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Él conoce mi Nombre

Cuando el Señor Jesús anuncia a los discípulos cuál es su nombre -Yo soy-, éstos sintieron que una brisa de aliento atravesaba sus angustias y sus miedos. Ellos, que ya veían truncados sus proyectos ante el inminente naufragio, volvieron sus rostros a la voz esperanzadora que les llegaba de entre los fragores de la tempestad.
 
Resulta que el “Yo soy” que habían oído sus padres, y que tuvo la fuerza de sacarles de Egipto, darles supervivencia en el desierto y conquistar la tierra prometida, lo estaban oyendo ellos mismos. Más aún, a diferencia de sus padres, el Yo soy no solamente era audible sino que estaba presente sobre las aguas. Podía, pues, llegar a ser reconocible y visible.
 
En la cultura y espiritualidad de Israel, el nombre no es solamente un dato de reconocimiento o identificación para distinguir unas personas de otras. El nombre expresa la esencia y la naturaleza de quien lo lleva. Podemos entender mejor esto al considerar que Dios, cuando eligió a Abram para ser padre en la fe para Israel, precisamente por esta misión, le cambió el nombre y le llamó Abrahám, que significa “padre de multitudes”, pues en él fueron bendecidos multitud de pueblos, como muy bien señala el apóstol Pablo en su carta a los Romanos (Rm 4,16-17).
 
Ahora que hemos profundizado en el sentido del nombre en Israel, entendemos el asombro de Moisés al oír el nombre del que le hablaba en la zarza y que ya hemos visto antes. También entendemos cómo Moisés, ante la fuerza del Nombre que le había sido revelado, venció sus miedos y se llegó donde el faraón para darle conocimiento del proyecto de liberación que Dios tenía para con ese pueblo de esclavos que era Israel. No temió la oposición del faraón porque sabía quién estaba con él.
 
Hay muchos textos en la Escritura en los que vemos cómo el nombre de Yahvé revela su propio ser y esencia. Pongamos, por ejemplo, el siguiente de Isaías contra Senaquerib que amenazaba con sus poderosos ejércitos a Jerusalén: “He aquí que el nombre de Yahvé viene de lejos, ardiente su ira y pesada su opresión… Hará oír Yahvé la majestad de su voz, y mostrará la descarga de su brazo… por la voz de Yahvé será hecho añicos Asur” (Is 30,27-31).
 
Prestemos atención y nos daremos cuenta de que el profeta puntualiza que es el nombre de Yahvé quien va a venir en auxilio de Jerusalén, humillando y destruyendo las fuerzas invasoras, como así realmente aconteció: “Aquella misma noche salió el Ángel de Yahvé e hirió en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres; a la hora de despertarse, por la mañana, no había más que cadáveres. Senaquerib, rey de Asiria, partió y volviéndose, se quedó en Nínive. Y sucedió que estando él postrado en el templo de su dios Nisrok, sus hijos Adrámmelek y Saréser le mataron a espada…”  (Is 37, 36-38).
 
Detenernos en estos ejemplos es necesario para entender, a nivel de fe, la importancia de que Jesús, en medio de las aguas turbulentas, se dé a conocer a sus discípulos con el nombre que ellos mismos adoran en el Templo. El Señor Jesús, precisamente porque participa del mismo nombre de Yahvé, tiene autoridad para decir: el Padre y yo somos uno (Jn 10,30).
 
El que camina sobre las aguas impetuosas, manifiesta su nombre para que los discípulos, que ya no dan nada por su vida, superen su miedo a la muerte. En definitiva, conocer el nombre de Dios significa participar de su eficacia salvífica.
 
Hablando de Dios que se manifiesta victorioso frente a la muerte y el mal en general, veamos lo que el salmo 91 nos dice acerca del Mesías. Nos habla de un hombre que, en medio de la noche, se acoge a Yahvé diciéndole que Él es su refugio y fortaleza, que en Él tiene puesta su confianza. Como hemos señalado, en este hombre orante vemos prefigurado al Mesías, acerca del cual profetiza el salmo: “No ha de alcanzarte el mal ni la plaga llegará hasta tu tienda”. ¿Por qué el mal será impotente para arrancar la vida del Mesías? Porque ha buscado la protección en Yahvé. Oigamos en el salmo lo que Yahvé dice de Él, y por qué la muerte no le abatirá: “Porque él se abraza a mí, yo he de librarle; le exaltaré, porque conoce mi nombre”.
 
