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«Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10,4-5).
 
 
El Buen Pastor llama a sus ovejas una por una y las saca fuera del recinto de la impiedad, recinto que lo es también de la opresión que supone el cumplir por cumplir o a causa del temor. Las llama sin coacción, sin programas perfeccionistas sino por la fuerza que tiene en sí el Evangelio (2Tes 2,14). Las saca fuera y las lleva a un lugar santo donde el hombre se encuentra con Dios, que es espíritu y libertad.
 
Jesucristo va delante del rebaño. Él es el primero en salir del perímetro legalista y moralista que bendice y alaba a Dios solo con la boca, como dijo parafraseando al profeta Isaías. «Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,8). Jesucristo fue arrastrado fuera de Jerusalén para morir en el monte Calvario. Evidentemente, la Ciudad Santa, al estar llena de la gloria de Dios a causa del Templo, no podía verse manchada en su interior con la muerte de una persona como Jesús, considerado impío e irreverente con respecto a la Ley y, por si fuera poco, blasfemo al declararse Hijo de Dios.
 
Él va delante, va marcando el camino y dejando sus huellas (1Pe 2,21), que nos conducen hasta encontrarnos realmente con el rostro del Padre, y poder así adorarle en espíritu y en verdad.
 
 

La voz de los extraños

En cierta ocasión, los fariseos preguntaron al Mesías: «”¿Dónde está tu Padre?”. Respondió Jesús: “No me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre”» (Jn 8,19). El hombre, desde que fue creado y puso sus pies sobre la tierra, se ha interrogado de una u otra forma sobre quién es Dios. Y, para responder a esta pregunta lógica en todos los tiempos, lugares y culturas, se han dado palos de ciego de manera que cada pueblo, con la mejor voluntad, ha levantado altares y desarrollado ritos y cultos para relacionarse con un Dios que sabía que existía, pero cuyo ser no conseguía descifrar. Por eso dijo Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob: «Adoráis lo que no conocéis» (Jn 4,22). Adoráis en la distancia, no en la comunión. Adoráis desde vuestra ceguera. Sólo el que tiene los ojos curados para ver la gloria de Dios, puede adorar en comunión. Juan da su testimonio hablando en nombre de toda la Iglesia apostólica: «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14).
 
Cuando Pablo fue a predicar en el Areópago de Atenas, encontró un altar dedicado al Dios desconocido y les dijo: «Lo que adoráis sin conocer, eso vengo yo a anunciar» (He 17,3). Había multitud de estatuas y altares de lo que aquellos hombres habían intuido que tuvieran que ver con la divinidad y, cuyos atributos de amor, poder supremo, fecundidad, etc., personificaban en dioses como Zeus, Atenea, Poseidón, Hermes, etc.; pero, insatisfechos con los modelos humanos de piedra, oro o plata, levantaron un altar al Dios que desconocían y que seguía siendo un misterio para ellos.
 
Pablo les empieza a hablar de la creación, del santuario espiritual, de la imagen y semejanza de Dios impresa en el hombre, de la conversión… Todos le escucharon hasta que habló de la Resurrección: «Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos. Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: sobre esto ya te oiremos otra vez» (He 17,30-33).
 
En la inteligencia de las personas que se habían reunido en el Areópago, los más sabios e ilustres de la ciudad, cabía que cualquiera de los dioses que veneraban moviese caprichosamente las nubes, las olas del mar e incluso el destino de los hombres. Por eso que entendemos la atención y el interés con que escuchaban a Pablo. Pero no pudieron comprender ni mucho menos creer que Dios enviara a su Hijo al mundo, permitiese que lo matasen como a un malhechor y que, después de resucitarlo de entre los muertos, todos los hombres pudiéramos un día resucitar por Él.
 
Isaías, cuando anuncia la figura de Jesús, ya profetiza la incredulidad, la falta de fe del hombre en un Dios que aparece débil y sin presencia. «¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yavé ¿a quién se le reveló?… Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable y no le tuvimos en cuenta» (Is 53,1-3). El apóstol Pablo, recogiendo esta experiencia de Isaías, escribe en su Carta a los romanos: «Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!» (Rom 10,14-15). Pablo, al final de este texto, ofrece una palabra de esperanza para los que buscan a Dios con sinceridad: La fe viene por la predicación y esta por la palabra de Cristo. Es decir, la fe viene por la predicación del Evangelio (Rom 10,17).
 
El Evangelio es la voz que le ha sido dada al hombre para poder ser conducido hasta el recinto donde se encuentra con el Padre, y poder así entrar en comunión con Él para ser partícipe de la misma naturaleza de Dios. Jesucristo habla, pues, de su voz: Mis ovejas me conocen, conocen mi voz, mi Palabra, mi Evangelio; por él entran en comunión con Dios y yo voy delante de ellas.
 
Para un alto porcentaje de bautizados, el gran desconocido es el Evangelio. El gran engaño que el Príncipe de la mentira (como así le llama Jesús), ha sembrado en la cristiandad, ha sido y es desviar la mente y el corazón de los fieles hacia la aparición de estigmas en una persona, tocar medallas e imágenes milagrosas, poner toda su fe en apariciones portentosas…, desplazando así el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo a un segundo plano hasta el punto de ignorarlo.
 
Por otra parte, cuando el demonio quiere echar a perder un rebaño, lo primero que hace es desviar a los pastores de tal forma que estos actúan sirviéndose de las ovejas para su propia gloria. Así lo advirtió Pablo al despedirse de los presbíteros de la comunidad de Éfeso: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio hijo. Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí» (He 28,30).
 
