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Judith y Holofernes (Caravaggio)

La gesta de Judit

En esta misma dirección de David y Pedro, nos adentramos en la figura de Judit. Esta mujer vive en una ciudad al norte de Samaría, llamada Betulia. Los ejércitos de Nabucodonosor, comandados por el general Holofernes, pusieron cerco a la ciudad. Betulia, carente de lo más necesario para sobrevivir, está a un paso de la rendición. Falta el agua, no hay comida; sus habitantes, a punto del desfallecimiento, no saben qué hacer. Si se rinden, van a ser presa de un atropello brutal, las mujeres serán violadas, y de la ciudad no quedará sino un rastro de escombros.

El texto que presentamos a continuación nos da una idea de la gravedad de la situación: “Treinta y cuatro días estuvieron cercados por todo el ejército asirio, infantes, carros y jinetes. A todos los habitantes de Betulia se les acabaron las reservas de agua; las cisternas se agotaron… Los niños aparecían abatidos, las mujeres y los adolescentes desfallecían de sed y caían en las plazas y a la salida de las puertas de la ciudad, faltos de fuerzas…” (Jdt 7,20-22). Como podemos constatar, la muerte y la desolación se abaten sobre los habitantes de Betulia.

Es entonces cuando Judit siente el impulso de Dios para ser su instrumento en orden a salvar la ciudad. Antes de llevar a cabo el impulso que Dios ha puesto en su corazón para derrotar a Holofernes y su ejército, Judit eleva una oración que le sale del alma. De ella entresacamos solamente el final, que es como un broche de oro que irradia en todo su esplendor la confianza en la acción protectora de Yahvé sobre todo Israel: “Haz conocer a toda nación y toda tribu que tú eres Yahvé, Dios de todo poder y toda fuerza, y que no hay otro protector fuera de ti para la estirpe de Israel” (Jdt 9,14).

Hecha su oración, Judit lleva a cabo la inspiración que Yahvé ha plasmado en su alma: seducir al general Holofernes con su belleza, cortar su cabeza, signo de la fuerza y del poder del hombre, y crear confusión en el ejército asirio provocando así su derrota.

Después de adorar a Yahvé, dijo a los habitantes de Betulia: “Mandad que me abran la puerta de la ciudad para que vaya a poner por obra los deseos de que me habéis hablado. Ellos mandaron a los jóvenes que le abrieran, tal como lo pedía. Así lo hicieron ellos, y salió Judit con su sierva. Los hombres de la ciudad la siguieron con la mirada mientras descendía por la ladera, hasta que llegó al valle; y allí la perdieron de vista” (Jdt 10,9-10). Como vemos, esta mujer sale de la ciudad igual que David salió de las filas del ejército, y lo mismo que Pedro saltó de la barca.

Conocemos la historia de salvación que Dios hizo con su pueblo por medio de Judit. Seducido por su belleza, el general la invita a un gran banquete; su sierva quedó fuera. Holofernes está eufórico. Ante la belleza de Judit y la gloria que ve ya alcanzada en su campaña militar, se olvida de cualquier templanza y queda profundamente embriagado. Es el momento en que Judit aprovecha para cortarle la cabeza. Vuelve a su ciudad con su triunfo en la mano, y los betulianos, ante este signo, recobran fuerzas y salen a combatir contra el ejército asirio que fue derrotado.

Una vez más Yahvé da la victoria a su pueblo por medio de una persona, en este caso una mujer: Judit. Aclamada triunfalmente, lleva a todo el pueblo a rendir culto de adoración a Yahvé, el único salvador.

Escuchamos algún fragmento del himno de alabanza y adoración que Judit, radiante de alegría y llena de gratitud, proclamó ante el pueblo: “¡Alabad a mi Dios con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos, ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza, ensalzad e invocad su Nombre! Porque el Señor es un Dios quebrantador de guerras, porque en sus campos, en medio de su pueblo me arrancó de la mano de mis perseguidores” (Jdt 16,1-2).

Terminada la liturgia de aclamación, todos fueron a Jerusalén para adorar a Dios que había manifestado su presencia salvadora en el seno de su pueblo por medio de Judit: “Cuando llegaron a Jerusalén, adoraron a Dios, y una vez purificado el pueblo, ofrecieron sus holocaustos…” (Jdt 16,18).

Así pues, hemos visto las similitudes entre Judit, David y Pedro. No son similitudes ocasionales sino fundamentales. Los tres salen de un lugar, de un espacio en el que existe el peligro y en el que están codo a codo con otras personas. Cuando hay un peligro sobre un grupo de personas, parece como que el miedo se reparte entre todos. A pesar del peligro que acecha, el hecho de estar juntos da una cierta seguridad aunque sólo sea aparente. En el caso de Judit, David y Pedro, los tres dan el paso de salir solos; y los tres provocan el reconocimiento y adoración a Dios en el grupo de personas que quedaron esperando en el espacio del miedo y del peligro.

 

Uno murió por todos

Desde Judit, David y Pedro, testigos de fe, pasamos ahora al testigo por excelencia: el Señor Jesús. También Él sale. Sale de la ciudad santa para ser crucificado en el Calvario. Hay una diferencia esencial entre las salidas de Judit, David y Pedro, y la de Jesús. Los tres primeros salen, exponen su vida, pero ninguno de ellos muere; ni un rasguño marcó su cuerpo. Jesucristo expone su vida y muere. Ahí tenemos la diferencia esencial. Él pagó de persona y volvió victorioso. Resucitado, provocó la adoración.