Sabemos que los salmos, aparte de oraciones y poemas bellísimos, son profecías que se cumplen en Jesucristo y en sus discípulos. Dios -y ahora parafraseamos el salmo- escuchará sus súplicas y les responderá.
 
En nuestra búsqueda sincera de Dios, es necesario romper tantos cordones umbilicales y tantos moldes, prudentemente establecidos, que hacen que, a un cierto momento, no den respuesta a la barca de nuestra vida cuando ésta se nos vuelca y queda a merced del ímpetu de las olas y del viento.
 
El Señor Jesús es aquel que en estos momentos se hace presente. Es entonces cuando se da la llamada, el grito, por parte del hombre, y la respuesta por parte de Dios: ¡No temas!, estoy a tu lado en la desgracia, Yo soy; estoy contigo en tu mar que es también el mío.
 
 

No se turbe vuestro corazón

Nos dirigimos ahora a un pasaje de la última cena. Para entenderlo, hemos de entrar en la situación de ánimo en la que estaban los apóstoles. Presienten la muerte de Jesús. Recordemos que, unos días antes, cuando Jesús resucitó a Lázaro, los judíos, con el sumo sacerdote Caifás a la cabeza, decidieron darle muerte (Jn 11,45-54). Inmediatamente después, Juan nos refiere la unción de Betania que, como sabemos, es un signo que preanunció la muerte del Hijo de Dios.
 
A lo largo de la última cena, hay dos acontecimientos que no podemos dejar pasar por alto. Alguien, Judas, va a abrir la puerta de cara a la muerte de Jesús. El segundo es que Jesús mismo anuncia en la mesa que Pedro, nombrado por Él roca de la Iglesia, negará conocerle e, incluso, haber tenido contacto alguno con Él.

Es, pues, fácil imaginar cómo, conforme va discurriendo la cena, están los apóstoles de hundidos y desalentados. Podemos hasta intuir la angustia que expresa cada latido de sus corazones. Nos imaginamos algunas de sus preguntas internas: ¿por qué nos hemos tenido que meter en esto? Hemos dejado familia, amigos, trabajo, ¿para qué?, ¿para una aventura tan estúpida? Hemos actuado sin sentido común.
 
A un cierto momento de la cena, Jesús, que es Maestro y buen Pastor, calma las heridas de sus discípulos diciéndoles: “No se turbe vuestro corazón, creéis en Dios; creed también en mí” (Jn 14,1)
 
¡Qué desolación en el corazón de los apóstoles!, ¡cuánto dolor! y, ¿por qué no decirlo también?, ¡cuánta frustración! Sin embargo, Jesús les dice: No os turbéis, no os desaniméis, ¿creéis en Dios?, ¡creed también en mí! ¿Creéis en Yahvé, el Yo soy que liberó al pueblo?, ¡creed también en mí! Al igual que Yahvé, también Yo soy.  
 
Esta situación de incertidumbre y angustia de los apóstoles nos recuerda al profeta Jeremías. También él recibe la misión de parte de Dios para proclamar una palabra de conversión al pueblo. Se dedica a ella con una fogosidad y entusiasmo admirable. Sin embargo, sus fatigas chocan con la indiferencia del pueblo y se viene abajo. Esto da lugar a una decepción y desánimo que expresa ante Dios de la siguiente forma: “¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo, y mi herida irremediable, rebelde a la medicina? ¡Ay! ¿Serás tú para mí como un espejismo, aguas no verdaderas?” (Jr 15,8).
 
Que una de las columnas proféticas de Israel llegue a preguntarse que si lo que está haciendo no es más que un espejismo, una “iluminación suya”, nos sobrecoge. Sin embargo, este tipo de experiencias hacen parte de un camino serio de fe. No obstante, sabemos que Yahvé fortaleció a su enviado en todos sus desmayos. Hay una similitud entre la sensación de Jeremías y la de los apóstoles. También éstos son tentados a pensar que han seguido no a una llamada sino a una ficción.
 
