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«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ese es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera» (Jn 10,1-3).

 
Jesucristo compara este texto del Evangelio y, por extensión, del misterio de la Cruz, en el cual tuvo su plenitud, con la puerta del redil de las ovejas. Y dice que hay pastores que no entran por esta puerta, sino que escalan por otro lado. A estos los llama ladrones y salteadores.

Malhechores y bandidos que, al no entrar por la puerta del misterio de la Cruz, por el misterio del Evangelio, para ir al encuentro de las ovejas del redil, se dedican a escalar para ubicarse en una situación de privilegio con respecto a los demás. Es decir, utilizan el aspecto exterior de la religión para subir, medrar y situarse dentro de la sociedad. En definitiva, buscan su propia gloria haciendo su corazón inaccesible a Dios (Jn 12,42-43).

Recordando a los profetas que denunciaban los altares de los baales en lo alto de los montes, podemos decir que los ladrones y salteadores de los que habla Jesucristo, escalan hacia los altos de estas montañas donde se encuentran los ídolos (privilegios, situación social, adulaciones…) y, desde allí, pretenden pastorear a los fieles.

 

Mi Casa es casa de oración

Encontramos en el Evangelio este acontecimiento en el que el Hijo de Dios llamó ladrones a los que comerciaban con la religión: «Entró Jesús en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: “está escrito: mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!”» (Mt 21,12-13).

La Casa de Dios es donde el hombre va a escuchar y a aprender a hacer la voluntad del Padre. Porque la oración no es contar a Dios nuestras desdichas, ni vamos a consolarle porque está «solo y triste». La oración es el espacio vital en el que nos encontramos con Dios para alcanzar la sabiduría, el discernimiento y la fortaleza a fin de acoger su voluntad, y ver que esta voluntad del Padre sobre nosotros es buena, por más que nuestros sentimientos intenten convencernos de lo contrario.

Podríamos ver en este texto una interpretación exclusivamente literal, y decir que Jesús está denunciando una cueva de bandidos ante los puestos de venta de las ofrendas, ajenos a la dirección del Templo y su culto. Sin embargo, este acontecimiento es mucho más serio: esta cueva de bandidos de la que habla Jesucristo, ya había sido denunciada por el mismo Yavé en boca del profeta Jeremías: «¿En cueva de bandoleros se ha convertido a vuestros ojos esta casa que se llama por mi Nombre?» (Jer 7,11).

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos textos en los que se compara a los falsos profetas con malhechores y pastores asalariados que no se preocupan de cuidar el rebaño, y sólo les interesa de las ovejas lo que de ellas puedan sacar en provecho propio: «La Palabra de Yavé me fue dirigida en estos términos: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: así dice el Señor Yavé: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño”» (Ez 34,1-3). San Agustín dice, comentando este pasaje de la Escritura, que tomar la leche y vestir la lana de las ovejas es recoger el dinero de los hombres y abrigarse con los honores que estos les brindan. Son, a fin de cuentas, pastores que no están al servicio de las ovejas, sino que son estas las que están al servicio del pastor, que se apacienta a sí mismo y se las arregla para sacar el mayor provecho posible del rebaño que se le ha encomendado.

En el profeta Jeremías leemos un texto que alude también a los falsos profetas y a la perversidad que formalizan dentro de la casa de Dios: «Tanto el profeta como el sacerdote se han vuelto impíos; en mi Casa topé con su maldad. Por ende, su camino vendrá a ser su despeñadero: a la cima serán empujados y caerán en ella. Porque voy a traer sobre ellos una calamidad, al tiempo de su visita. En los profetas de Samaría, he observado una inercia: profetizaban por Baal y hacían errar a mi pueblo Israel. Mas en los profetas de Jerusalén he observado una monstruosidad: fornicar y proceder con falsía, dándose la mano con los malhechores, sin volverse cada cual de su malicia. Se me han vuelto todos ellos cual Sodoma, y los habitantes de la ciudad, cual Gomorra» (Jer 23,11-14).

Mano a mano con los malhechores y salteadores, de una u otra forma, persiguen el mismo fin, los unos con la violencia física y los otros con la exasperación de normas y, peor aún, utilizando la oración como mercancía. «Devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones» (Mc 12,40). Aunque con armas diferentes, se echan a la espalda la palabra de Dios y, como dicen los salmos, corren con el ladrón.

Todas estas exhortaciones de Jesucristo, que ya venían siendo señaladas por el Antiguo Testamento, nos alcanzan y despiertan a todos. Desde el momento en que el Hijo de Dios proclamó: «Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones», sentimos la urgencia de anunciar y proclamar la Palabra que pastorea al hombre, entrando en el redil donde este habita por la puerta del misterio de la Cruz.

 

Las ovejas cómodas

Es muy importante entrar en el testimonio de las primeras predicaciones de la Iglesia tal y como están recogidas en las diversas cartas de los Apóstoles. Cuando se dirigen a los presbíteros, la gran recomendación que hacen es el cuidado que deben poner en no mancharse las manos con los negocios y el tráfico de dinero. Esta cuestión se veía esencial y fundamental.

Pedro, en su primera Carta dice: «A los ancianos que están entre vosotros les exhorto yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Mayoral recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1Pe 5,1-4).

