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Ilustración: Marko Ivan Rupnik

Sincretismo religioso

En el evangelio de Lucas encontramos el siguiente pasaje: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión» (Lc 10,30-33).

Nos encontramos aquí ante un hombre que ha pecado profundamente pues, como explica Orígenes, Padre de la Iglesia, bajar de la ciudad santa de Jerusalén a Jericó, significa alejarse de Dios e ir hacia el paganismo. Toda esta destrucción que el hombre experimenta cuando se va apartando de la voluntad de Dios, en un cierto momento le conduce a una postración tal, como si hubiera caído en manos de salteadores.

Los sacerdotes, en la Escritura, representan la ley y los levitas el culto. Tanto el uno como el otro pasan por el camino, ven al hombre herido y dan un rodeo. No pueden ayudar a alguien que ha caído en las garras de los salteadores porque, como hemos visto anteriormente, están mano a mano con ellos. Si nos damos cuenta, no se acercan al hombre caído, ven sus heridas y dan un rodeo. Esto es escalar por otro sitio, por lo que nunca llegan a las heridas profundas del ser humano. Jesús nos quiere indicar cómo ninguna ley y culto exterior salvan.

El rodeo que dieron el sacerdote y el levita podemos extrapolarlo a nuestra vida. ¡Cuántas veces, al encontrarnos con personas que se han deshumanizado totalmente, que han perdido hasta su propia dignidad, nos dedicamos a buscar culpables a quien acusar sin tener capacidad de llegar hasta las heridas del hombre caído por miedo a mancharnos! Sin embargo, el cristiano es aquel que, ante las llagas de este hombre, se pregunta qué le ha faltado y, con entrañas de buen pastor, siente compasión de él. No pocas veces él mismo ha sufrido en su carne las heridas que ahora está llamado a curar. El samaritano que, como tal, estaba excluido del Templo, no tuvo miedo de mancharse con las heridas de aquel hombre. Indudablemente, tenía experiencia de sus propias úlceras.

La censura que Israel hacía a los samaritanos, era su sincretismo religioso. Por una parte, adoraban a Yavé y, por otra, tenían en Samaría cinco altares correspondientes a otras tantas divinidades babilónicas. Evidentemente, tal amalgama religiosa era un escándalo. Solo que Jesús denuncia a los pastores de su pueblo un sincretismo mucho más nocivo: Dios y el dinero, porque en este están reunidos todos los baales, todas las idolatrías. Esta adulteración puede estar oculta en todos nosotros: pastores y pueblo; la podemos vivir en la más absoluta ceguera. Sin embargo, el samaritano sí que era consciente de la división que había dentro de él entre Dios y los ídolos.

Jesucristo denuncia este sincretismo cuando habla del dinero y dice: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Cuando los fariseos oían a Jesús hablar de este tema, se burlaban de Él porque, como puntualiza Lucas, eran amigos del dinero (Lc 16,14). El Evangelio, como el Buen Pastor que entra en el redil y saca afuera lo que es pernicioso para las ovejas, nos toca donde tenemos escondido este sincretismo religioso. Está oculto en nuestro interior incluso de una forma institucionalizada, hasta tal punto que no nos sentimos aludidos en la conversación que Jesús mantuvo con el joven rico. No pensamos que vaya con nosotros y nos excusamos diciendo que Jesucristo hablaba para las personas de vida consagrada. Sin embargo, el Hijo de Dios habla para todas las personas que le escuchaban; es más, la vida consagrada se desarrolló en la Iglesia siglos más tarde. Y también hay que decir que estas personas, con respecto a este texto concreto, en general, lo interpretan con excesiva prudencia humana.

Al hombre le es mucho más cómodo no escarbar en su interior y mantener el dualismo Dios-dinero denunciado por Jesucristo. Dualismo bien tapado con velas, devociones, pseudocarismas, etc., de forma que la Palabra que le llega quede anulada. No obstante, hay «últimos» que, frente al Evangelio, escuchan, acogen y toman conciencia de la mentira en la que viven, dejan que la Palabra arroje luz sobre su dualismo y, por eso, son «primeros» en encaminar su vida hacia el único Dios.

Hay también «primeros» que serán «últimos»; son aquellos a los que el Evangelio no les atañe y prefieren seguir con sus preceptos humanos. Los «últimos» de los que hemos hablado antes, llegaron a ser «primeros» porque se dejaron seducir por la Palabra, vieron en ella los signos mesiánicos y creyeron que sus heridas podían curarse.

En la espiritualidad del pueblo de Israel, se sabía que el Mesías habría de ser alguien que daría vista a los ciegos, oído a los sordos y que repetiría las maravillas del Éxodo. Durante cuarenta años, el pueblo, errante por el desierto, fue alimentado con pan bajado del cielo; Jesús multiplicó los panes para una multitud. Y lo hizo como un banquete en el que hay que recostarse para degustarlo (Mt 14,19).