En la adoración que provoca Jesús hay una novedad fundamental: en Él y a partir de Él, le es dado al hombre la capacidad de adorar en espíritu y en verdad. Es un adorar sustentado en el conocimiento del Padre. No se trata tanto de establecer la diferencia cuanto de tener conciencia de que en Jesucristo se cumplen en plenitud todos los personajes de la Escritura. La auténtica adoración de los apóstoles será a partir de la resurrección de Jesús. Al verlo victorioso, al ver en Él el cumplimiento de todas las promesas que Yahvé hizo a lo largo de la historia de Israel, los apóstoles entendieron que estaban ante el enviado del Padre, ante su propio Hijo. Más aún, Jesucristo, con su resurrección, da autenticidad a todo el Evangelio que proclamó, y esto es lo que los apóstoles pudieron ver y entender. Esta gozosa realidad es lo que vamos a ver a continuación.

Partimos del exponerse a la muerte por parte de Jesús. Cuando resucita a Lázaro, los fariseos y doctores de la ley, con el sumo sacerdote al frente, deciden poner fin al pretendido mesianismo de Jesús. Tienen miedo a una intervención del poder romano y deciden que es mejor que muera. Escuchemos lo que dijo el sumo sacerdote Caifás: “Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación… Caifás profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,49-52).

Caifás, sin saberlo, estaba proclamando la salvación universal de Jesucristo. La salvación que Dios llevó a cabo dentro de unos límites concretos por medio de Judit, David y Pedro, va a tener una proyección universal por medio de su Hijo. En el Señor Jesús no hay límites de salvación. En Él, la acción salvífica de Dios atraviesa toda la creación. Jesucristo anuncia la universalidad de su redención al proclamar: “Cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

Jesús está diciendo que desde el Misterio de la Cruz brillará la luz salvadora de Dios. Luz que tiene fuerza para reunir a todos los hombres que la desobediencia proyectó hacia la dispersión alejándoles de la presencia de Dios. Jesucristo entra en la pasión sabiendo que la cruz será la puerta por donde todos los dispersos acceden a Dios que es Padre.

Entremos con el Señor Jesús en su pasión. Vemos a Judas que llega al Huerto de los Olivos con los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que iba a suceder, se adelanta, sale del grupo de los apóstoles, y se dirige hacia ellos. Prescinde de todo apoyo humano. Renuncia a sostenerse en ninguno de sus amigos. Desde su soledad elegida, pregunta a los que habían venido a detenerle incluido Judas: “¿A quién buscáis? A lo que contestaron: A Jesús el nazareno. Jesús les dijo: “Yo soy”. Judas, el que le entregó, estaba también con ellos cuando les dijo Yo soy. Todos retrocedieron y cayeron en tierra. Por tres veces se repitió la pregunta, por tres veces Jesucristo proclamó: Yo soy.

En la tercera respuesta Jesús añadió: Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. Está diciendo a los que habían venido a detenerle que sus apóstoles no tienen nada que ver con lo que Él está llevando a cabo. Está entrando en la voluntad del Padre y sabe que tiene que entrar solo. Al abrazar la muerte, sabe que está abriendo la puerta de la vida a todos los hombres sin excepción. Muere por los hombres dispersos y por los hombres dispersos resucita. Al recobrar la vida y manifestarse resucitado, muestra primero, que sí hay vida eterna, y segundo, que tiene poder para darla y que la da, haciendo así visibles las entrañas de amor del Padre a toda la humanidad. Es a partir de esta experiencia que los hombres y mujeres, alcanzados por este don de la vida eterna, son capacitados para adorar a Dios no movidos por el temor sino por el amor, es decir, en espíritu y en verdad.

La apertura del hombre a la vida eterna, más allá de lo que podríamos llamar un deseo innato del ser humano, es un hecho que el mismo Señor Jesús adelanta a sus discípulos en las catequesis con que les instruyó a lo largo de la última cena. Sondearemos algo de la inmensa riqueza que Jesús derramó en aquella inigualable sobremesa del banquete que precedió a su pasión. Seguiremos fundamentalmente el capítulo 17 de san Juan:

“Alzando Jesús los ojos al cielo dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”. Anteriormente escuchamos otra oración de Jesús al Padre también en el evangelio de Juan, en que le oíamos suplicar: “Mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! ¡Padre, glorifica tu Nombre!” Recordemos que habíamos dicho que, a pesar del temblor con que Jesús pronunciaba su oración viendo que llegaba su hora, sobreponiéndose a su miedo, cobijó su espíritu bajo las alas del amor del Padre y le dijo: ¡Glorifica tu Nombre! Ya sabemos que la glorificación del Nombre del Padre pasa por el hecho de que todos los hombres se salven.

Alguien se puede escandalizar por el hecho de decir que Jesucristo pasó miedo y temblor a la hora de hacer la voluntad de su Padre. Por supuesto que la fuerza del Padre estaba en Él, pero ello no quiere decir que no fuese invadido por el miedo normal que todo hombre experimenta cuando le arrebatan la vida. En esta disposición de entrega envuelta en su debilidad como hombre, Jesús dice al Padre: “Ha llegado la hora. Glorifícame para que yo te glorifique a ti”. Jesucristo va a glorificar a Dios con su muerte. ¿Por qué? ¿Es que Dios es una especie de monstruo que necesita saciarse con la sangre de su Hijo? Por supuesto que no. El hecho es que, con su muerte, la Palabra, que había quedado encerrada en el corsé de una ley moral y preceptual, resplandece y llega a ser Palabra que da la vida eterna.

Seguimos la oración de Jesús: “Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado”. A continuación manifiesta a todo el mundo en qué consiste la vida eterna: “Ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”. Por medio del Hijo, Dios se da a conocer al hombre. El mismo Jesús dice que todo aquel que le conoce a Él conoce al Padre (Mt 11,27).