en-el-espiritu-de-los-salmos-7

«Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,18).
 
 
Ya hemos visto anteriormente que la experiencia del hombre a través del tiempo, con las consiguientes religiones de los diversos pueblos de la tierra, es la de ser consciente de que no está en el mundo por casualidad; que hay alguien, allá en lo alto, al que llamaron Dios, aunque este tenga distintos nombres en cada cultura y religión, que es inaccesible y totalmente Otro. La percepción que el hombre primitivo tienen de este Ser, es la de que ha de ser poderosísimo por haber hecho el mundo. Poderosísimo y, por lo tanto, con un dominio sobre la naturaleza y también sobre sus criaturas, por lo que ven la conveniencia de ponerse a bien con Él.
 
De esta constatación surgió una especie de relación del hombre con Dios que, precisamente por la distancia percibida, se tejió bajo un culto basado en el temor. Y así, bajo el peso de esta relación-temor, cada pueblo vio la necesidad de formular una serie de cultos y sacrificios, con sus respectivos altares y correspondientes intermediarios.
 
Es en este contexto en el que Dios empieza a darse a conocer manifestándose a personas concretas y eligiendo a un pueblo. A partir de entonces, el misterio de Dios se va revelando de forma paulatina. Es lo que llamamos la Historia de la Salvación. Hacemos hincapié primero en la llamada de Abrahán, depositario de las promesas de Dios. Promesas que se van cumpliendo progresivamente y que, con Moisés y la consiguiente configuración de Israel como pueblo, vinculan a sus gentes a este Ser que les ha revelado su nombre: Yavé.
 
Poco a poco va surgiendo la necesidad de que Yavé descienda, necesidad que se siente cada vez con más fuerza. Los profetas exhortan continuamente al pueblo a la conversión, pero esta aparece como inaccesible, por lo que clamarán a Dios que descienda Él mismo para que la conversión sea posible. Apelan a las promesas y a la elección de Israel para dar fuerza a su clamor. Y así, en la plenitud de los tiempos, como dice el apóstol Pablo, el Mesías desciende de lo alto hacia el hombre, se encarna, rompe toda distancia y ofrece la conversión. Dios ya no es totalmente Otro o el gran Desconocido.
 
Jesucristo será quien entre en el misterio de la Cruz para eliminar todos los temores que el hombre tiene respecto a Dios. Él podrá abordar la maldición de la muerte porque, al tener vida en sí mismo, tiene poder para darla y recobrarla. Él es el Buen Pastor que conduce a la humanidad a la fuente de la vida de donde brota el amor, arrancando del corazón del hombre el temor servil.
 
 

Dios se acerca

San Pablo utiliza el término «encerrados» para denunciar la opresión que sufre el hombre bajo la ley. «Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse» (Gál 3,23). El Buen Pastor nos es anunciado como alguien que entra en este recinto de impiedad en el que estamos sometidos, encerrados bajo la vigilancia de la ley. Entra para liberar: «Y a sus ovejas las llama una por una, las llama por su nombre y las saca fuera. Cuando las ha sacado, va delante de ellas y estas le siguen». Esto es esencial, que Jesucristo va delante y que detrás van las ovejas. Por la fuerza de la voz del Buen Pastor, todos vamos saliendo del marco opresor de la ley y de la impiedad, caldo de cultivo para que toda idolatría campe a sus anchas. Delante de nosotros tenemos al Mesías, que nos llama con fuerza desde su victoria, desde el misterio pascual. Él, una vez resucitado, como dice Pablo, no muere más; el misterio de la cruz es la definitiva victoria sobre el mal y la muerte. Por eso Jesucristo tiene poder para proclamar la Palabra que salva. Esta nos saca de la vigilancia asfixiante: es Dios contigo, es Dios junto a ti. El Evangelio va delante de las ovejas, las cuales emprenden un camino porque ya conocen la luz que envuelve la Palabra, porque la aman y se ha convertido en su pasión. A fin de cuentas, es la pasión por vivir.
 
