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Fotografía: Jason St Peter (Creative Commons)

Ven y verás

Todo aquel que apoyado en la Palabra camina sobre las aguas, se sumerge en un proceso dinámico abierto a la divinización de su ser. La Palabra, que es Dios mismo, entabla una relación conyugal con el espíritu de toda persona que cree en ella. Es una relación indisoluble, fruto del inaudito amor de Dios al hombre. Es lo que podríamos llamar la plenitud de la obra de Dios; porque es su obra, tiene el sello de la indisolubilidad y permanencia. Lo que Dios ha unido con su amor es indestructible. Ninguna fuerza del mal puede quebrantar ni diluir este amor; nada puede separar a un hombre, así sellado, del amor de Dios manifestado en y por Jesucristo, como atestigua el apóstol Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?… En todo salimos vencedores gracias a aquel que nos amó” (Rm 8,35-37).
 
Juan continúa diciéndonos en el Prólogo del Evangelio: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron”.
 
La palabra que recibió Pedro estaba llena de vida y de luz. Brilló en la noche oscura de la tormenta y sobrepasó al miedo, a las olas y los vientos. Puso en movimiento a Pedro, haciéndole saltar de la barca, haciendo que sus pies se fueran afirmando sobre el mar y dirigiéndose al encuentro con Jesucristo.
 
También en el evangelio de Marcos tenemos un dato muy importante acerca de la vocación de los apóstoles. Se trata de la primera llamada que hace Jesús a sus primeros discípulos: “Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres” (Mc 1,16-17).
 
Una vez más nos damos cuenta de que hay todo un proceso: Venid conmigo, venid donde mí, dejad vuestro estar con las redes para estar conmigo, y “os haré llegar a ser” pescadores de hombres. Hasta ahora habéis vivido en el fragor de las olas y los vientos a causa de vuestro trabajo. De ahora en adelante sois vosotros los que diréis: ¡ven! al hombre para que se acerque a Dios. La predicación del Evangelio es el ¡ven! de Dios para todos los hombres.
 
Os haré llegar a ser. La conversión nunca es de la noche a la mañana. La conversión no es “antes bebía o me drogaba y ahora ya no”. Éstos son caras externas de un cambio. La conversión es todo un proceso de entrar en las aguas, mantenerte y hundirte en ellas; es entonces cuando Jesucristo, con su Evangelio, te levanta, afirma tus pies y es tu luz en medio de la noche. Poderoso es Dios, poderoso es su Evangelio para hacer posible lo que es absolutamente imposible: tu caminar sobre tus mares.
 
Vamos a ver en el Evangelio otras llamadas de Dios: “Al día siguiente Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: he ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús” Es importante apuntar que estos dos discípulos decidieron seguir a Jesús motivados por la forma de cómo le llamó Juan Bautista: El Cordero de Dios. “Jesús se volvió. Y al ver que le seguían les dice: ¿qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí -que quiere decir Maestro- ¿dónde vives? Jesús respondió: Venid y lo veréis” (Jn 1,35-39).
 
Venid y veréis dónde vivo, les dice Jesús. Su respuesta encierra una catequesis muy profunda. ¿Dónde, con quién y por quién vive Jesús? Él mismo nos lo dice respondiendo a una pregunta que Felipe le hace acerca del Padre durante la última cena: “Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. Venid y lo veréis.
 
En el capítulo seis de san Juan, que es todo él una profundísima catequesis sobre Jesús como pan que da la vida, le oímos decir a sus discípulos: “Lo mismo que el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57). Seréis testigos de algo inimaginable porque el que me ve a mí verá también aquel con quien vivo: mi Padre (Jn 14,9).
 
En el contexto del diálogo entre Jesús y Pedro, mándame y ven, podemos adentrarnos en la hondura catequética de las palabras “el que me coma vivirá, por mí”. Apunta a la decisión personal de aceptar el ven de Jesús; supone adherirse a su Palabra que es vida frente a tus tinieblas y tormentas.
 
Retomando la invitación al seguimiento que Jesús hizo a Juan y Andrés, vemos que la llamada alcanzó también a Felipe: “Al día siguiente Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: sígueme”. No se nos cuenta cómo y de qué calidad fue la experiencia de este apóstol, pero tuvo que ser impactante porque se nos dice que fue al encuentro de Natanael, a quien anuncia lo que para él ha sido una noticia buena y sorprendente: “Ése del que escribió Moisés en la Ley y también los profetas, lo hemos encontrado”. Natanael, en quien entrevemos una buena dosis de desconfianza e incluso de ironía, le responde: “¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?”.
 
Nazaret no tenía, evidentemente, buena prensa en Israel. Era objeto de toda clase de comentarios jocosos acerca de sus habitantes, como, por ejemplo: Cuando Dios quiere castigar a alguien le busca una mujer nazaretana. De ahí la sorna de Natanael. Felipe simplemente le sugiere: “ven y lo verás”. Le está diciendo: se trata de ti, no pierdes nada yendo a su encuentro, y después decides; ven y lo verás.
 
A veces pensamos que hay que decir a la gente: acércate a Dios, que si no te va a castigar o te va a ir mal. El anuncio del Evangelio tiene como finalidad que el hombre encuentre el camino para conocer a Dios. Un conocimiento tal que el “ven y lo verás” sea la base y el fundamento de su experiencia de fe.
 