 

La escala de Jesús

Jesús de Nazaret es alguien que también escala, pero no hacia los baales, como los pastores asalariados que están mano a mano con los bandidos y salteadores. Jesucristo escala a lo alto, es decir, sube hacia el Padre, como leemos en el evangelio de Juan: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre».

Va al Padre y, por el misterio de la Cruz, lleva consigo al rebaño. Porque las ovejas del redil de Dios tienen el mismo Padre que Jesucristo, como vemos en el encuentro de María Magdalena con el Mesías resucitado: «Jesús le dice: “María”. Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní” –que quiere decir: “Maestro”–. Dícele Jesús: “No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”» (Jn 20,16-17).

Con frecuencia aparece en el Antiguo Testamento el término «Padre», pero como un título un poco lejano. A partir de Jesucristo se ha roto la lejanía: Es nuestro Padre y está cercano: «Mi Padre y vuestro Padre». El Buen Pastor escala por el Misterio de la Cruz, y presenta ante el hombre el rostro paterno y materno de Dios al ofrecernos su Evangelio, de modo que el ser humano puede asimilar, con gozo y alegría, que hay un Padre para él.

Y continúa diciendo Jesús a María Magdalena: «A mi Dios y vuestro Dios». El Padre es su Dios porque en el corazón de Jesucristo no hay ningún sincretismo oculto. Y es también nuestro Dios porque hemos sido conducidos por el Buen Pastor hacia Él. Por eso dice: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

Es aquí, en el misterio de la Cruz, donde Jesucristo aparece como Buen Pastor, atrayendo a todos –absolutamente a todos, buenos y malos (Mt 22,10)–, hacia Él, y abriendo un camino por el que el rebaño, siguiendo a su pastor, llega hasta el Padre. Todos somos atraídos por la misma Palabra revelada porque todos hemos sesteado alguna vez con los baales. Y ya no se trata de buenos y malos sino de quién quiere vivir o seguir muerto, de quién se tapa los oídos o vuelve sus ojos a la voz proclamada desde la cruz, al Evangelio que resuena por toda la creación. Jesucristo nos atrae uno por uno y a cada cual por su nombre mediante la predicación del Evangelio, que ya no es ley, ni norma ni precepto sino Palabra revelada que nos brinda la fuerza para encontrar la Vida.

La Palabra ya está revelada, es Dios mismo. En un tiempo fue necesario que esta Palabra fuera transmitida por los profetas. Pero ahora ha sido revelada por el mismo Dios en el misterio de la Cruz. Desde el costado abierto de Jesucristo muerto, la Palabra escondida brotó llena de Vida. Y este es el Evangelio que anunciamos y proclamamos. No nos han atraído hacia el Padre las cualidades de nadie, de ningún santo o santa. Todo esto nos puede acercar a Dios pero, al final, es el Evangelio el que nos lleva al Dios y Padre al que ha subido Jesucristo. Como dice Pablo: «Hemos sido llamados por el Evangelio».

Tenemos entonces una misión insustituible: proclamar el Evangelio a todas las gentes para que sean atraídas hacia Dios por la Palabra. De ahí tantos problemas, muros y zancadillas tratando de impedir su difusión, porque eso es precisamente lo que menos quiere el demonio, como bien nos lo avisó el mismo Jesucristo: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo, al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15,18-19).

Nos dice el Evangelio: «Venid a mí los que estáis cansados» (Mt 11,28), los que habéis pasado toda la vida con los negociantes, mano a mano con los salteadores, unos que adulan y otros que se dejan adular. Venid al Evangelio que os libera, que os hace hijos e hijas, y estad tranquilos que «Yo soy» y he subido por la cruz «a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Por eso, porque nuestro Padre está con nosotros hasta el fin del mundo, nos sale de dentro, de forma natural y sin miedo, proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra, haciendo resonar en todas direcciones lo que estamos viviendo, lo que estamos encontrando: el rostro de Dios Padre y Madre. La proclamación del Evangelio se convierte así en un río desbordante que fluye de Norte a Sur, de Oriente a Occidente, como dicen los salmos: «A toda la tierra alcanza su pregón».

El Evangelio es la respuesta al Cantar de los Cantares cuando pide la novia: «Indícame, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía, para que no ande yo como errante tras los rebaños de tus compañeros» (Cant 1,7). Esta pregunta está presente en todos los hombres y mujeres del universo, hasta en el más lejano. Es el deseo profundo del alma, escrito en el corazón de toda la humanidad: «¿Dónde estás, dónde apacientas el rebaño? ¿Dónde te puedo encontrar para disipar mis dudas?».

Dios nos responde en el Evangelio proclamado desde el misterio de la Cruz, desde el que nos atrae a todos gratuitamente para subir hasta nuestro Padre. La Buena Noticia es la que fortalece nuestra naturaleza frágil, que sufre contratiempos y disgustos, que enferma y muere y que necesita descansar al pie de la cruz, apacentada por el Buen Pastor, el que nunca escaló por otros sitios ni medró, pues lo único que le interesó fue subir al Padre llevando consigo su rebaño.