Es evidente que el hombre no puede ir al encuentro de Dios arropado por los ídolos, sean estos cuales fueren; y no es posible ir a su encuentro porque Dios es celoso (Dt 4,24). Celoso en el sentido de que Él solo es quien salva, sin la ayuda de nadie. Esta es la gran experiencia y la gran novedad que el Espíritu Santo ha proclamado en las Escrituras por medio de hombres concretos, como por ejemplo en el cántico de Moisés. Es un himno maravilloso de alabanza a Dios por haber salvado a su pueblo, conducido por el desierto, y haber conquistado para él la tierra prometida. «Como un águila incita a su nidada, revolotea sobre sus polluelos, así él despliega sus alas y le toma, y le lleva sobre su plumaje. Sólo Yavé le guía a su destino, con él ningún Dios extranjero» (Dt 32,11-12). Para poder experimentar la salvación de Dios, es necesario un caminar con Él a solas, es decir, sin el cobijo de los ídolos. Él solo es quien salva.
 
Jesucristo murió en la cruz en la más espantosa soledad. Su cuerpo está suspendido entre el cielo y la tierra en el momento de su muerte. Él vive en su carne esa soledad, que es la que salva al hombre. Incluso, llega un momento en que parece que ni siquiera ve a Dios, de ahí su gemido: «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!». No hay nadie que le conforte, está suspendido entre el cielo y el suelo. En esta soledad, el Hijo de Dios rompe la distancia que separa al hombre con Dios. Jesús, hombre-Dios, va al encuentro del Padre totalmente desprovisto de cualquier apoyo humano. El encuentro es total, completo: Lleva el sello de la vida eterna. Las ovejas conocen su voz y, por ello, pueden salir del encierro de falsa seguridad, y entran, igual que Él, en el misterio de la cruz llenos de luz. Alguien preparó este encuentro para ellas: el Buen Pastor. He aquí la Buena Noticia, el Evangelio liberador.
 
¿Por qué entonces, siendo tan meridiana esta realidad, se produce el rechazo de Jesús? ¿Por qué la terrible oposición de Israel? Y, más aún, ¿por qué a lo largo de dos mil años de cristianismo constatamos que hay una marginación del Evangelio cambiándolo, como ya hemos señalado, por «piedades tranquilizadoras»? Es un hecho que, si hacemos una estadística entre las personas más o menos cercanas a la Iglesia, de cómo han empleado su tiempo de oración o lecturas espirituales, percibimos, asombrados, que la lectura reposada del Evangelio, el ir tras la Palabra que alimenta y desarrolla el espíritu, queda en mal lugar en dicha estadística.
 
Nuestra búsqueda es búsqueda de Dios y, a partir de Jesucristo, ya podemos tocar el árbol de la vida sin morirnos, y palpar el fuego de Dios sin ser consumidos, (este era el miedo de Israel con respecto a Dios). Ahora ya podemos escuchar la Palabra y recibir la vida. Ya ha llegado el momento de encontrarnos con Aquel que dio la vida por nosotros. A los santos lo que es de los santos, y a Dios lo que es de Dios; y de Dios eres tú. Él fue el que te rescató, el que voluntariamente murió por ti; entró en este reino de la muerte donde nadie podía entrar, donde se puso el parapeto de la ley para que esta distancia quedara en el olvido infantilizando al hombre. Dios, en su Hijo, nos ha recobrado.
 
Volvemos a hacernos la misma pregunta: ¿Por qué este rechazo? Pues porque entrar en el Evangelio es entrar en la precariedad. Porque en él encuentras al maestro y pastor que te enseña y conduce; él te dice cómo tienes que caminar y qué tienes que hacer; ya no dominas tú la situación como sucede cuando haces tus prácticas. Conoces, a lo mejor por primera vez en tu vida, la incertidumbre que te hace preguntarte: ¿Dios existe, o no?
 
