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Dame tu Palabra

Una pregunta parecida la encontramos en el acontecimiento de la Pasión. Jesús está siendo juzgado por el Sanedrín, y el sumo sacerdote Caifás le pregunta: “¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?” Como vemos, hay una similitud entre la pregunta de Caifás y la de los enviados de Juan Bautista. Jesús le respondió: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”. A estas palabras, el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y proclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia ¿Qué os parece? Todos juzgaron que era reo de muerte” (Mr 14,61-64).
 
Hemos analizado las interpelaciones de Juan Bautista y Caifás acerca de Jesús, para comprender la fuerza de la invocación-interpelación de Pedro: “Si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”.
 
Así pues, tenemos un “¿eres tú?” de Juan Bautista desde el escándalo porque Jesús no le salva como él piensa que tiene que ser salvado. Hay otro “¿eres tú?” de Caifás al que Jesús responde. Su respuesta provoca el mayor de los escándalos: ¿Cómo es posible que un hombre tan despectivo con la Ley, el Templo y nuestras tradiciones pueda ser el Mesías, el Hijo del Bendito?
 
La invocación-interpelación de Pedro es más bien un condicional. No rechaza la dignidad que Jesús está manifestando con su Nombre, pero le insta a que lo demuestre con su petición: ¡Mándame ir donde ti sobre las aguas! Si tú tienes poder para caminar sobre ellas, también lo tendrás para que yo lo haga. ¡Mándame, pues!
 
El verbo mandar, la palabra mandamiento en la Escritura, no significa tanto una orden perentoria cuanto palabra que tiene poder para poner al hombre en camino hacia Dios. Sabiendo esto, podemos deducir que, en realidad, Pedro está formulando una oración profundísima a Jesús. Dame tu palabra y que ésta me ponga en camino, en movimiento. En la barca estoy mal, de hecho está a punto de hundirse, pero no me atrevo a bajar de ella. Si tú me garantizas tu auxilio con tu palabra, haré esta experiencia que, sin duda, será definitiva en mi vida. Sabemos que caminar sobre las aguas, en la espiritualidad bíblica, significa caminar sobre la muerte, lo cual es un atributo solamente de Dios. La audacia amorosa de Pedro consiste en pedir ser partícipe de este atributo que, repito, es sólo de Dios.
 
Pasamos ahora a analizar unos textos de la Escritura en los que vemos que los judíos quedan admirados, sobrecogidos, incluso fascinados, por el poder que tiene la palabra del Señor Jesús. Hasta tal punto que distinguen entre la palabra de Jesucristo y la de sus doctores de la Ley. De hecho, comentaban que Jesús hablaba como quien tiene autoridad.
 
Como ejemplo, podemos acercarnos al Evangelio de san Lucas, donde constatamos la reacción del pueblo de Israel cuando Jesús manifiesta su poder sobre un demonio que habitaba en una persona concreta: “Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo y se puso a gritar a grandes voces: ¿qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios. Jesús entonces le conminó diciendo: Cállate, y sal de él. Y el demonio arrojándole en medio salió de él sin hacerle ningún daño” (Lc 4,33-35).
 
A continuación, Lucas refiere que quedaron todos pasmados, y se preguntaban qué palabra era ésa. Se impresionaron ante el poder de la palabra que salía de la boca de Jesús. De ahí su exclamación: “¡Qué palabra esta! Manda con autoridad y poder a los espíritus y salen.” Los apóstoles fueron testigos de ésta y otras actuaciones de Jesús que manifestaban el poder y la autoridad que tenían sus palabras.
 
Hago constar esta experiencia de los apóstoles para que comprendamos que Dios hace, al igual que con ellos, todo un proceso de fe con nosotros. No es de buenas a primeras que le llega a Pedro una iluminación por la cual esté capacitado para pedirle a Jesús poder caminar sobre las aguas igual que Él. Hay, como digo, todo un proceso previo. Son testigos de algo inaudito: que un hombre, con su palabra, cure a los enfermos, resucite los muertos e, incluso, someta a los demonios. Pedro, imagen y roca de la Iglesia, del discipulazgo, va reteniendo en su interior estos acontecimientos que revelan el poder de Jesús. Acontecimientos que le identifican como el enviado del Padre. De ahí su fuerza para poder solicitar de Jesús una petición tan inaudita.
 
En el capítulo siguiente a la expulsión del demonio, Lucas nos narra una pesca milagrosa: “Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Simón le respondió: Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada, pero en tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,4-5).
 
Bajo tu palabra, porque tú me lo mandas, porque tú me lo dices, echaré las redes. Tengamos en cuenta que los apóstoles habían pasado la noche entera en el mar sin pescar nada. Si Pedro no hubiese sido testigo del poder de Jesús, podría haberle respondido: ¿cómo quieres que eche las redes?, ¿qué sabes tú de mi trabajo si has sido carpintero hasta ahora? Llevamos años y años en el trabajo de la pesca. Ya desde niños íbamos a pescar con nuestros padres…
 
Pedro no piensa así. Actúa según lo que sabe. Y lo que sabe es que poderosa es la palabra de Jesús, y por eso echa las redes. No lo hace por darle gusto sino porque es consciente de que su palabra tiene sentido; así pues, le dice: “En tu palabra echaré las redes. Y haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban con romperse”.
 
