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«El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).
 
 
El Hijo de Dios vuelve aquí a señalar como ladrones a los malos pastores, refiriéndose directamente a los del pueblo de Israel. Y lo hace para establecer una diferencia esencial entre estos pastores asalariados y Él mismo como Buen Pastor. Los primeros vienen a robar, matar y destruir, mientras que Jesucristo ha venido para dar a las ovejas vida en abundancia.
 
Viene a dar vida abundante, tanto que es eterna; y no aparece como algo futuro que sólo podrá alcanzarse cumpliendo ciertas condiciones. Nos la da en el presente a través del alimento de cada día: un abundante pasto que encontramos al entrar por la puerta del redil, donde Jesucristo nos ofrece la revelación de la Palabra en plenitud.
 
La revelación de sí mismo que Dios nos hace libre y gratuitamente, no podemos encontrarla en ningún tratado. Es un don de Dios para cada persona, como nos dice Pablo. «… Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos…» (Ef 1,17-18). Esta es la bondad de Dios, su perdón y misericordia para con el hombre, la reconstrucción de su vida y su dignidad. Y es también la riqueza y abundancia de su gracia.
 
  

La escasez del hombre

En el evangelio de Lucas encontramos un pasaje muy conocido que vamos a ver aquí, siempre teniendo en cuenta que todos los personajes de la Escritura describen situaciones de la vida del hombre en la que, de una forma u otra, podemos vernos reflejados. Cuando el hombre de la parábola propuesta por Jesús a los que le escuchaban, se encontró con una cosecha tan grande que no tenía dónde almacenarla, lo primero que pensó fue construir graneros mayores y se dijo: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: ¡Necio! “Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”. Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios» (Lc 12,19-21).
 
Este hombre tiene un concepto de riqueza que es engañoso. Es sólo una quimera porque su abundancia se sostiene sobre unos pies de barro. A partir del personaje que nos ocupa, encontramos dos tipos de personas: Aquellas que nunca han tenido relación con la religión y piensan que la vida es solamente lo que pueden hacer con sus manos; las otras que, dentro de la Iglesia, cumplen con los preceptos, participan de los sacramentos, pero no por ello dejan de vivir en una mentira parecida. Ante esta situación, los pastores no pueden hacer la vista gorda sobre la falsa abundancia de sus ovejas. Puede ser que actúen así para no meterse en problemas, perder amigos o, peor aún, verse privados de alabanzas y adulaciones. A estos, Jesús les llama ladrones e incluso lobos disfrazados porque no hacen nada por evitar la desnutrición de las ovejas y su caída en manos del tentador.
 
Vayamos a la historia de Israel: Jerusalén, la ciudad santa, la delicia de los ojos de Dios, la elegida en la que Dios se complacía, quedó asolada, destruida y saqueada por el rey de Babilonia a causa de los pecados y culpas de sus profetas y sacerdotes. «Nunca creyeron los reyes de la tierra ni cuantos moran en el mundo, que el adversario y el enemigo entrarían por las puertas de Jerusalén. ¡Fue por los pecados de sus profetas, por las culpas de sus sacerdotes, que en medio de ella derramaron sangre de justos!» (Lam 4,12-13).
 
Cuando cayó Jerusalén en manos de sus enemigos y quedó destruida, sus habitantes se apartaban de los malos pastores como si fueran leprosos. Ellos, que tenían la misión de pastorear a sus ovejas hacia la voluntad de Dios, habían dejado al rebaño en la más absoluta necedad. «Titubeaban por las calles como ciegos, manchados de sangre, sin que nadie pudiera tocar sus vestiduras. ¡Apartaos! ¡Un impuro!, les gritaban. ¡Apartaos, apartaos! ¡No tocar! Si huían errantes, se decía entre las naciones: ¡No seguirán de huéspedes aquí! El rostro de Yavé los dispersó, no volverá a mirarlos. No hubo respeto para los sacerdotes…» (Lam 4,15-16).
 
La palabra de Dios es una sola, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y es válida para todos los tiempos. Esto se pone de manifiesto en el evangelio de Mateo, donde encontramos palabras muy fuertes, proclamadas por Jesucristo, acerca de esta clase de pastores que han robado la verdad de los hombres empañándoles con la mentira en la que ellos viven: «No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Muchos me dirán aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Entonces les declararé: “Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad”» (Mt 7,21-23).
 