A la luz de los Evangelios, vemos que la fe no es un todo que se ofrece en un lote, sino que es gradual. Partiendo de esta tesis, podemos afirmar que, de una forma o de otra, todos los hombres que emprenden un camino de fe han de pasar por experiencias análogas. La calidad y el desarrollo gradual de la fe viene autentificado por la fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio.
 
Insisto en que es necesario hacer este tipo de experiencias. Sólo así resonarán en nuestros oídos interiores las mismas palabras que oyeron los apóstoles: ¡no temáis!, creed en mí. Es perentorio que en tu alma resuene la presencia de Dios por medio de su Palabra confortante. Una experiencia así de Dios hace que, aun en la prueba, de lo más profundo de nuestro ser surja la oración confiada que proclamó el salmista: “Yahvé es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahvé, el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?” (Sl 27,1).
 
A causa de esta acción salvífica que Dios realiza en ti, te podrás abrazar a Él hasta conocer su Nombre; entrarás en comunión con la Palabra hasta que sea Espíritu de tu espíritu. Entonces, y sólo entonces, podrás constatar por ti mismo que Dios no es ni un espejismo ni un fantasma. Tampoco un producto de la necesidad de tus sentimientos.
 
En el mismo capítulo 14 de Juan, oímos a Jesús decir: “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”.
 
Jesús puntualiza con énfasis que el hombre puede amar a Dios en la medida en que tiene sus mandamientos y los guarda. Para comprender rectamente lo que acaba de decir, hemos de tener en cuenta que Jesucristo no promulgó ningún mandamiento tal y como nosotros lo percibimos. Hemos, pues, de entender el término mandamiento en su más profundo sentido bíblico. Los mandamientos de los que habla son su Evangelio, el cual no es tanto objeto de estudio cuanto de posesión. No es cuestión tanto de saberlo cuanto de tenerlo: Guardar lo retenido en el corazón, en el interior del ser. Tener el Evangelio quiere decir integrarlo en todo lo que el hombre es en todas sus dimensiones: afectivas, sociales, religiosas, etc.
 
Hacia este estado de comunión con Dios nos conduce su propio Hijo por medio de su Palabra. Él, el buen Pastor, nos guía unas veces por valles de tinieblas; otras se sienta con nosotros a la mesa, como dice el Salmo 23. En medio de olas y vientos estremecedores, su mano se aprieta contra nuestros miedos… Es así como el Hijo nos da a conocer al Padre.
 
Siempre en el mismo contexto catequético, nos empapamos de la experiencia espiritual que nos ofrece el salmo 35. En él se nos presenta la oración de un hombre, un buscador de Dios acosado y perseguido: “Ataca, Yahvé, a los que me atacan, combate a los que me combaten; embraza el escudo y el pavés, y álzate en mi socorro; blande la lanza y la pica contra mis perseguidores. Di a mi alma: yo soy tu salvación” (Sl 35,1-3).
 
Nuestro protagonista sabe que tiene como enemigo una muchedumbre en pie de guerra -imagen del poder del mal-. Como no posee armas para combatir y, además, la inferioridad es manifiesta, recurre a Dios para apoyarse en Él y así alcanzar la victoria. Sin embargo, démonos cuenta de que su apoyarse en Dios no es un acto reflejo, algo que se hace precipitadamente de forma irresponsable. Le pide una garantía: que pronuncie su Palabra sobre él. Que ésta resuene en su alma con estos acordes: “Yo soy tu salvación”.
 
La fe de este salmista preanuncia el núcleo en el que se asienta la fe de todo discípulo de Jesús. Él mismo indujo a sus amigos a meterse con la barca en el seno del mar para hacer la experiencia de la tempestad. En ella, Jesús apareció como su salvador.
 
No nos es difícil identificar a nuestro salmista orante con Jesucristo y su camino de fe hacia su Padre. Él, más que nadie, atravesó valles de tinieblas y de opresión que culminaron en su muerte y resurrección. El Señor Jesús, con sus pasos firmes, manifestó a toda la humanidad que todo poder del mal es relativo, es decir, que “tiene su hora” (Lc 22,53); que, frente a esta hora y poder de las tinieblas, Él es el Señor del tiempo y de la luz. Porque es Señor, podía, y así lo hizo, abrir un camino de fe para que todo hombre tuviese acceso a Dios. Un Dios que, más allá de ser el Creador, el Eterno y el Absoluto, es Padre.