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«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

 
Lo primero que nos llama la atención de este texto es que Jesucristo se declara a sí mismo como el Buen Pastor que da su vida por las ovejas. No es simplemente la vida lo que da, es «su vida».
 
Un hombre puede entregar su vida por alguien que ama, por unos ideales… y siempre será loable, pero el hecho de que Jesucristo dé su vida por el hombre, cambia toda la perspectiva porque la vida del Hijo de Dios es eterna. Nos la da y esta no empieza después de la muerte sino desde el momento en que entramos en comunión con Él. Por más que, a veces, nos acompañen valles de tinieblas, como dicen los salmos, la vida eterna que engendra la fe permanece en nosotros como una semilla, vivificando todas nuestra proyecciones.
 
La relación que Jesucristo mantenía con el Padre es lo que hacía posible que tuviera en propiedad la vida eterna y pudiera ofrecerla a la humanidad. Jesucristo, en su oración, se valía de la Palabra como todo buen israelita. Rezaba con los salmos, no de forma legalista sin ver más allá de la letra, como señala Pablo a los judíos: «Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones» (2Cor 3,15). Jesucristo podía relacionarse con su Padre porque la Palabra era inmanente a ambos: Dios Padre es la Palabra, el Hijo es la Palabra enviada y el Espíritu Santo es la efusión de la Palabra. La oración, pues, de Jesús hacia el Padre no era sino el compartir la Palabra llena de vida.
 
Por eso el Hijo de Dios tenía autoridad para decir que da vida eterna, la que recibía del Padre. Y esta es la fortaleza del Mesías para enfrentar diariamente su misión. Esta profunda oración de Jesús, la Palabra que fluía entre el Padre y Él, llega hasta el «Abba», y tiene su punto culminante cuando exclama: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». El fuego de Dios, que es la Palabra, permanecía invariablemente ardiente en lo más profundo del ser de Jesús. En esta escucha del Padre está la autoridad divina del Evangelio: «No hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo» (Jn 8,28).
 
 

Asoma la esperanza

Jesucristo da al hombre su misma vida eterna e inmortal, para rescatarle de una existencia constreñida dentro de unos límites terriblemente estrechos. La Ley no rescata a nadie; es el eterno círculo del volver a empezar, con unas épocas buenas, otras regulares; unas veces tibio y otras generoso… No nos da garantía de ningún rescate. Así nos lo anuncia el salmo 49 hablando de la vanidad de las riquezas: «¿Por qué temer en días de desgracia cuando me cerca la malicia de los que me hostigan los que ponen su confianza en su fortuna, y se glorían de su gran riqueza? ¡Si nadie puede redimirse ni pagar a Dios por su rescate!» (Sal 49,6-8). Vivir la vida al margen de Dios o marcada por el cumplimiento de la ley sin más, no rescata al hombre de sus limitaciones ni de su querencia a la infidelidad (Os 11,7), por lo que su existencia se va empequeñeciendo progresivamente al tener su horizonte cerrado.

¡Cómo cansa el cumplimiento de las normas y preceptos! Un hombre puede llegar a pensar que ya ha encontrado respuestas para sus preguntas; sin embargo, con el tiempo, estas respuestas quedan vacías, y la esperanza decae de su vida espiritual. Entendemos así el dolor del Hijo de Dios ante esta realidad: «Al ver a la muchedumbre sintió compasión de ellos porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Estas personas con toda seguridad eran asiduas al culto del templo o de las sinagogas. Pero estaban vejados y abatidos ya que sus pastores, ni siquiera ellos, conocían el verdadero rostro de Dios sino sólo el que veían desdibujado a través del velo de la ley. Y cuando no se ve el rostro de Dios, el hombre acaba fabricándose una supuesta imagen de Él acomodándole a su superficialidad.
 