Estos agentes inicuos, como les llama Jesús, que pretenden pastorear el rebaño de Dios, terminan por dejar al hombre desolado, cansado y destruido como la Jerusalén arrasada descrita por Jeremías. ¡Cuánta gente se cansa y deja la Iglesia porque tiene la perspectiva de un pastoreo que actúa en su alma mermándole la vida al no recibir luz alguna para sus problemas de soledad, angustia, desesperanza y dudas de fe! No digamos ya de los pastores que, con la ley en la mano como una maza, intentan domesticar a las ovejas. También hay otros, pobres de ellos, que conciben su ministerio como una carga, repercutiendo negativamente en el rebaño. Mas, para no caer en el pesimismo, es necesario señalar que las denuncias del Hijo de Dios dejan siempre una puerta abierta a la esperanza.
 
La ley crea angustia porque dice pero no hace. Es decir, una persona puede asumir unos preceptos o unas normas pero, con el tiempo se siente cargado y empieza a excusarse del cumplimiento. Por ejemplo, en el caso de la oración: La razón real por la cual una persona deja de rezar es simple y llanamente porque se aburre con Dios; esta es la gran verdad difícilmente admitida.
 
Aquel que tiene en su interior la palabra de Dios no se aburre en la oración, por lo que encuentra su tiempo para estar con Dios simplemente porque le apetece. La oración para él no es un mandato sino un deseo. Es posible que algunas veces le cueste por sentir sueño, dolores físicos, mil problemas que bullen por su cabeza…, pero en el momento oportuno, la Palabra que lleva dentro de sí irrumpe con fuerza. Es el momento en que el rostro de Dios ilumina las entrañas del hombre orante.

 

El verdadero tesoro

A diferencia de los ladrones, salteadores y asesinos que vienen a robar, matar y destruir, viene el Hijo de Dios para darnos vida abundante. Jesucristo fue enviado por el Padre como respuesta al grito del hombre que aparece constantemente en el Antiguo Testamento, tanto en los Salmos como en los Profetas: «¡Ven Señor, envíanos al Justo, danos tu salvación, haz descender al Mesías!».
 
Dios ha venido para que tengamos vida en Él. Por eso encontramos en el Cantar de los Cantares cómo, respondiendo al anhelo de la amada, el novio va enumerando la abundancia de la creación y aparece la primavera rebosante de vida tras el invierno: «¡La voz de mi amado! Helo aquí que ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados… Levántate amada mía, hermosa mía, y vente. Porque mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido. Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones es llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra. Echa la higuera sus yemas, y las viñas en cierne exhalan su fragancia» (Cant 2,8-13).
 
Anuncio precioso el de este texto de la Escritura: «¡Ya viene!». Y, como dice san Buenaventura, viene para preparar un banquete de salvación y vida eterna donde el alma encuentra descanso. Dios es la respuesta al grito del hombre y sigue viniendo permanentemente por la predicación de la Palabra. San Bernardo habla de tres venidas del Hijo de Dios: La primera como hombre nacido de la virgen María; la segunda, la que nos atañe directamente en este momento, viene por la predicación del Evangelio; y la tercera en gloria, el día del juicio final.
 
Es una predicación que lleva a la experiencia de Dios porque, como dice el apóstol Pablo, es revelación de su misterio (Rom 16,25). No es una «formación bíblica» para estar, podríamos decir, a una cierta altura académica dentro de una institución eclesial. La predicación del Evangelio es nuestra experiencia de Dios. Si desvinculamos a Dios de su Palabra nunca le conoceremos, porque Él se nos da a conocer por ella. Ninguna devoción o precepto humano nos va a revelar jamás el misterio de Dios. Las devociones y demás preceptos son sólo el cofre y, como tal, nos pueden atraer y movernos a buscar con más ansia el tesoro. Pero si nos deslumbramos con el cofre hasta el punto de no abrirlo, nos quedamos sin el tesoro. Es tan seria esta situación que, de hecho, existe el peligro de pensar que el misterio de la Eucaristía es una devoción más.
 
