Moisés de Miguel Ángel

Fotografía: Bradley Weber (Creative Commons)

Bienaventurados los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación, nos dice el Salmo. Quizá no nos demos cuenta que estamos realizando un camino, como el pueblo de Israel, que representa una auténtica peregrinación hacia Dios, nuestro fin último.

Cuando el pueblo de Israel vio que Moisés tardaba en volver de la montaña -nos lo recuerda el libro del Éxodo en su capítulo 32-, se reunió en torno a Aarón y le dijo: “… ¡Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros pues no sabemos qué ha sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto!…”

El tiempo que emplearía Moisés en la presencia de Yahveh Dios no lo sabemos; lo que sí conocemos es la desconfianza del pueblo de Israel ante la “huida” de Moisés. Evidentemente que esta huida para estar en la presencia de Dios creó recelo en los israelitas; Moisés tardaba y no sabían nada de él; podría ser un impostor -creerían- a pesar de los milagros realizados ante su vista, primero con las siete plagas para convencer al faraón, luego con el paso del Mar Rojo, librándolos del poder de los egipcios, el alimento con el maná, poder saciar su sed con el agua salida de la roca abierta por la vara de Moisés… Lo cierto es que van perdiendo las esperanzas y se hacen un dios de oro; ¿cómo podían creer en dios hecho por ellos mismos? Necesitaban creer en algo que ellos mismos pudieran dominar: un dios a su medida.

Es curiosa esa forma de llamar a Moisés: “ese Moisés”. Es la misma expresión de desprecio que emplea el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo” cuando recrimina al padre los pecados de “ese hijo tuyo…”. Ni siquiera le reconoce como hermano…

De la misma forma llaman a Jesús los fariseos cuando, una vez muerto y resucitado, comparecen los Apóstoles ante el Sanedrín, y les dicen: “… ¿No os habíamos prohibido predicar en nombre de ‘ese’?” Este “semitismo”, recogido en (Hech 5, 27-29) entraña aquí forma de desprecio hacia la Persona de Jesús, al igual que en los casos señalados.

¿Nos va sonando esto? Igual que nosotros. Han pasado miles de años desde entonces y aun creemos en el dios-dinero; el dios que podemos dominar con nuestras manos, a pesar de que sabemos su perversa procedencia.

No puedo continuar el relato sin pararme a meditar algo realmente bello, que es fruto de otra catequesis, pero que se puede “pincelar” ahora: En el camino por el desierto frente a la fuente de Meribá, el pueblo tentó a Dios por la falta de agua. Entonces Moisés y Aarón, rogaron a Yahveh en la Tienda del Encuentro y Él les dijo: “…Toma la vara y reúne a la comunidad, tú con tu hermano Aarón. Hablad luego a la peña en presencia de ellos y ella dará sus aguas. Harás brotar para ellos agua de la peña, y darás de beber a la comunidad y a sus ganados” (Num 20, 6-9)

Con la fuerza de la Palabra -¡Hablad!-, Moisés tocó la Roca -Cristo- y al punto salió el Agua. Y esta simbología es la fuerza de Jesucristo Palabra del Padre, Roca de salvación, Agua que salta hasta la Vida Eterna. Es ya un preanuncio de la venida de Cristo Jesús. Con la fuerza de la Palabra que es su Evangelio, podemos saciar la sed de la Humanidad sedienta y agostada como nos recuerda el Salmo 62.

Continuando con el Salmo 83, dice: “…Bienaventurados los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación. Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones, caminando de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión…”

Nuestra vida está llena de áridos valles. Estos valles necesitan ser regados por la lluvia temprana que es la Palabra de Dios, Jesucristo-Evangelio. Necesitamos de Él, para como le dijo a la Samaritana, no tener más sed y convertir en oasis de paz lo que antes estaba yermo. Y así vamos por la vida, saltando de baluarte en baluarte, de tropiezo en tropiezo y de conversión en conversión. Se cumple, nuevamente, en nosotros, la Palabra de Dios revelada en esta caso, el Salmo.

¡Señor de los ejércitos, bienaventurado el hombre que confía en Ti!

Alabado sea Jesucristo.