La compasión que Jesucristo siente al ver a la humanidad cansada y abatida, le mueve a enviar a sus discípulos a anunciar el Evangelio, que es justamente el texto que viene a continuación de su dolor y aflicción por el hombre. A Dios, como tal, no le hace daño la maldad del hombre, pero sí le aflige profundamente el engaño en que vive, le duele la visión tremendamente miope que el hombre legalista tiene de Él. Dios ve más allá de los muros en los que los seres humanos estamos inmersos. ¡Cuántos pasos en la vida que nos han ocasionado heridas profundas, los hubiéramos evitado de haber tenido una visión como la que tenía Jesucristo! La buena noticia es que, gracias al Evangelio ya vemos en la lejanía, pues poseemos la sabiduría de Dios por la simple razón de que vive dentro de nuestro espíritu. «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).
 
Cuando Abrahán lleva a su hijo al monte Moria para el sacrificio, no llevan un cordero, y así se lo advierte Isaac a su padre; va cargado con todos los aperos externos para el holocausto pero no hay víctima. Abrahán, iluminado por el Espíritu Santo, le responde que Dios proveerá. Efectivamente, Dios provee con un carnero para ser sacrificado en lugar de Isaac; carnero que es figura del Hijo de Dios. La muerte y resurrección de Jesucristo cambia cualitativamente la relación del hombre con Dios. Es cierto que todos iniciamos esta relación por medio de la ley, que es necesaria durante un tiempo como dice el apóstol Pablo (Gál 3,24). Pero llegamos a la etapa de la madurez en la que el Evangelio va penetrando poco a poco en nuestro interior, y encontramos el sentido trascendente que tiene el perder y encontrar la vida, el perdonar sin distinciones, el amar a los enemigos… Este tipo de relación es imposible que se dé con los sacrificios de la ley ni con las piedades y preceptos humanos. En ellos el hombre no da su vida; da parte de su tiempo y hasta de sus cosas, pero es él quien decide hasta dónde quiere llegar, es él el que se propone las metas. Todo queda a expensas de nuestro estado de ánimo o, peor aún, somos motivados por los escrúpulos.
 
Cuando comprendemos que Jesús es la víctima presentada por el Padre, y no como ejemplo de generosidad sino como don para nuestra congénita debilidad, es cuando empezamos a ser iluminados por el Evangelio y se nos abre un camino directo hasta Dios. Ya hemos dicho que Jesucristo es la víctima ofrecida por el Padre. Pero también Él mismo se ofrece voluntariamente como víctima para instaurar la Nueva Alianza de Dios con el hombre. Alianza consumada por el Hijo de Dios a favor del hombre, ya que Él es al mismo tiempo el Pastor y el Cordero. Es ahí donde son rescatados del círculo en que se ahogan nuestras generosidades, buenas intenciones y cumplimientos. La persona que acoge en libertad el Evangelio, recibe de Dios un proyecto ascendente que está mantenido por la contemplación en la Palabra, del rostro de Dios: de Dios venimos y a Dios vamos.
 
El profeta Isaías anuncia este rescate que será llevado a cabo por el Mesías. Será gratis, de la misma forma que también de manera gratuita, es decir, sin beneficio nuestro, el hombre fue y sigue siendo engañado por el demonio. El rescate es gratis porque es iniciativa del amor que Dios tiene al hombre. Isaías anima a la ciudad santa de Jerusalén a que se llene de gozo y se sacuda el polvo, imagen y estigma de la muerte: «Sacúdete el polvo, levántate, cautiva Jerusalén. Líbrate de las ligaduras de tu cerviz, cautiva hija de Sión. Porque así dice Yavé: De balde fuisteis vendidos, y sin plata seréis rescatados» (Is 52,2-3).
 
Sin plata, sin ponerse Él mismo como ejemplo moral delante de nosotros a ver si alguno puede imitarle y consigue salvarse. Jesucristo da su vida, se da a sí mismo como víctima para rescatarnos, no para darnos ejemplo. Dios nos ha rescatado gratuitamente. Así nos lo dice también Pablo: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6). También Pedro se hace eco de esta salvación gratuita en su primera Carta: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1Pe 1,18-20).
 
