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Fotografía: Iglesia en Valladolid (Creative Commons)

La luz para conocer a Dios

Jesucristo, en su Evangelio, ha hecho visible el rostro de Dios y su esencia. Esta experiencia que estamos llamados a hacer, es posible cuando el Evangelio no se guarda en un estuche como si fuese la reliquia de un santo. En el Evangelio, como dicen los Padres de la Iglesia, el Señor Jesús está vivo. Por eso, al igual que María, se guarda, se retiene en el corazón; es ahí donde actúa y provoca en el hombre experiencias de salvación. Es como si el mismo latido del corazón de Dios dijera al nuestro: no mires atrás, Yo estoy contigo.

Si nos damos cuenta, podemos ver, no sin impresionarnos vivamente, cómo el Espíritu Santo ya ha anunciado proféticamente, a lo largo del Antiguo Testamento, todo lo que Dios quiere hacer por el hombre. Patriarcas, profetas, salmistas, etc., todos ellos nos han legado la herencia inestimable de que, en la Palabra, le es dado al ser humano conocer a Dios. Lo que estos hombres vivieron veladamente, encuentra su cumplimiento total, algo así como si fuera una explosión que se ve venir, en Jesucristo: el hombre Dios que conoció al Padre sin velos, y así nos lo da a conocer.

A este respecto, nos conviene acudir a san Hipólito, Padre de la Iglesia primitiva. Recojamos su testimonio personal acerca de la exclusiva necesidad de entrar en la Palabra para poder conocer a Dios. Hipólito, escuetamente dice así: “A Dios sólo se le puede conocer por la Palabra”.

Entendamos bien y valoremos en toda su dimensión este testimonio. No dice que a Dios también se le conoce por la Palabra, sino que solamente se le conoce por ella. Es un conocerle desde los sentidos del alma, de lo cual también habla san Agustín. Son sentidos despertados por la Palabra, capaces de ver, oír, sentir y palpar a Dios.

Es evidente que no estoy hablando en absoluto de milagrerías ni iluminaciones lunáticas. Estas deformaciones, más frecuentes de lo que parece, nunca se hacen presentes en un auténtico buscador de Dios. Es más, lo primero que Dios concede a los que le buscan de verdad, es sabiduría para discernir y saber separar lo que realmente viene de Él de lo que no tiene nada que ver con Él.

Puesto que este punto es muy importante para clarificar la fe y separarla de algunas manifestaciones que arrojan sombras de duda, entresacamos algo de la sabiduría catequética que encierra la experiencia de san Hipólito, y que él mismo resume con el testimonio antes citado y que por su primordial importancia veo necesario transcribir nuevamente: “A Dios solamente se le puede conocer por la Palabra”.

El Evangelio es el testamento, la herencia que Dios nos ha dejado por medio de su Hijo. Si es Él el testamento que hemos heredado en orden a la fe, podemos, al menos, poner en duda una experiencia seria de Dios hecha al margen de lo que Él mismo nos ha dado. Sea como sea, el mismo Jesús dice que “la Palabra es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). No es igual, pues, buscar a Dios desde nosotros mismos que desde la luz de la que Él mismo impregnó su Palabra.

Sin pretender, en absoluto, dogmatizar sobre este punto, sí quiero, sin embargo, establecer una distinción: No es lo mismo saber que Dios existe que conocerle. Dicho de otra forma más perentoria: una cosa es llegar a la conclusión de que realmente existe Dios, y otra es tener la experiencia de conocerle.

Ya hemos hecho mención anteriormente cómo Juan, en el Prólogo del Evangelio, nos dice que Jesucristo es la Palabra que ilumina a todo hombre; y añade que ésta fue desconocida por el mundo. Es cierto que todos los pueblos de la antigüedad intuían la existencia de dioses supremos que gobernaban la creación e, incluso, que hasta determinaban a los hombres.

Todos estos pueblos levantaron sus altares, cultos y solemnidades en un intento de aproximarse o, quizá más bien, congraciarse con estos dioses que estaban por encima de ellos, cuya existencia intuían pero no conocían.

Seguimos a Juan en su Prólogo, y observamos que va aún más al fondo del asunto que estamos tratando, al afirmar que la Palabra vino a su casa -la Encarnación- pero que no fue creída ni acogida por los suyos, su pueblo.

El apóstol no transcribe este acontecimiento para fustigar a Israel ni al resto de los pueblos de la tierra. Está anunciando gozosamente que con el Señor Jesús, Palabra entre nosotros, Dios culmina su manifestación en la Creación. En Jesucristo la Creación ha llegado a su plenitud. En Él, el hombre alcanza la altura que Dios había diseñado: llegar a ser hijos suyos. Es en y por Jesucristo que es dado al ser humano la fe adulta, aquella que no sólo sabe que Dios existe, sino que también es conocible. En Jesucristo -y por medio de su Evangelio- la lejanía de Dios se hizo cercanía, su autoridad se revistió de paternidad, su poder para juzgar dio paso a la misericordia y a la salvación.

El Prólogo concluye de esta manera: “A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre nos lo ha dado a conocer”. El misterio insondable de Dios ha sido revelado al hombre por Jesucristo. Él ha rasgado el velo que mantenía a Dios separado de los hombres, por medio de las palabras de gracia que salieron de su boca y que constituyen el santo Evangelio, el cual encierra en sus entrañas a Dios y a su Misterio.

A Él sólo tienen acceso los pequeños. Sólo ellos tienen los ojos lo suficientemente luminosos para rasgar con su luz todos los velos que se interponen entre ellos y Dios. Abrazados con todo su ser al Evangelio, reconocen en él al Dios oculto; es tan cercano y salvador que pueden llamarle Padre. Recordemos el estremecimiento que envolvió a Jesucristo cuando habló de estos pequeños: “En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños… Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10,21-22).