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Nuevo cielo y nueva tierra

El libro del Apocalipsis nos ofrece la descripción de la Jerusalén celestial. La ciudad santa ha sido enaltecida como fruto de la victoria de Jesucristo sobre la muerte. En su resurrección imprimió en el seno de la humanidad la nueva creación. Jerusalén, llena de gloria, es el signo de la nueva y definitiva obra creadora de Dios: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo (Ap 21,1-2).

Fijémonos en que Juan, autor del Apocalipsis, habla de un cielo nuevo y una tierra nueva en los que “el mar no existe ya”. Ya hemos visto anteriormente que el mar es considerado en Israel como la morada de la serpiente y símbolo del mal. La buena noticia que nos da Juan es que, así como una vez Dios lo hizo apartarse a izquierda y a derecha para que su pueblo emprendiera su éxodo a la tierra prometida, lo que ahora se nos anuncia es que el mar no simplemente se va a apartar como en el Éxodo, sino que en Jesucristo desaparece para siempre.

Hay un texto de Job que hace relación a esta victoria sobre el mar y que preanuncia el caminar de Jesús sobre las aguas. Leamos el pasaje: “Él solo -Dios- desplegó los cielos y pisó la espalda del mar” (Jb 9,8). En Oriente, cuando un pueblo vencía a otro en la batalla, como señal de supremacía sobre los vencidos los tendían en el suelo y caminaban sobre sus espaldas.

Veamos, por ejemplo, esta cita de Isaías que anuncia el consuelo que Yahvé prepara para su pueblo que, a su vez, ha sido afligido y humillado por Babilonia. Son palabras de Dios contra el pueblo que ha vencido y sometido a Israel caminando sobre la espalda de los israelitas cuando fueron vencidos: “Así dice tu Dios, defensor de tu pueblo: Mira que yo te quito de la mano la copa del vértigo y el cáliz de mi ira; ya no tendrás que seguir bebiéndolo. Yo lo pondré en la mano de los que te afligían, de los que te decían: Póstrate para que pasemos; y tú pusiste tu espalda como suelo y como calle de los que pasaban” (Is 51,22-23)

Partiendo de este rito simbólico de caminar sobre la espalda de sus enemigos, damos todo su sentido al gesto de Jesucristo caminando sobre las aguas. Él, con sus pasos, va hoyando las espaldas del enemigo del hombre: el mal, la muerte. Son pasos victoriosos que humillan al Príncipe del mal que siempre nos ha sometido, de la misma manera que Babilonia, con su fuerza, afrentó y despreció a Israel.

Si en la historia de la salvación hemos podido ver la caída de Babilonia como signo del amor de Dios para con su pueblo, en la Encarnación vemos el hundimiento del Príncipe del mal en su propio hábitat, el mar, como signo del amor y liberación de Dios no solamente para con su pueblo elegido, sino para con todos los pueblos de la tierra. Todos los hombres y mujeres del mundo somos preciosos a los ojos de Dios.

Seguimos adelante con el anterior texto del Apocalipsis que nos dice que su autor testifica que, una vez que sus ojos vieron el cielo nuevo, la tierra nueva y la Jerusalén celestial, oyó una voz de lo alto que clamaba: “Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y él, Dios-con-ellos, será su Dios” (Ap 21,3).

Nos llama la atención la forma de cómo Juan puntualiza la presencia de Dios en la humanidad: “Dios-con-ellos”. A partir de la Encarnación, el Dios trascendente del pueblo de Israel es al mismo tiempo inmanente. Es el Dios con ellos del que nos habla el Apocalipsis. El Dios con nosotros, el Señor Jesús, vivo por su resurrección y vivificante en todo aquel que acoge su Evangelio.

El verbo permanecer, en la Escritura, tiene una riqueza que probablemente no hemos alcanzado a valorar; hace relación a la inmanencia. No es una inmanencia estática sino proyectada a la trascendencia. Todo aquel que acoge la Palabra experimenta en sí mismo la inmanencia de Dios, al mismo tiempo que es impulsado hacia su trascendencia.

El apóstol Pablo, en su primera carta a los Tesalonicenses, da gracias a Dios porque éstos acogieron la predicación no como palabra humana sino como Palabra de Dios. Algo así como la experiencia de Pedro cuando dijo a Jesús: “¿Donde quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Seguimos con Pablo y le oímos decir que la palabra de Dios que ha salido de su boca y que han acogido tiene la fuerza de permanecer operante dentro de ellos. Permanece, es decir, es inmanente y, al mismo tiempo, actúa, trabaja, es operante, provocando el salto trascendente hacia Dios que nunca ni bajo ningún concepto el hombre puede dar por sí mismo.

Intentemos comprender lo que estamos diciendo, sacando a la luz la cita concreta de Pablo a la que nos acabamos de referir: “De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes” (1Ts 2,13). La gozosa experiencia de Pablo en sí mismo y con una comunidad concreta, ya había sido anunciada por el Señor Jesús cuando proclamó: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida” (Jn 6,63).

El Señor Jesús, aniquilador de la morada del Leviatán, destruye el poder del Príncipe del mal y reconstruye en sí mismo la morada de Dios, capacitando así al hombre para entrar en una relación de encuentro con Dios.