Terminamos este apartado con un último testimonio que nos revela el poder de la palabra de Jesús. Esta vez se trata ni más ni menos que de un gentil, un centurión romano. Mateo, en su evangelio, nos dice que al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un centurión que le suplicó diciendo: “Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos. Dícele Jesús: yo iré a curarle. Replicó el centurión: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano” (Mt 8,5-8). A continuación le explica por qué le ha dicho esto: si mi palabra, que es la de un simple centurión, tiene poder absoluto sobre mis soldados hasta el punto de que ellos van a una u otra parte conforme yo se lo diga, ¡cuánto más la tuya! ¡Proclámala! No necesitas ir hasta mi criado; abre tu boca y mi criado quedará sano.
 
  

Manantial de aguas vivas

Estos presupuestos están en el corazón de Pedro. Él, antes de su encuentro con Jesús en el mar, ya ha sido testigo de que todo se somete a su palabra: la enfermedad, los demonios, las tempestades… Por eso aprovecha el momento, sabe que está ante el Señor. Lo cree y lo confiesa con los labios, mas ahora necesita creerlo con el corazón. No quiere ser acreedor de la denuncia que Isaías hizo a su pueblo Israel y que Jesús repitió: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”.
 
Pedro salta hacia las aguas con el presupuesto de los acontecimientos de los que ha sido testigo. Sabe que la misma palabra que curó al criado del centurión, que dio la vista a los ciegos, que hizo oír a los sordos, es la que está resonando en sus oídos y en su corazón y que le empuja a hacer esta experiencia de fe. A final de cuentas, Pedro está manifestando a toda la Iglesia que la confesión de la fe se hace con los labios y con el corazón.
 
Llegar a esta confesión completa de la fe es lo que podríamos llamar alcanzar la madurez del discipulazgo. El apóstol Pablo la expresa de este modo: “Él mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros profetas; a otros evangelizadores… hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,11-3).
 
La importancia de este salto cualitativo en la fe estriba en que la Palabra tiene poder para poner a Pedro en movimiento, poder para romper la coraza de sus miedos y adentrarse en el Misterio con la única garantía de que, desde el Misterio, la Palabra se pone en comunión contigo.
 
El Evangelio nos pone en camino para llegar a la comunión con Dios. Podemos decir que el Evangelio es la auténtica llamada de Dios a la fe. Caminar sobre las aguas, al igual que Pedro, es el milagro de los milagros: ¡la Fe! Es el salto del acuario al océano donde entramos en comunión con Dios.
 
El Evangelio son las aguas vivas de Dios. Recordemos que Jeremías llama a Dios “manantial de aguas vivas” (Jr 2,13). Pero por muy vivas que sean no dejan de ser aguas, y el miedo a hundirnos en ellas lo tenemos pegado al cuerpo.
 
Pensemos en el vuelco que nos da el corazón ante algunos textos del Evangelio como, por ejemplo, “al que te de en una mejilla ponle la otra; al que te quite el manto dale la túnica; perdona sin condiciones; socorre a los pobres; etc.” Y, como resulta que sin “dignidad” no puedes vivir, sin seguridad económica tampoco…, si compartes tu dinero con los pobres piensas que pierdes calidad de vida, y tantas cosas más; nos sentimos tentados a ver el Evangelio como si fuese un objeto de investigación, o lo arrinconamos y tapamos con proliferación de devociones. Entramos entonces en la estructura del cumplir razonable y prudentemente bien.
 
El que piensa que el Evangelio es duro, difícil, algo así como el culmen del heroísmo… no ha entendido nada. El Evangelio, por encima de todo, es la gracia de las gracias de Dios. Hacia él solamente se puede ir con la audacia de Pedro cuando fue hacia las aguas para encontrarse con Jesús.
 
Jesucristo fue enviado por el Padre para darnos vida eterna. Ésta no empieza con nuestra muerte física sino ya, desde el momento en que entramos en su Palabra y la hacemos nuestra. Al igual que María, que “guardaba y meditaba la Palabra en su corazón”. En la espiritualidad bíblica, meditar no significa tanto un proceso mental cuanto hacer suyo, apropiarse de lo que está meditando.
 
El hecho real es que tenemos miedo a este salto cualitativo de la fe. Aceptado esto, no nos queda otra opción que revestirnos de la humildad y audacia de Pedro y gritar a Jesús: ¡mándame ir hacia ti!, ¡mándame!, ¡dame tu Palabra!, yo tengo que saber si es o no poderosa conmigo para caminar sobre las aguas. ¡Ayúdame a hacer mi experiencia de fe! Haz que me fíe lo suficientemente de ti como para desentenderme de mis seguridades y encontrar así la vida que tú me prometes. Haz que pueda creerme estas tus palabras: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,35). Dame también la certeza de que yendo hacia ti estoy con tu Padre (Jn 14,11) que también es el mío (Jn 20,17).
 
En definitiva, el Evangelio es nuestra escuela de la fe. En él vamos aprendiendo con mil dudas, temores y caídas a confiar en Dios. Es un fiarnos poco a poco haciendo la experiencia de que él nos devuelve centuplicada la vida que gradualmente ponemos en manos del Señor Jesús.
 
Cuando un hombre, al igual que Pedro, apuesta por Dios y su Palabra, tendrá muchas veces la sensación de haber apostado mal, incluso de haberse dejado llevar por la locura. Ahí es donde Dios le espera para atestiguarle que su fiarse de Él no ha sido en vano, que no apostó por una quimera o una utopía, que apostó por Él que es la Vida, y ésta viene a su encuentro.