Dios habla con el hombre por la Palabra; porque esta es viva y dinámica en nuestro interior y es la que nos mueve a proclamarla por la experiencia que de Dios nos da. Hasta tal punto es importante y absolutamente necesaria la predicación, que san Pablo nos dice como experiencia propia: «Aquel que me separó del seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles» (Gál 1,15-16). Pablo comprende que Dios le ha revelado el Evangelio para que lo anuncie a los demás, de forma que estos puedan hacer su misma experiencia: recibir la revelación de Dios para que, a su vez, anuncien el misterio recibido a otros hombres.
 
Esta es la dinámica de la evangelización, en la que todos estamos llamados a ser buenos pastores. Porque Jesucristo pensaba en todos los hombres y mujeres cuando dijo: «Id y anunciad el Evangelio». Cuando nosotros pastoreamos, cada cual con su carisma, estamos transmitiendo vida en abundancia. Estamos llevando al hombre la vida eterna.
 
Un buen pastor de las ovejas las lleva por la verdad y, sin miedo ni respetos humanos, les dirá lo mismo que Jesucristo proclamó: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polillas ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón» (Mt 6,19-21). La verdad que los pastores tienen que predicar a las ovejas es que la abundancia es solamente una: Dios que está vivo en el Evangelio. Es la abundancia que perdura, la que no ciega al hombre con una falsa y engañosa tranquilidad de conciencia.
 
El verdadero pastor instruye en esta sabiduría a sus ovejas. Las catequiza por medio de la Palabra a fin de que amontonen a lo largo de su vida el tesoro que no se corroe ni apolilla porque está custodiado por Dios. Al contrario, el otro tesoro está en manos del dios dinero. De la perdurabilidad de este tesoro nos hablan los Salmos: «El hombre, una sombra que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá» (Sal 39,7). «Sin saber quién las recogerá, es decir, cualquiera menos aquellos que, pudiendo haberse beneficiado de sus obras de misericordia, habrían de ser los garantes de su salvación».
 
El Evangelio nos pone en nuestro sitio con respecto a los afectos, al dinero y a la piedad. Y nuestro sitio frente a todas estas cosas es el seno de Dios, desde donde nacemos como hijos porque Dios es padre y madre. Y así, como niños pequeños y débiles en los brazos de su madre (Sal 131), Dios nos va moldeando, estrechando y empobreciendo para que podamos entrar por la puerta estrecha. Entonces, cuando pensamos que hemos perdido la vida rechazando oportunidades que nos engrandecerían, es cuando encontramos unos pastos extensísimos que son la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de las entrañas del Padre, de Dios infundido que nos lleva a su plenitud; es la riqueza de las riquezas, la abundancia de gozos y delicias: «Yo digo a Yavé: “Tú eres mi Señor, mi bien, nada hay fuera de ti”; ellos, en cambio, a los santos que hay en la tierra: “¡Magníficos, todo mi gozo en ellos!”. Sus ídolos abundan, tras ellos van corriendo. Mas yo jamás derramaré sus libámenes de sangre, jamás tomaré sus nombres en mis labios… Me enseñarás el camino de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre» (Sal 16,2-4.11).
 
Dios revela su propio misterio por medio de la Palabra. Ella es la que nos cambia el corazón haciéndolo rebosar, llevándonos a anunciarla a los demás, pues, como dice Jesús: «De lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12,34). Es así como el Evangelio se derrama desde nuestro interior y sale hacia los demás porque hemos experimentado que es bueno para nosotros. Pero si cortamos el cordón umbilical con Dios, es decir, si no permanecemos unidos a Él por medio de la Palabra, ya no tendremos nada que anunciar. Aunque sigamos en nuestra condición de cristianos, pondremos mil excusas y nos impondremos mil obligaciones que nos impidan, por falta de tiempo, llevar el Evangelio a nuestros hermanos.
 
El hombre, cuando acoge con sencillez de corazón la Palabra que le viene mediante la predicación, acoge a Dios. Así nos lo expone Pablo en su Carta a los efesios: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios» (Ef 3,17-19).