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Moisés rompiendo las Tablas de la Ley (Rembrandt)

Siéntate a mi derecha

Vayamos ahora a la figura de Moisés. Sabemos que nació en medio de una persecución contra los niños hebreos; todos debían de ser arrojados al río Nilo. Recordemos que fue rescatado y preservado por la hija del Faraón. Fue salvado de las aguas que es esto lo que significa su nombre.

Dios escoge a Moisés para liberar al pueblo de Israel que sale de Egipto atravesando el mar Rojo. Moisés es imagen de Jesucristo, con la diferencia de que Él es poderoso sobre el mar. Moisés es salvado de las aguas, el Señor Jesús tiene el poder y majestad sobre ellas.

Bajo la luz de este poder y majestad de Jesús, dirigimos nuestros ojos al primer versículo del salmo 110: “Oráculo de Yahvé a mi Señor; siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies”.

Este texto encierra una catequesis profundísima. Todo aquel que se sienta, se sitúa a la derecha de Dios, hará la experiencia de ver cómo sus enemigos quedan aplastados ante sus pies. El dragón marino, la serpiente, la que tentó a Adán y Eva y les hizo caer, -igual que a nosotros tantas veces- tiene un poder limitado, es posible aplastar su cabeza.

¿Qué significa “siéntate a mi derecha” y pondrás a tus enemigos debajo de tus pies? Significa para ti lo mismo que significó para Jesucristo. Él vivió siempre unido al Padre. El discípulo, y ahora veremos cómo, es aquel que, por vivir unido a Jesucristo, tiene poder sobre las turbulentas aguas de su vida.

El primer versículo del Prólogo de san Juan dice: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios”. La Palabra está junto a Dios permanentemente, ésta es la experiencia de Jesucristo, Palabra del Padre. Por eso, cuando en la última Cena le piden: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”, Jesús les responde: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. Jesucristo está con el Padre no por una varita mágica sino por la Palabra.

Un matiz fundamental que nos manifiesta el Evangelio acerca de María de Nazaret es que guardaba la Palabra en su corazón. Todo hombre que escucha el Evangelio con amor, con deseo real de convertirse a Dios, guarda su Palabra hasta hacer de ella su escudo; conforme crece la Palabra en el corazón, crece la búsqueda y la pertenencia a Dios. La Palabra, así guardada, te hace estar con Dios, dando así cumplimiento a lo que escuchábamos en el salmo: “siéntate a mi derecha y tus pies aplastarán a tus enemigos.”

El Evangelio, así guardado, hecho tuyo, se convierte en el manantial de aguas vivas que sacian tu sed de trascendencia. Te conduce y provoca pasos de conversión, como nos atestigua el salmo 119: “En mi corazón escondo tu palabra, así no pecaré contra ti”.

Siguiendo con el tema de que el mar es la morada del Leviatán -la serpiente que tienta y seduce al hombre-, vemos que Jesucristo no sólo afirma sus pasos sobre el Leviatán sino que, incluso, en su morada, va a plantar su tienda de forma que la presencia, la protección de Dios sobre el hombre, sea permanente. Leemos en el salmo 19: “En el mar levantó para el sol una tienda”. Recogiendo su simbolismo, vemos que la tienda es Jesucristo, y el sol es el Padre a quien la Escritura llama “Sol de justicia”. ¿Cómo no imaginar esta morada de Dios en el Misterio de la Cruz, en el Calvario? Cubierto de tinieblas y muerte, Dios hace presente el Misterio de la Cruz, la luz perenne y permanente para todos los hombres.