El que acepta este presupuesto, inicia una búsqueda de Dios no exenta de sombra y oscuridad. Penetra en la dinámica más profunda de la fe. Poco a poco es testigo de la luz que Dios siempre envía en su ayuda; es testigo de que Dios le visita: Entra en la madurez de la fe adulta.
 
San Juan, en el evangelio, nos dice que la Palabra no nació de la carne ni de la sangre, nació de Dios (Jn 1,13). Las normas y prácticas sí nacen de la carne y de la sangre, son lo que Jesucristo llama, preceptos humanos. No han nacido de Dios sino de las intuiciones e imaginaciones del hombre, pretendiendo así quedar bien con Él. Sabemos que la ley, como dice Pablo a los gálatas, actúa como pedagogo hasta la venida de Jesucristo; y este lo primero que hace es sacarte del redil en el que tu espíritu queda estrechado y constreñido. Sin embargo, es cierto que las leyes, prácticas y normas te dan una «tranquilidad». Mas no te hacen «nacer de nuevo», que es lo que Jesús dijo a Nicodemo.
 
Entrar en esta precariedad es entrar en el misterio de Dios, es entrar en una Palabra que no nace de ti, ni de tu carne ni de tu sangre, es decir, de lo que tú proyectas a todos los niveles, incluida tu relación con Dios. Ser llevado por el Evangelio implica ser llevado, a veces, en oscuridades en el sentido de que no conoces el paso siguiente, como dice san Juan de la Cruz: «Para venir a lo que no sabes has de ir por donde no sabes». Sólo fiándote del maestro y pastor pasas de la oscuridad a la luz. No es fácil aceptar esta dependencia de Dios. Nuestra soberbia está acostumbrada a que seamos hombres que dominamos, conquistamos y alcanzamos lo que nos proponemos por nosotros mismos.
 
 

Ni la carne ni la sangre

Jesucristo manifiesta expresamente cuál es la actitud del mundo acerca de Él y de todos aquellos que vayan a creer: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15,18-19).
 
El mundo ama lo suyo: tú amas lo tuyo, es decir, lo que puedes entender con tu carne y con tu sangre; rechazas de forma natural lo que no puedes digerir con tu mente. No es fácil aceptar un camino de fe donde es otro el que te lleva, aunque sea Dios. La Palabra que te ha de conducir, no nace de ti sino de Dios. De ahí vienen grandes crisis en nuestra vida; sin embargo, estas son necesarias, son imprescindibles para no quedarnos amorfos en la fe. El mundo ama, se mueve «por su carne y su sangre» con o sin religiosidad, lo mismo da porque lleva la marca de la idolatría. Es la carne y sangre del mundo la que marca una religión-religación distorsionada con Dios.
 
Jesús mismo aclara la nueva dimensión de la fe. Cuando pregunta a sus discípulos acerca de qué dicen las gentes y ellos mismos sobre quién es Él, Pedro confiesa: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Ante esta respuesta, Jesucristo dice a Pedro: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17).
 
En este sentido entendemos lo que dice Jesús: «El espíritu es el que da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» (Jn 6,63). En la búsqueda de Dios, lo que haces según la carne no te sirve. Jesús, con esta afirmación, da un cambio fundamental en lo que es la relación del hombre con Dios. Por estas palabras vivificantes aprendemos a adorar a Dios de espíritu a Espíritu. Tu carne y tu sangre, lo que tú has llegado a ser como hombre o mujer, una vez que han sido traspasadas por el Evangelio, se llenan de espíritu y vida, y reubican tu existencia de cara a Dios.
 
En el mismo contexto, podemos dirigir nuestra atención a este texto: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo… vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,9-11). No la recibieron por lo que hemos dicho antes, por no querer entrar en la precariedad y en la incertidumbre. Por la misma razón que mucha gente religiosa no tiene ningún interés de entrar en el Evangelio, ya que tiene que ser conducido por él en todo lo que es su vida afectiva, familiar, económica y, por supuesto, religiosa. No es fácil digerir la madurez de la fe. Hemos estado demasiado tiempo mucho más seguros yendo hacia un Dios que está ahí y yo aquí, es decir, que no «complique» mi vida y mis opciones.
 
