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Fotografía: monkeyc.net (Creative Commons)

He manifestado tu nombre

A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento, los términos palabra y nombre comparten una misma realidad. El nombre de Dios dado a Moisés es «Yo soy el que soy», que lleva en sí mismo la inmortalidad e inmutabilidad de Dios. Y esto mismo dice Jesucristo acerca de la Palabra: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13,31). También podemos observar en la Escritura frases idénticas, referidas unas veces al nombre de Dios y otras a la Palabra: «Tu palabra es eterna-tu nombre es eterno», «espero en tu nombre-espero en tu palabra», «alabo tu nombre-alabo tu palabra». Vemos que hay una sintonía perfecta entre nombre y palabra en el sentido en que ambos son eternos, son alabados y en ellos se espera para alcanzar la salvación.
 
También podemos ver esta similitud en la Carta a los romanos, donde leemos: «Pues dice la Escritura a Faraón: te he suscitado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea conocido en toda la tierra» (Rom 9,17). Este texto nos lleva a tener presente aquellas palabras proclamadas por Jesús antes de subir al Padre: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).
 
En la oración sacerdotal que Juan nos transmite en su evangelio, justo antes de comenzar la Pasión, es el mismo Jesucristo el que habla indistintamente del nombre de Dios y de su palabra. «He manifestado tu nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado» (Jn 17,6-8). Jesucristo nos ha manifestado el nombre del Padre: Yo soy el que soy. Nos lo ha revelado para que seamos partícipes de su misma esencia inmortal al entrar en comunión con Él. Jesús, Hijo de Dios, al revelarse así mismo como palabra del Padre, ha irradiado sobre el hombre la luz del rostro de Dios. Jesucristo, revelador de la palabra que da la Vida, sigue irradiando el Rostro del Padre cada vez que se anuncia el Evangelio. El Buen Pastor da a conocer su voz para que el hombre conozca, ame e intime con Dios hasta la comunión total.
 
Entramos pues, en comunión con el Padre escuchando y guardando su Palabra, pues dice Jesús: «Quien a vosotros os escucha a mí me escucha» (Lc 10,16). Y Mateo nos dice lo mismo de esta forma: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). Jesús, enviado por el Padre, tiene poder para enviar a sus discípulos al mundo con la fuerza de su palabra.
 
Esta es la Buena Noticia para el hombre ofrecida gratuitamente por el Buen Pastor: la vida eterna por el hecho de conocer a Dios. Así lo manifiesta Jesucristo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,1-3).
 
El Evangelio es el poder que ha dado Dios a su propio Hijo sobre toda carne; de forma que toda carne, que, como dice el profeta Isaías, es como hierba y flor marchita que se seca (Is 40,7-8), puede trascender hacia la vida eterna por medio del Evangelio. Jesucristo es el Buen Pastor que dice: «Conozco al Padre y guardo su palabra». A partir de Él, todo hombre, por el hecho de conocer su voz y guardarla, se mantiene vivo e inmortal ante el Padre. A esto estamos llamados como ovejas del Buen Pastor que, venciendo a la muerte, permanece glorioso y resucitado ante el Padre.
 
 

Palabra y comunidad

Jesucristo y el Padre son uno por la Palabra pues, siendo Dios eterno e inmortal, es también infinito e indivisible. El Hijo de Dios está en comunión perfecta con el Padre porque la Palabra es la misma. Jesús la acoge y la transmite a los hombres para que también nosotros seamos uno con Dios: «No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,20-21). Esto es la fe: Creer que Dios envió su Palabra por medio de Jesucristo y aceptarla.
 
La unidad de un grupo cristiano o de una comunidad, no viene únicamente de que tengan todos los que la forman un mismo carisma, sean de un mismo país o lleven el mismo hábito. Todo esto resulta insuficiente para sellar la unidad de una agrupación de personas. Lo que hace que una colectividad humana se convierta en comunidad, es vivir la misma Palabra que unía a Jesucristo con el Padre. Y es el mismo Dios quien nos protege para mantener esta unidad: «Padre Santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17,11). Cuidado que también podemos hacer extensivo a la aflicción que provoca la persecución, tal y como vemos en el salmo, y que nos habla del hombre que se cobija bajo la protección de Dios en medio de la persecución del mundo. Porque no se la puede evitar cuando se entra en el recinto sacro del Evangelio.
 
Dice el salmista: «Él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos. Te llevarán ellos en sus manos para que en piedra alguna no tropiece tu pie» (Sal 91,11-12). La piedra se refiere al escándalo, venga de donde venga. Pero los pies que siguen verdaderamente la voz de Dios no tropiezan en los escándalos. Aunque oigan voces extrañas no les prestan atención, porque conocen la palabra y el nombre de Dios y siguen la voz de su Pastor. Los escándalos y las persecuciones seguirán aconteciendo, pero no nos doblegarán ni nos apartarán del camino, porque ya sabemos lo que buscamos y a quién seguimos para entrar en comunión con el Padre.
 
Y es, justamente, el conocimiento del nombre de Dios y la aceptación de su Palabra lo que nos libra del mal, lo que nos posibilita poner nuestros pies sobre el mal aplastándolo sin que nos haga daño. Es la razón por la que al final entraremos en comunión con Dios eterno e inmortal: «Pisarás sobre el león y la víbora, hollarás al leoncillo y al dragón. Pues él se abraza a mí, yo he de librarle; le exaltaré, pues conoce mi nombre. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le glorificaré. Hartura le daré de largos días, y haré que vea mi salvación» (Sal 91,13-16).
 
Por eso no nos toca prometer nada. ¡Dios ya sabe que no lo podemos cumplir! A nosotros nos toca guardar la Palabra para mantener la unidad y la comunión con el Padre. Conocer a Dios y guardar su Evangelio, por más que nos parezca imposible. También se lo pareció a la virgen María cuando el ángel le anunció que el mismo Dios iba a tomar carne en ella y le dijo: «Para Dios nada hay imposible».
 
Solamente cuando somos conscientes de que el Evangelio es imposible para nuestra forma de ser, nos sale de una manera natural, sin necesidad de apariencias, rebajarnos a la actitud del publicano y decir a Dios: «Pero Señor, ¿cómo voy a amar a esta persona y a perdonar, cómo voy a responder con una bendición al que me persigue? ¡Ten piedad de mí, que soy pecador!». Sin embargo, la figura del publicano no está puesta en el Evangelio para provocar o acentuar un sentimiento de culpa en el hombre. Pedimos a Dios piedad para entrar en comunión con Él, para seguir su voz, porque nos ha dado una Palabra por medio de su Hijo y la conocemos.
 
Y esa Palabra que el Padre dio a Jesucristo y que nos transmitió y es Vida por medio de Él, ya queda viviente y eficaz dentro de nosotros. Por eso, lo que nos rebosa del corazón sale de forma natural por nuestra boca, y sentimos la urgencia de comunicar a los demás la Palabra que estamos recibiendo sin necesidad de depender de bibliotecas o tratados de teología. Y podemos repetir como Jesús. «Las palabras que tú me diste, se las he dado a ellos»; el Evangelio que tú me has regalado, se lo he dado a conocer a mis hermanos, que son los hombres y mujeres de todo el mundo.