El profeta Malaquías nos confirma esta impresionante obra de Dios: “Pero para vosotros, los que tenéis mi Nombre, brillará el sol de justicia con la salvación en sus rayos, y saldréis brincando como becerros bien cebados fuera del establo” (Ml 3,20). Y, cuando Zacarías anuncia el nacimiento de su hijo Juan el Bautista, exultante de gozo proclama: “Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura -Jesucristo- a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

En la Encarnación, Dios visita al hombre: es Dios con nosotros. La Palabra se hizo carne y puso su morada, puso su tienda, entre nosotros que vivíamos en tinieblas y sombras de muerte. En Jesucristo, se abrió para el hombre la posibilidad de dirigir sus pasos por el camino de la paz.

Israel tiene su templo, que es llamado la morada de Dios porque en él reposa su gloria. El templo de Jerusalén es figura del definitivo templo en el que se adorará a Dios en espíritu y en verdad, y que es su propio Hijo Jesucristo. Él es la Tienda de Dios entre los hombres, su morada entre nosotros. En Él brilla en todo su esplendor la salvación. Es necesario dar el paso del primer al segundo templo, el mismo que hay que hacer de la Ley a la Gracia. Es impensable dar este paso si Dios, con su encarnación, no hubiese plantado sus pies en el camino de sombras y tinieblas del que nos habla Zacarías. Camino que tiene un príncipe: Satanás.

El salmo 132 nos ofrece una oración preciosa e intensísima de David: “No he de entrar bajo el techo de mi casa, no he de subir al lecho en que reposo, no he de conceder sueño a mis ojos ni quietud a mis párpados, hasta que no encuentre un lugar para Yahvé, una Morada para el Fuerte de Jacob”.

Este deseo de David, indudablemente inspirado por el Espíritu Santo, le lleva a hacer la primera planificación de construcción de un templo donde Israel pueda rendir culto a Dios, y en el que pueda habitar con toda su gloria y majestad. Este templo, al ser construido por manos del hombre, está sujeto a todas las debilidades de sus constructores. Por eso, con la decadencia espiritual de Israel, se acentúa la vaciedad del culto y oración que en él se hacen. Sabemos cómo los profetas denunciaron repetidamente el formalismo vacío del culto que se hacía en el Templo. Jeremías llega, incluso, a decir que el Templo de Jerusalén se ha convertido en cueva de bandidos.

 

Algo más que un fantasma

La decadencia espiritual va siempre aparejada con la necedad. Necedad que lleva a los dirigentes de Israel a engañar al pueblo diciéndole: No os preocupéis si nos invaden nuestros enemigos. Yahvé no permitirá que la ciudad santa que alberga su gloria sea arrasada.

Los profetas enviados por Dios, que no tienen nada de necios, alertan al pueblo acerca de la mentira y la falsa seguridad a la que cómodamente dan crédito. Escuchemos a Jeremías: “No os fiéis en palabras engañosas diciendo: ¡Templo de Yahvé, Templo de Yahvé, Templo de Yahvé es éste!… He aquí que vosotros confiáis en palabras engañosas que de nada sirven, para robar, matar, adulterar, jurar en falso,… luego venís y os paráis ante mí en esta Casa llamada por mi Nombre y decís: ¡estamos seguros!” (Jr 7,4-10).

Es por esta debilidad humana que necesitamos un templo no construido por nuestras manos sino por Dios mismo; de ahí su encarnación. El Señor Jesús es nuestro nuevo y definitivo Templo en el que sí podemos conocer en espíritu y verdad a Dios. Jesús, Dios y Señor de la gracia, provoca en nosotros una profunda experiencia semejante a la que provocó en los apóstoles cuando les obligó a remar mar adentro.

Veamos ahora a los apóstoles luchando hasta el límite por su vida, y que, de pronto, ven a alguien caminar hacia ellos sobre las aguas. ¡Lo que les faltaba a estos pobrecillos! Con el miedo en el cuerpo, sólo acertaron a gritar: ¡es un fantasma!