Cuidar y apacentar el rebaño sin tratar de sacar de las ovejas ninguna ganancia, sin ningún afán lucrativo, esto es pastorearlas desde la verdad. En cuanto al sustento de los pastores, es algo de lo cual Dios se ocupa y se preocupa: «No andéis preocupados diciendo: “¿qué vamos a comer?”, “¿qué vamos a beber?”, “¿con qué vamos a vestirnos?”. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,31-33).

Los Apóstoles, en sus exhortaciones, vierten palabras muy duras acerca de este punto crítico donde se desvirtúa completamente el Evangelio: el dinero. «Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa ni su perdición dormida» (2Pe 2,1-3). También Pablo habla de los presbíteros que piensan que la piedad es un negocio (1Tim 6,5).

Respecto a utilizar la religiosidad con el objeto de un próspero negocio, y ampliando el significado de los cambistas y vendedores de palomas a los que Jesucristo llamó bandidos en el Templo, encontramos este pasaje del evangelio de Mateo: «Entonces se acercaron a Jesús algunos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, y le dicen: ¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los antepasados?; pues no se lavan las manos a la hora de comer. Él les respondió: Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte”. Pero vosotros decís: “El que diga a su padre o a su madre: lo que de mí podrías recibir como ayuda es ofrenda, ese no tendrá que honrar a su padre y a su madre”. Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición» (Mt 15,1-6). El dinero del Templo era para sus servidores y, por esa razón, a la persona que hacía el donativo en el contexto anteriormente citado, le eximían de cumplir el mandato de Dios de cuidar a sus padres. Anulan la Palabra bajo pretexto de oraciones y obras piadosas, sin importar nada si estas personas, ya ancianas, pudieran tener lo necesario para vivir. Pero, por supuesto, estas personas que hacen las ofrendas son servilmente honradas por los servidores del Templo.

Se establece así una complicidad entre los dirigentes que actúan como pastores asalariados para obtener la leche y la lana de las ovejas, y un pueblo al que le conviene que «le dejen tranquilo» para vivir según su beneplácito y mantener, al mismo tiempo, su conciencia tranquila. Al comienzo de la pasión de Jesucristo se pone de manifiesto, con una evidencia meridiana, esta complicidad entre pueblo y pastores: «Cada Fiesta les concedía la libertad de un preso, el que le pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder. Pilato les contestó: “¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?”. (Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia). Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que le soltase a Barrabás. Pilato les decía otra vez: “Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis el Rey de los judíos?”. La gente volvió a gritar: “¡Crucifícale!”. Pilato les decía”: “Pero, ¿qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaron con más fuerza: “¡Crucifícale!”» (Mc 15,6-13).

La última palabra sobre la muerte de Jesús la tenía Pilato, los dirigentes ya le habían condenado y Pilato no pregunta a los sumos sacerdotes, sino a sus ovejas. Se dirige al pueblo e insiste porque, aun siendo él pagano, no da crédito a que la gente quiera liberar a un malhechor y condenar a un hombre de bien. Sin embargo, Barrabás, que es ladrón, salteador y asesino, representa para este pueblo una esperanza que nunca se cumplió. Estando Israel bajo el dominio de Roma, hombres como Barrabás que provocaban disturbios, llegando incluso al asesinato, para desestabilizar el poder impuesto, no caían del todo mal; era, pues, más importante la liberación de Barrabás que un hombre de paz como Jesús. Y el pueblo pidió su liberación. Complicidad y connivencia entre pastores, salteadores y ovejas, porque no hay pastores necios si no hay ovejas necias y viceversa; aunque la responsabilidad de los pastores es mayor.

Vamos a ver en el salmo 73 cómo esta necedad alcanza a todo el pueblo en un cierto momento: «En verdad bueno es Dios para Israel, el Señor para los de puro corazón. Por poco mis pies se me extravían, nada faltó para que mis pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos. No, no hay congojas para ellos… El orgullo es su collar, la violencia el vestido que los cubre… Por eso mi pueblo va hacia ellos: aguas de abundancia les llegan» (Sal 73,1-10).

Es un texto muy genérico sobre los hombres que viven de sus orgullos y prepotencias, y que causan un gran impacto en todo el pueblo, que ve en ellos y sus actitudes «aguas de abundancia», es decir, una relación superficial con Dios, el engaño de una paz aparente, una piedad tranquila, sin complicaciones, etc.

Y ya, dentro de esta religiosidad, podemos ver este texto profético: «Doble mal ha hecho mi pueblo: A mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13). Sabemos que, dentro de la espiritualidad de la Palabra, no se hace hincapié en ninguna devoción especial; sin embargo, existen entre nosotros. Cuando estas, que son solamente un apéndice espiritual, socavan y ocultan la palabra de Dios, es lo que podríamos llamar «estas aguas de abundancia» que, lo mismo que entran en la cisterna de nuestro ser, fluyen hacia la nada por las innumerables grietas de nuestra vida. Y cuando en nuestra vida aparece un crack sea por un fracaso, soledad, enfermedad, etc., nos hundimos, pudiendo llegar a desesperarnos si es que confiábamos en que tal romería o devoción era el ungüento milagroso que nos preservaría de todo mal.