblo, a coro con los sumos sacerdotes y escribas, blasfemaron contra el Hijo de Dios y el Cayado que según Él le sostenía: “…Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: Soy Hijo de Dios” (Mt 27,43). El Príncipe de la mentira se adueñó del corazón de Israel, quien convirtió el Cayado del Hijo de Dios en la cruz en la que fue crucificado. Hicieron de Él, como dice Pablo, un maldito. “Maldito el que está colgado de un madero” –de una cruz-. (Gá 3,13).

Los discípulos de Jesús tenemos su mismo Cayado que nos sostiene; y el mundo, cuyo corazón está sometido al Príncipe de la mentira, al igual que a Él también nos llama malditos. Nuestro Cayado nos convierte en el blanco del odio de Satanás. Somos malditos para el mundo, sí, pero… ¡Benditos para Dios! ¡Nunca un Padre estuvo tan orgulloso de sus hijos como Dios Padre de nosotros en cuanto discípulos de Jesús y de su Evangelio!