El término fantasma viene de fantástico, fantasía; algo que es producto de la imaginación, provocado por el cerebro. Hay “entendidos” que dicen que la idea de la existencia de Dios tiene su origen en una necesidad cerebral que precisa ser proyectada. Estos buenos señores que hablan así no dan ninguna solución para tu vida, por lo que te dejan tan alienado como antes, sólo que con cuatro pastillas diarias. Además, se creen con derecho a dogmatizar diciendo que el Dios en que crees y al que buscas pertenece a tal hemisferio cerebral, y que, por lo tanto, no es real. Es un producto de tu fantasía, es un fantasma.

Esto no significa que el hombre no deba preguntarse acerca de quién es Dios, e, incluso, que quién sabe si Dios no es más que una fantasía de nuestras coordenadas mentales. Por supuesto que esto hace parte de la búsqueda, de la fe, para llegar a la madurez. El crecimiento en la fe acontece cuando Dios mismo ilumina tus dudas. En el camino de búsqueda el hombre va experimentando que Dios cumple en él su palabra de vida. Es una experiencia en la cual constata que Dios primero habla -da su palabra-, y luego la cumple. Es entonces cuando tú, sin ningún tipo de presión, externa o interna, sabes quién es Dios, lo sabes porque lo has conocido.

Esta experiencia cualitativa constituye el núcleo de la fe, la cual nace de la predicación del Evangelio tal y como nos dice el apóstol Pablo: “La fe viene de la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo” (Rm 10,17).

La Palabra desarrolla algo que tenías muerto en ti, que son los sentidos del espíritu. Así como nuestra cara tiene ojos, una boca y unos oídos, en definitiva, unos sentidos, también el espíritu tiene ojos para ver, manos para palpar, oídos para escuchar. La Palabra va despertando estos sentidos que, conforme van abriendo y desarrollándose, hacen que el hombre pase del miedo de gritar ¡es un fantasma!, a la cercanía del Dios que viene en tu ayuda. Por el Evangelio Dios se hace palpable y visible.

Damos fuerza a estas apreciaciones ayudándonos de la experiencia del apóstol Pablo, desde la cual dice a los corintios: “Anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea hasta las profundidades de Dios” (1Co 2,9-10).

Lo que está queriendo decir el apóstol es que el Espíritu Santo -que sondea hasta las profundidades de Dios y, por lo tanto, también nuestro espíritu- nos revela e interpreta la Palabra, desde la cual no sólo sabemos que Dios existe sino que también le conocemos. Por la Palabra, la relación del hombre con Dios es una relación de espíritu a Espíritu. Del desarrollo sensorial de nuestro espíritu surge, como un manantial, “la adoración en espíritu y verdad” (Jn 4,24). Es entonces que podemos proclamar que Dios ¡no es un fantasma!

Es a partir de esta experiencia que recorre todo nuestro ser, que se cumple en el discípulo la buena noticia que proclama el apóstol: “El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2Co 5,17). Dios mismo, a lo largo de su revelación a Israel, anuncia la nueva creación que va a surgir de sus manos. Veamos, por ejemplo, lo que nos dice por medio del profeta Isaías: “He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán nombrados los primeros ni vendrán a la memoria; sino que habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear. Pues he aquí que yo voy a crear a Jerusalén Regocijo y a su pueblo Alegría” (Is 65,17-18).

El profeta se sirve de las ansias de restauración del pueblo que está en el destierro, para anunciar que Dios siempre va mucho más allá de lo que el hombre puede pedir o pensar. Así pues, al mismo tiempo que anuncia la vuelta del destierro, abre la puerta a una liberación mayor. Anuncia enigmáticamente la definitiva y completa liberación del hombre por medio de una nueva creación que, como hemos visto por medio del apóstol, es realizada por Jesucristo. Nueva creación que es la respuesta a los pálpitos de eternidad que surgen de nuestro espíritu y que ninguna ideología, por muy consistente que parezca, puede arrancar de raíz. Realmente, ningún producto de la mente humana puede extinguir lo que Dios mismo ha creado en su espíritu.