Otros aceptan la mentira en provecho propio, lavándose las manos como Pilato, para no tener problemas ni entrar en conflicto por decir la verdad. Jesucristo les llama «hijos de la mentira» (Jn 8,44), que cumplen los deseos de su padre homicida, que tuercen, ocultan, apartan y niegan la verdad, sacando por la boca la doblez de la que les rebosa el corazón. Profetas extraños que anuncian paz cuando no la hay (Jer 23,17), y callan o niegan el mal cuando lo ven porque temen perder amistades o aportaciones económicas.
 
La palabra «extraños» en el Antiguo Testamento tiene una connotación de idolatría. Por ejemplo, encontramos en el Deuteronomio el cántico de Moisés, en el que se especifica que sólo Dios condujo a Israel a la tierra prometida, y que no hubo con Él ningún dios extraño, en alusión a las divinidades de los pueblos vecinos (Dt 32,12).
 
Nuestra carne tiende a ir hacia los ídolos que podemos manejar. Y las dudas insidiosas, excusas y motivos expresados por estas idolatrías, se convierten en voces extrañas que las ovejas que aman la verdad no siguen, sino que huyen de ellas porque han aprendido a conocer la voz del Pastor, y tienen discernimiento para distinguir la Palabra de la Vida de la «sabiduría» de los extraños.
 
 

La voz del Pastor

Conocer, en la Escritura, significa intimar, entrar en comunión con Dios. Conocer la Palabra y entrar en comunión con ella es intimar con Dios hasta el punto de recibir su naturaleza. Cuando nuestros oídos están ya afinados para distinguir la voz del Buen Pastor y, por Él, entramos en comunión con la Palabra por la predicación del Evangelio, participamos del atributo principal de Dios, que es ser en sí mismo: «Yo soy el que soy».
 
Las ovejas siguen al Pastor no por heroísmo ni por generosidad ni para distinguirse de nadie. Lo hacen porque conocen el poder que tiene la Palabra para hacernos entrar en comunión con ella misma, es decir, porque nos hace poseedores de la Vida eterna. Ella es la garantía de nuestra inmortalidad según la naturaleza divina, tal y como nos dice el apóstol Pedro: «A vosotros, gracia y paz abundantes por el conocimiento de nuestro Señor. Pues su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicieseis partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia» (2Pe 1,2-4).
 
Aquí tenemos el porqué del seguimiento a Jesucristo. Quitando todo aspecto sentimental, beato o heroico, le seguimos porque Él es el Buen Pastor que nos da el conocimiento y la participación en Dios. Esta participación es en el presente como un espejo (1Cor 13-12). Conforme vaya creciendo la Palabra dentro de nosotros, la visión de Dios será cada vez más nítida, y estallará en su plenitud en el momento de nuestra muerte. Es entonces cuando nuestra participación será directa, definitiva y completa. Por ello san Francisco la llamaba «la hermana muerte»; no la veía como un mal sino como un bien.
 
Inmediatamente después del relato evangélico, en el que Juan nos narra cómo Jesucristo levanta a la mujer adúltera y la libera de aquellos que querían apedrearla, escuchamos lo siguiente: «Jesús habló otra vez diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Tanto el término luz como oscuridad y tinieblas, aparecen aquí con respecto a seguir o no a Jesucristo, Andar en la oscuridad es hacerlo hacia ninguna parte. Y esta es la gran tragedia: aunque una persona pueda decir que le va bien como está, el problema es que no se dirige hacia ningún sitio, hacia nadie que le dé la Vida. Sin embargo, el que sigue la voz del Pastor tendrá la luz de la Vida, es decir, al mismo Dios.
 
Después de la última cena, Tomás pregunta a Jesús: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto» (Jn 14,5-7). Jesucristo, palabra de Dios hecha carne, es el camino que lleva hasta el Padre. Conocer a Jesucristo es conocer al Padre. Es tan fuerte el verbo conocer en la Escritura, que se identifica con la visión de Dios. Quien conoce la Palabra conoce y ve a Dios; y los Padres de la Iglesia dicen que ver a Dios es poseerlo.
 
La Palabra se hizo carne en Jesús de Nazaret para darse a conocer y crear el eslabón que uniera al hombre con Dios. Por eso, dar rodeos con falsos misticismos y piedades inventadas por los hombres obviando este eslabón, termina con una referencia servil y temerosa hacia Dios. Porque no hay otra forma de conocer al Padre sino por la Palabra, por el Evangelio. Y Jesucristo es Emmanuel, es Dios con nosotros. Cada vez que se predica el Evangelio, Jesús, como dice san Bernardo, vuelve a encarnarse, está con nosotros, en medio de nosotros y nos muestra su rostro.
 
En cierta ocasión preguntaron los fariseos a Jesús que por quién se tenía a sí mismo, que si era acaso más grande que Abrahán o que los profetas, ya que todos ellos murieron. Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: Él es nuestro Dios, y sin embargo no le conocéis. Yo sí le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra» (Jn 8,54-55). Jesucristo es alguien que escucha al Padre y guarda su Palabra. Precisamente por esto lleva su misión a lo más alto: Crear en la historia un recinto sacro donde el hombre se encuentre con Dios. Este recinto es el Evangelio como culmen de la Escritura. No hay otra estancia donde entrar en comunión con Dios y participar de Él. Esto, sin dejar de tener presente que el Hijo de Dios ofrece el Evangelio desde el seno de la Iglesia.