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“Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: “Es un fantasma”, y de miedo se pusieron a gritar” (Mt 14,26).

 
El texto que encabeza este capítulo escenifica la situación de miedo de los apóstoles que, ya bastante asustados por la tempestad y la fragilidad de la barca, ven, de pronto, caminar a alguien sobre el mar. De ahí que, totalmente fuera de sí, se pusieran a gritar angustiosamente ante lo que ellos pensaban que era un fantasma.

Ya sabemos que el mar, en todas las culturas antiguas, se concibe como una especie de morada misteriosa que entraña  peligro, destrucción y muerte. El mar es peligroso ya sea para los pescadores que viven de él como para navegantes, comerciantes y viajantes que surcan sus aguas. Pero para Israel, además, el mar tiene un sentido de peligro y de muerte también desde una perspectiva religiosa.

Lo concibe como la morada de la serpiente, el Leviatán o dragón marino. Para Israel, el Príncipe del mal tiene su hábitat justamente en las profundidades del mar. Esta concepción nos remite a la figura de la serpiente que colocó en situación destructiva a Adán y Eva en el paraíso. En la Escritura, a veces, se la llama simplemente la bestia que domina el mar o el monstruo marino.

Recordemos la súplica del salmista: “No entregues a la bestia el alma de tu tórtola, la vida de tus pobres no olvides para siempre”. La tórtola, la paloma, es una imagen simbólica con que los profetas designan al pueblo de Israel. En un sentido más concreto, en el Cantar de los Cantares vemos un poema de amor de Dios con su pueblo que los santos Padres de la Iglesia interpretan a la luz de Jesucristo. Ven en este canto el amor de Dios para con el hombre-mujer: el alma. En un matiz esponsal, oímos a la esposa contar su experiencia: “Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡La voz de mi amado que me llama!: ¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta!” (Ct 5,2…).

En la Escritura, la palabra perfecto no apunta a una perfección moral sino a un mantenerse en el camino de Dios. El hombre justo puede caer e, incluso, detenerse en el camino de Dios, pero no lo abandona por otro, no toma otra senda. La espiritualidad bíblica identifica camino de Dios con hombre recto precisamente porque recta es su senda. Asimismo identifica al impío con aquel que dirige sus pasos por un camino tortuoso.

Acerca del camino del justo y del impío, podemos fijarnos en lo que dice el libro de los Proverbios: “Cuando entre la sabiduría en tu corazón y la ciencia sea dulce para tu alma, velará sobre ti la reflexión y la prudencia te guardará, apartándote del mal camino, del hombre que propone planes perversos, de los que abandonan el recto sendero para ir por caminos tenebrosos” (Pr 2,10-13).

 

Él te aplastará la cabeza

Volvemos los ojos a los apóstoles a quienes vemos luchando denodadamente contra la furia del mar. Este mar soliviantado por el poder del Leviatán que, como ya hemos dicho, representa el mal. Veamos ahora esta figura mítica del Leviatán, monstruo marino, a la luz de la sabiduría catequética de la Escritura.

Nos remitimos a la experiencia de Job. De él sabemos que tenía su vida muy ordenada en todos los aspectos, incluso en lo que pensaba que había de ser su relación con Dios.

Yahvé permite que el mal se abata sobre él en todo su furor, y Job queda completamente desconcertado. A partir de su nueva realidad, entabla unos diálogos con Dios que rayan en el estremecimiento más profundo, hasta el punto de que nuestro hombre pide explicaciones, casi cuentas, a Dios por la plaga de desgracias que le han azotado. Dios le viene a decir a Job que el mal -el Leviatán- es superior a él. Y, de forma irónica, le pregunta si cree que lo puede dominar (Jb 40,25-32).

Dios está instruyendo a su buen y fiel amigo. Le está diciendo que el mal existe y que le deje a Él la iniciativa, que le deje las manos libres, porque le salvará como Él sabe hacerlo. Será una liberación eficaz y perenne. Dios le dice que Él sabrá poner un límite a la violencia del mal representado por las aguas: “¡Llegarás hasta aquí, no más allá -le dije- aquí se romperá el orgullo de tus olas!” (Jb 38,11).

Al final del libro, vemos cómo Job da la razón a Dios, y confiesa que, gracias a la prueba, ha podido conocerlo “con sus propios ojos”: “Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro… Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos” (Jb 42,3-5). La confesión amorosa y confiada de Job es un preanuncio de la iluminación de la fe recibida por Jesucristo y que nos permite conocer a Dios en espíritu y en verdad.

Siguiendo con el Leviatán, escuchamos lo que dice el profeta Isaías: “Aquel día castigará Yahvé con su espada dura, grande, fuerte, a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al dragón que hay en el mar” (Is 27,1). Esta promesa, anunciada por el profeta, viene avalada por la que Dios mismo hace a toda la humanidad inmediatamente después de la caída de Adán y Eva. Dios, ante el pecado que destruye al hombre, no se queda de brazos cruzados. Por eso se dirige a Adán y a Eva y proclama unas palabras de salvación al mismo tiempo que se enfrenta a la serpiente engañadora. Dice a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su calcañar”  (Gn 3,15).

Con estas palabras, Dios está anunciando la encarnación de su Hijo, linaje de la mujer. Una primera interpretación respecto a esta mujer es, indudablemente, María de Nazaret, de quien nació Jesucristo. Él es quien aplastará la cabeza de la serpiente. Así vemos a Jesús con sus pasos firmes sobre las aguas demostrando que tiene poder para destruir y aplastar al Príncipe del mal.

Junto a esta primera interpretación de la mujer, los Padres Apostólicos apuntan a la Iglesia, cuyo linaje son los discípulos de Jesucristo. El Hijo de Dios engendró a la Iglesia en el momento en que su costado fue abierto en la cruz. Sus discípulos son hijos de Dios engendrados por el Evangelio. No es que tengan por sí mismos ningún poder, pero el Evangelio que han acogido se hace uno con ellos como si fuera su naturaleza, renovando su mente, su voluntad, y dándoles la sabiduría de Dios para enfrentar al mal y salir victoriosos en el combate.

Los discípulos de Jesucristo, revestidos de su sabiduría, pueden ver que el pecado es un mal en contra suya; ésa es el arma de su victoria que veladamente viene anunciada en tantos textos de la Escritura como, por ejemplo: “No le ha de sorprender el enemigo, el hijo de iniquidad no le oprimirá” (Sl 89,23). Este texto se cumple primeramente en Jesucristo y, por su medio, en todos los que en Él creen y se apoyan.

Así pues, si es cierto que el mar es una imagen simbólica que representa el poder del mal, es necesario insistir en el hecho de que Dios tiene poder sobre él. Vemos en la Escritura cómo manifiesta su majestad, su poder y su gloria sobre las aguas: “Rendid a Yahvé la gloria de su nombre, postraos ante Yahvé en esplendor sagrado. La voz de Yahvé sobre las aguas; el Dios de la gloria truena ¡es Yahvé sobre las muchas aguas! ¡Voz de Yahvé con fuerza! ¡Voz de Yahvé con majestad!” (Sl 29,2-4).

Esta Voz-Palabra de Yahvé se encarnó en Jesucristo a quien vemos manifestando su poder sobre las aguas, lleno de gloria y majestad. En Él vemos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros primeros padres. Es importantísimo tener en cuenta que esta promesa no es para los justos -que no los hay- sino para los pecadores, para nosotros que reeditamos la desobediencia de nuestros padres.