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Fotografía: Mrs4duh (Creative Commons)

Hospedaje a la Palabra

El Evangelio es el rostro de Dios vivo y verdadero. Cuando la Palabra es tu sagrado huésped experimentas la complacencia en ella, complacencia que te testifica que está viva dentro de ti. La alegría que produce la expansión de la Palabra en el espíritu del hombre no es fruto de ningún ejercicio, curso o manual de oración; es don de Dios, abierto a todo hombre que hace de la Palabra su brújula en su búsqueda de la verdad.

En cuanto al complacerse y deleitarse con la Palabra, nos remitimos a tantos salmos en los que textualmente oímos al salmista decir: “Me complazco en tu Palabra”. Lo podemos ver, por ejemplo, en el siguiente texto: “Oh Dios mío, en tu ley -Palabra- me complazco en el fondo de mi ser” (Sl 40,9). Cuando acontece esta realidad, se cumple lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los romanos: “En efecto, todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre! (Rm 8,14-15).

Nos dice el apóstol que el Espíritu Santo dentro del hombre da riqueza a su voz y le hace exclamar: ¡Tú eres mi Padre! Ya puedes llamar, desde tu espíritu, Padre a Dios. El documento que atestigua que fuiste bautizado -y que, por supuesto, es válido- deja de ser papel para hacerse historia de tu historia; es lo que llamamos haber llegado a la fe adulta, cuyo signo identificador es poseer un conocimiento y reconocimiento de Dios como Padre.

Lo que al principio no es más que un balbuceo casi ininteligible, se convierte gradualmente en una comunión entre Padre e hijo que eres tú. Es Dios mismo quien suscita y crea por medio de Jesucristo esta relación filial. A esta realidad que, como dice Pablo, trasciende toda ciencia y conocimiento, nos lleva la audacia de creer en el Evangelio. Es un creer existencial, lo que quiere decir que nos hemos fiado del Evangelio de Dios y del Dios del Evangelio.

El que lleva así la Palabra como su huésped más amado, ya no reza simplemente a toque de campana; de la misma forma que una mujer embarazada no se acuerda del hijo que lleva en su interior en horas fijas y determinadas. El hijo que lleva dentro le hace saber ininterrumpidamente que está vivo en ella. Lo mismo la Palabra viva -espíritu y vida (Jn 6,63)- en nuestro interior. Ella misma se hace notar de mil formas y con gozo sereno a lo largo de las horas de cada día.

Volvemos de nuevo al evangelio de Juan. En cierta ocasión los fariseos preguntaron a Jesús: “¿Dónde está tu padre? Respondió Jesús: No me conocéis ni a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre” (Jn 8,19). Jesús está diciendo a estos hombres que todo lo que hacen, incluso con la mejor intención del mundo, no les ha servido para reconocerle a Él como enviado del Padre. Que solamente podrán conocer al Padre el día que le conozcan a Él.

La Palabra dentro del hombre provoca un conocimiento y un encuentro con Dios con la misma naturalidad que, desde las montañas un río encuentra su camino hacia el mar.

El apóstol Pablo intentó conocer a Dios desde la carne, es decir, desde su propia justicia y buen hacer, sentido que la Escritura da a la palabra carne en este contexto. Oigamos su experiencia: “…Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo.” A continuación enumera los logros alcanzados a lo largo de su vida. “…en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable…” (Flp 3,4-7) El apóstol hace notar que tenía motivos suficientes para gloriarse de lo que había conseguido a lo largo de su vida.

Le seguimos escuchando y recibimos esta impresionante confesión de fe: “Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún; juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo…” (Flp 3,7-9).

En esta confesión de fe vemos cómo Pablo apoya su vida sólo en Jesucristo; decisión que nos lleva a la respuesta que Jesús dio a Satanás en la tercera tentación. Sabemos que el Tentador le mostró toda la gloria del mundo y le dijo: Todo esto te daré si postrándote, me adoras. Jesús le respondió: “Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto” (Mt 4,10).

El Señor Jesús presentó ante Satanás lo único que realmente da la vida al hombre: Sólo a Dios amarás con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Terminamos con estas palabras de Jesús: “Padre, yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26). Cada vez que un discípulo del Señor Jesús predica su Evangelio, está dando a conocer a sus oyentes el Nombre de Dios Padre, y esto para que el amor que envuelve la vida del anunciador, envuelva también la vida de los que le escuchan. No se anuncia el Evangelio para hacer prosélitos sino como un servicio al hombre, tantas veces náufrago en las aguas de su soledad. Servicio que consiste en que llegue a conocer el amor de Dios Padre y sea envuelto por Él.
 

“Predicar el Evangelio
no es para mí ningún motivo de gloria
es más bien un deber que me incumbe
Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio”
(1Cor 9,16)