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El Cristo de San Juan de la Cruz (Dalí)

La ofrenda de Jesús

A estas alturas, nuestros oídos escuchan con otro eco un salmo que nos es bastante familiar: “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi auxilio?… No deje él titubear tu pie, ¡no duerme tu guardián!…” (Sl 121). Nos parece oír el canto del salmista: no resbalarán tus pies, no se quebrarán tus tobillos porque tu guardián no duerme. No temas, Yahvé es tu defensa, tu sombra, Él te guardará de todo mal, protege tu alma.

La oración de este salmista nos ayuda, nos da la confianza de que, por muchas oscuridades, dificultades, sombras, incógnitas y perplejidades que nos golpeen, alguien vela por nosotros: el Señor Jesús, el que murió y resucitó para proclamar la victoria sobre todo tipo de mal.

Hemos visto a Aarón y a Jur sosteniendo los brazos de Moisés a fin de que Israel pudiese salir victorioso de su combate contra Amalec. Vamos a ver ahora el apoyo del que se sirvió Jesús para poder extender libremente sus brazos en la cruz.

En una ocasión le preguntan a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús respondió: ya lo sabéis. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. En esta respuesta encontramos la fuerza que permitió al Hijo de Dios extender sus brazos en la cruz: el amor al Padre y al hombre. Bajo este aspecto, cobra toda su fuerza lo que nos dice Juan en su primera carta: “Si no amas a tu hermano a quien ves, es inútil que digas que amas a Dios a quien no ves”. La garantía de que tú amas a Dios es el hermano que tienes ante tus ojos.

¿Qué es lo que ve Jesucristo desde la cruz? Su mirada abarca a su pueblo que está ahí, a sus pies. Todos son hermanos suyos. Todos se sienten defraudados por él. Habían alentado la ilusión de que sería un nuevo rey David que les libraría de los romanos. Es una muchedumbre que se mueve bajo el vaivén del desconcierto y la decepción.

Este estado anímico les abruma tanto que el desvarío de su corazón fluye por sus bocas increpando al crucificado. Ven en él un impostor, un iluminado y hasta un blasfemo. De ahí sus gritos ensordecedores: ¿no eres el Mesías?, ¿no eres el Hijo de Dios? Pues bien, ¡que venga Dios, tu Padre, y te salve! Al mismo tiempo que proferían sus gritos, meneaban la cabeza. Éste es el gesto que usan los judíos para expresar que tal o cual persona está loca.

El acontecimiento del Calvario es una profunda catequesis que denuncia nuestro corazón. Somos vulnerables hasta el punto de poder llegar a sentirnos defraudados y hasta engañados por Dios al no ver cumplidos nuestros deseos.

¿Qué hace Jesús ante este “espectáculo”? Lleva a su plenitud algo de lo que anunció en el sermón de la Montaña: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,3-24).

Jesucristo, para poder ser la ofrenda perfecta que aplaste con sus pies la bestia del mal, no solamente se va a reconciliar con sus hermanos allí presentes, sino que los va a reconciliar con Dios diciendo: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Está justificándolos delante de su Padre. Jesús está susurrando: perdónales, no tienen sabiduría para reconocerme como el Mesías. Su corazón está vendado por sus intereses, ¡Padre, perdónales! Jesús hace la ofrenda perfecta y, por ello, puede hacer presente el amor perfecto al Padre y a todos los hombres.

Consumado el sacrificio en su plenitud, grita: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! La tórtola ha vencido a la bestia del mal, la que ha engañado al hombre hasta ahora. ¡Padre, vuelvo a ti!