  

Él se llegará hasta mí

Cuando escuchamos las palabras de Jesús acerca de dar la vida por el Evangelio, todos, como un solo hombre, decimos que estas no son para nosotros; serán para los santos, para algunos privilegiados que Dios elige, para tal o cual persona, y tranquilamente nos quedamos fuera de ellas. «Dice en su corazón el insensato: “¡No hay Dios! Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien. Se asoma Dios desde los cielos hacia los hijos de Adán, por ver si hay un sensato, alguien que busque a Dios”». Nadie hay que haga el bien, nadie que busque a Dios. Asustados y extrañados por muchas palabras del Evangelio, simplemente miramos para otra parte: no es una llamada para nosotros. Leamos al profeta Oseas: «Mi pueblo tiene querencia a su infidelidad; cuando a lo alto se les llama ni uno hay que se levante» (Os 11,7).
 
Levantarse y llegar hasta Dios porque nos llama, son términos que indican el ir hacia el conocimiento pleno Dios. Pero ¿quién va a jugarse la vida por buscar a Dios y llegarse hasta Él? Sabemos que muchas personas van a la iglesia a hacer un poco de oración para pedir favores, que no les ocurra nada a los seres que amamos o para conseguir algo que deseamos. ¿Es esto realmente buscar a Dios? Escuchemos al salmista: «¿Quién subirá al monte de Yavé? ¿Quién podrá estar en su recinto sacro? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura. Él logrará la bendición de Yavé, justicia del Dios de su salvación» (Sal 24,3-4). Y También el salmo 53, que aparentemente es de angustia, termina con una pregunta: «¿Quién traerá de Sión la salvación de Israel? ¡Cuando Dios cambie la suerte de su pueblo, exultará Jacob, se alegrará Israel» (Sal 53,7). Vemos cómo se nos abre una puerta a la esperanza: Dios cambiará la suerte de su pueblo, Dios traerá la salvación. Alguien romperá el muro de las imposibilidades, alguien lo podrá hacer y lo hará: El Buen Pastor, aquel que salvó la distancia imposible abriendo las puertas del recinto sacro hacia donde el hombre es llevado por Él hasta la presencia de Dios. «¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos para que entre el rey de la gloria…!» (Sal 24,9-10).
 
Dios se asomó desde los cielos y encontró a un hombre que sí le buscaba, que le oía y guardaba su Palabra: Jesucristo, que tomó una carne como la nuestra, uno de entre nosotros de quien la voz del Padre dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). El Mesías es anunciado así por el profeta Jeremías: «Será su soberano uno de ellos, su jefe de entre ellos saldrá y le haré acercarse y él llegará hasta mí, porque, ¿quién es el que se jugaría la vida por llegarse hasta mí?» (Jer 30,21).
 
Es un anuncio precioso del Hijo de Dios. El pueblo llenaba el templo, hacían sus sacrificios, sus holocaustos, daban sus diezmos pero nadie se llegaba hasta Dios. Él mismo se hace carne en un hombre concreto y lo acerca hacia sí. Solamente el enviado de Dios se acercará hasta Él jugándose la vida. Y a partir de Él, todo un pueblo puede acercarse sin miedo al misterio de la cruz: aquí es donde se nos da la vida eterna, aquí está el recinto sacro, aquí la gloria y la presencia de Dios. Somos llevados por la fuerza y la vida que tiene el Evangelio. No hay obligaciones ni leyes ni imposiciones.
 
En esta plenitud de conocimiento, el hombre se encuentra con Dios y consigo mismo. «Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí». El discípulo conoce la voz de Dios, conoce su Palabra, y esta le da la garantía de que encontrará la vida. Entramos así en la médula de la vida eterna. Jesucristo proclama vivencialmente: «El que pierda su vida por mí y por el Evangelio la encontrará». Pierde su vida por el Evangelio de la vida eterna en su cercanía de Dios, sabiendo que su Padre tiene la última palabra sobre Él. Y deja como oferta un camino abierto a todos los hombres. Más allá de sacrificios y holocaustos, el creyente puede jugarse todos los días la vida en lo que respecta a: afectos, dinero, apoyos humanos… Porque tiene el Evangelio que le sostiene y le garantiza la devolución de la vida que ha entregado, vida a la que Dios pone su sello: la inmortalidad.