«Pero a todos los que recibieron la Palabra, les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). El poder de ser engendrados como hijos de Dios no viene de la ley, es decir, ni de la carne ni de la sangre, viene de Dios que engendra por medio de su Palabra. Esta, como ya hemos dicho, «nació de Dios, se encarnó y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,13-14). Al ser atemporal, salva a toda la humanidad: a los de antes y después de Jesucristo. Atemporal, porque en Dios no existe el tiempo. «Hemos contemplado su gloria». Los Padres de la Iglesia nos dicen que contemplar es poseer, tener, participar, y esto hasta llegar a ser semejantes a Dios, o sea, la divinización de la cual han hablado con frecuencia tantos de ellos. San Juan en su primera Carta lo expresa así: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!… Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1Jn 3,1-2).
 
Ya podemos dirigir nuestros pasos hacia la zarza ardiente. Ya podemos plantar nuestra tienda en el Sinaí. Podemos acercarnos hasta el árbol de la vida y tocarlo sin temor a morir. Jesús de Nazaret, el enviado, entró en el fuego de la zarza, se convirtió en el árbol de la vida, contempló cara a cara al Padre desde el Calvario, el nuevo Sinaí. Tuvo poder para entrar en la muerte y recobrar la vida, y lo hizo. Él nos abrió el camino y nos traspasó el poder para dar la vida y recobrarla.
 
Dar y recobrar, que, con frecuencia, se nos presenta en el Nuevo Testamento en estos términos: «Llegar a ser glorificados». Después de la unción de Betania, Jesucristo da una catequesis profundísima sobre el grano de trigo y añade: «Ahora mi alma está turbada» (Jn 12,27). Él es Dios y también hombre, por lo que, ante la inminente y violenta muerte que se avecina, tiene el mismo miedo que cualquier persona.
 
¿Cómo actúa Jesús ante tal turbación que le embarga el alma? ¿Qué va a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¿Va a ser esa su salida? ¡No! Dice: «¡Pero si he llegado a esta hora para esto!». Me has enviado para iluminar la fe pasando por esta encrucijada. Por lo tanto, ¡heme aquí! «Padre santo, glorifica tu nombre». Glorifica el Evangelio que tú me has dado para que sea Palabra que da la vida a mis ovejas: Él es el Buen Pastor. Vino entonces una voz del cielo que dijo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,28).
 
¿Cuándo ha glorificado el Padre a Jesús? Podemos señalar dos acontecimientos importantes: En el bautismo; el Padre da testimonio de Él: «Este es mi Hijo amado en el cual me complazco». E igualmente, en la Transfiguración; Jesús subió al Tabor juntamente con Pedro, Santiago y Juan. Moisés y Elías hablan con Él acerca de su muerte que iba a consumar en Jerusalén. De pronto, se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». El anuncio de Dios de que va a glorificar a Jesús, significa que va a dar testimonio de Él. Jesucristo no espera ni busca que den testimonio de Él ni Caifás, ni Herodes, ni Pilato, ni nadie. Lo único que le sirve, quiere y busca es el testimonio de su Padre. Por ello, la voz de lo alto dio razón de su esperanza proclamando: «Y de nuevo le glorificaré».
 
El Padre, al dar testimonio de su Hijo, es quien le hace justicia. En Él se cumplen todos los salmos que dicen: «Hazme justicia, Señor», o «A ti encomiendo mi causa», etc. El Padre, haciendo justicia a su Hijo, hace justicia a todos los hombres. Él recobra la vida por y para nosotros, a quienes el Príncipe de la mentira nos ha engañado poniendo delante de nuestros ojos una vida que es como la hierba: se seca y muere. Por eso Jesús, desde la cruz, se dirige al Padre así: «¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!». No saben: no tienen la sabiduría que tú me has dado a mí. Dásela, hazles justicia frente al Mentiroso.