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“Pedro le respondió: Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas” (Mt 14,28)

  
Vimos en el capítulo anterior a Jesús caminando sobre las aguas y dándose a conocer con el nombre de Dios diciendo a los apóstoles: ¡Ánimo, no temáis, yo soy! Su caminar sobre las aguas reflejaba el sello que garantizaba la autenticidad de sus palabras.
 
Ante esta manifestación de Jesucristo, Pedro le gritó: “Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”. Prestemos atención a la invocación del apóstol. Le llama Señor, que es uno de los nombres con que la Escritura identifica a Yahvé: Adonai. Pedro le reconoce como Dios y, como a tal, le invoca, le suplica: ¡Señor, si eres tú!
 
Este reconocimiento, invocación con la boca, debe ser confirmado con la adhesión del corazón. Para esto es necesario que entre en una experiencia existencial, vital, que traspase todo su ser. El sumergirse de Pedro en esta experiencia de fe, será la pauta que marque este capítulo.
 
Partimos de la exhortación que el apóstol Pablo nos brinda en la carta a los romanos: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación… Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Rm 10,9-13).
 
Al invocar a Jesús y pedirle el poder caminar también él sobre las aguas, Pedro está como emplazándole a demostrar con este signo que su nombre, “Yo soy”, es realmente verdadero y no una quimera, un desvarío propio de un iluminado.
 
El apóstol está pidiéndole poder entrar en la experiencia por la que, así como su boca le ha reconocido como Señor, también su corazón, es decir, todo su ser, pueda adherirse a este reconocimiento verbal. Nos encontramos ante una catequesis necesaria para toda la cristiandad. No es en absoluto posible el discipulazgo respecto a Jesucristo sin pasar por una experiencia semejante a la de Pedro. Experiencia que provoque la adhesión de la persona en su totalidad. Recordemos que el corazón del hombre constituye el espacio donde se asienta el templo pagano, donde está entronizada la idolatría; de ahí la absoluta necesidad de la adhesión del corazón que, como hemos dicho, envuelve a la persona en todas sus dimensiones.
 
Sólo a partir de la confirmación del corazón es posible el desmoronamiento, piedra sobre piedra, de nuestro templo idólatra. Una vez que el desmoronamiento se ha llevado a cabo, Dios edifica en nuestro ser su templo espiritual. Es entonces cuando el hombre está capacitado para adorar a Dios en espíritu y en verdad.
 
 

¿Eres tú el Mesías?

Sabemos perfectamente que las decisiones, intenciones y sentimientos del hombre se fraguan y coagulan en el corazón. Esta realidad es más que patente en la espiritualidad de Israel. De ahí las palabras de Jesús: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34).
 
Volvemos al singular diálogo entre Pedro y Jesús. Recordemos su súplica: si eres tú demuéstramelo. ¿No acabas de proclamar que tú eres el Yo soy? Pues bien, lo creo con mi boca pero, para que lo que confiesa mi boca quede plasmado en mi corazón, me lo tienes que hacer patente, me lo has de manifestar.
 
Así pues, con la amorosa audacia de los verdaderos amigos del Señor Jesús, le dirige una súplica que “obliga” a Jesucristo a sacarle de sus dudas y miedos: envía sobre mí tu Palabra. Que ésta sea tan fuerte, tan poderosa, que yo pueda caminar sobre las aguas lo mismo que tú; sólo si camino hacia ti sobre las aguas, mi fe en ti tendrá su razón de ser. Ésta es la garantía y la confirmación que necesito para creer en ti. Sólo así tendré razones lo suficientemente sólidas como para poner mi vida en tus manos.
 
No son pocos los textos del Evangelio en los que observamos que Jesucristo es emplazado por sus interlocutores con estas o parecidas palabras: ¿Eres tú el Mesías? ¿Eres tú el hijo del Bendito? ¿Eres tú el hijo de Dios?
 
Entre tan variadas interpelaciones, hay una que nos llama especialmente la atención porque nos desvela la brutal crisis de fe en el Mesías por la que atravesó Juan Bautista. Sabemos que fue llamado por Dios para ser su precursor. Misión que Dios mismo confirmó al actuar en la esterilidad de su madre Isabel.
 
Juan Bautista entrega su vida al servicio de su misión. La cumple con honestidad, con humildad, al atestiguar a sus oyentes: no, no os quedéis conmigo. Yo vengo en función del Cordero de Dios. Señalándolo entre la multitud de los que iban a ser bautizados en el Jordán proclamó: ¡Ahí lo tenéis, seguidle!
 
El caso es que, después de haber cumplido su vocación de precursor sin ninguna prepotencia y en la más honesta de las fidelidades, de pronto se encuentra en la cárcel por haber denunciado un escándalo público del rey Herodes. Podemos imaginar que al principio de su cautiverio estaría más o menos tranquilo diciéndose: Estoy aquí a causa de la verdad, por lo que no tardará en venir el Mesías y hará un milagro de los que él hace con frecuencia y me librará de mis cadenas.
 
La realidad es que pasa el tiempo y Jesucristo no interviene en su situación. Conforme transcurre el tiempo entre barrotes, su esperanza se va apagando. Llega, pues, un momento en que manda a uno de sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”
 
Fijémonos bien que la crisis ha tocado fondo en el alma de Juan Bautista; se ha adueñado de lo más profundo de su corazón. No hace mucho que ha presentado a Jesús al pueblo como el Mesías anunciado por los profetas. Es más, ha proclamado públicamente que es necesario, para una madurez en la fe, que Jesús crezca en el espíritu de los que le escuchan, y que él, como precursor, disminuya casi, casi, como hasta salir por la puerta de atrás. Sin embargo, ante su prueba, no entiende la pasividad de Jesús. De su corazón en tinieblas surge la duda de si aquel que ha presentado públicamente como Mesías lo sea hoy.
 
Así pues, los enviados de Juan preguntaron a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? Jesús les respondió: Id y contad a Juan lo que oís y veis. A continuación enumera los signos que el profeta Isaías había anunciado y por los cuales sería identificado el Mesías. Signos que él había realizado en medio del pueblo: “los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva… y dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,4-6).
 
Dichoso, bienaventurado el que no se escandaliza de mí, dice el Señor Jesús. ¿Quién no se ha escandalizado más de una vez de Dios? ¿Quién no ha sido tentado de pedir cuentas a Dios ante el mal social y personal que se cierne sobre el hombre? ¿Quién no ha visto desestabilizada su fe en Dios ante su aparente indiferencia en lo que respecta a sus problemas personales?
 
Juan se ha escandalizado de Jesucristo. Le ha presentado como el salvador del mundo y a él no le salva. Es como si se preocupase de todos menos de él. El problema es que Juan, igual que muchas veces nosotros, tiene un proyecto de salvación que Dios ha de llevar a cabo. Juan piensa que Dios ha de actuar a su favor tal y como a él le parece conveniente.
 
De esta forma de pensar es de donde surgen “nuestros escándalos de Dios”. El Señor Jesús parece decir a estos enviados: no os escandalicéis si vuestros planes de salvación no se cumplen. Mis planes y mis pensamientos son diferentes de los vuestros. Esto ya os lo decía el profeta Isaías (Is 55,8-9).