Es la experiencia de Pedro que estamos viendo. Es como si Jesús le dijera: ven y verás que, efectivamente, soy el Señor. Yo soy la Palabra del Dios que se manifestó a tus padres en el Sinaí y que tanto miedo les causó. Estamos ante un nuevo Sinaí, y te digo: ven, acércate, no tengas miedo, no minimices tu espíritu, has sido creado para el infinito.
 
El día en que nuestro espíritu acoja y guarde la Palabra del Señor Jesús, su Evangelio, caminaremos y le veremos con la misma intensidad con que le vio Pedro. El cara a cara de Pedro con Jesús en medio de la tormenta no es un hecho aislado; su proyección es universal en el tiempo y en el espacio. Todo hombre entra dentro de la elección de Dios. Jesucristo, el elegido del Padre, provoca la elección universal. Aunque parezca una redundancia, podemos decir que el discípulo de Jesús es aquel que elige la elección.
 
 

La audacia de buscar a Dios

Nos interesa ahora entrar en las palabras que Jesús dijo a los judíos, tan estudiosos ellos de las Escrituras: “Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida” (Jn 5,39-40). Lo que Jesús les está diciendo es que adhieren su vida al pergamino, a la palabra escrita, y no a lo que la Palabra viva pueda hacer por ellos. La Palabra de Dios da vida al hombre sólo en la medida en que éste permita que se cumpla en él. Dios habla para poner al hombre en camino, para provocar su encuentro con Él.
 
En la medida que el hombre trasciende la palabra escrita y se deja envolver por su espíritu, va descubriendo al Dios de la misericordia, al que se encarnó. El Dios que no toma en cuenta tu mal; el que siempre espera, el de la mano tendida, el que en lo más profundo de tus tinieblas hace resonar su voz dentro de ti y te dice: ¡ánimo, no temas, yo estoy contigo! Soy Yo, no tengas miedo. Ojalá tengamos el impulso de adueñarnos de la audacia de Pedro para gritar al Señor Jesús: Si eres tú, mándame ir donde ti para saber quién eres y para estar contigo.
 
En el evangelio de Juan oímos a Jesús que proclama: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44). A primera vista parece una contradicción. Por una parte nos dice: ven, venid a mí… Y ahora escuchamos que nadie puede ir a Él si el Padre no le atrae. ¿Estamos ante unas palabras que dan pie para considerar la predestinación como una teoría razonable? Ya sabemos que la Palabra nunca se interpreta a partir de textos aislados e inconexos. Teniendo en cuenta este enunciado, buscamos la conexión de este texto con lo que sigue a continuación: “Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí” (Jn 6,45).
 
Jesús mismo nos aclara la duda que hemos entrevisto: Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. A lo largo del Evangelio insistirá una y otra vez en que Él habla en nombre del Padre, y que el Evangelio, proclamado en su nombre, es lo que nos atrae hacia Él. Si nos fijamos bien en el texto, vemos que marca una relación indisoluble entre escuchar y aprender.
 
Aprender es un verbo que tiene una fuerza impresionante y que viene de prender, es decir, plasmar, grabar. Jesús está diciendo que todo el que escucha la Palabra y la prende dentro de sí, la hace suya, está en Dios. Es la Palabra así prendida la que nos pone en camino. Si no es así es porque no se ha sellado en tu espíritu; por eso Jesús denuncia a estos judíos estudiosos de la Escritura, porque, más allá de sus investigaciones, no tuvieron ningún interés en llevar la Palabra investigada, prendida en el corazón. Recordemos que María de Nazaret guardaba y meditaba la Palabra en su corazón. Meditar, en la espiritualidad bíblica, no es tanto un trabajo o esfuerzo mental cuanto adueñarse de lo que pasa por la mente. En el caso de María, hizo suya la Palabra que había resonado en su mente y en su corazón.
 
Para hacer tuya la Palabra has de buscar tiempo para escucharla. Supone que la búsqueda de Dios es importante para ti. Buscada y encontrada, la Palabra te acompaña: Dios está contigo, te conduce en todos tus pasos y tiene fuerza para sostenerte en el momento de la caída. La Palabra que llevas contigo y te levanta es la mano de Dios impulsándote y fortaleciéndote.
 
Esta experiencia la tiene el mismo Jesucristo. Él, como hombre, también estuvo sujeto a toda tentación, al miedo, al temblor y al llanto, como vemos en el Evangelio. Sin embargo, siempre venció al tentador. Él mismo nos comunica el por qué de su victoria: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29). El que me ha enviado, el Padre, está conmigo; por lo tanto, así parece decirnos, aunque crea estar abandonado a las tinieblas, no estoy solo, Él está a mi lado sosteniéndome. Aunque piense a veces que estoy combatiendo yo solo contra la muerte de la humanidad, Él está en mí combatiendo. El Padre y yo somos uno porque guardo su Palabra, porque le oigo y hago lo que Él me dice.
 
Vemos que es un constante fluir de la Palabra entre el Padre y el Hijo. El mal existe, y Dios también. Por Jesucristo, y remitiéndonos a una dimensión atemporal, el mal ha sido vencido. Todo lo que tiene un límite lleva consigo el estigma de la desaparición. Jesucristo, con su resurrección, ha encuadrado al mal en su verdadera dimensión: la finitud.
 
Recordemos que Jesús envía a sus discípulos al mundo igual a como Él ha sido enviado por el Padre: como corderos en medio de lobos (Mt 10,16). Los cristianos, corderos en medio de lobos, no litigan con ellos, no hacen valer sus derechos, dan la vida por ellos. Pueden darla porque Dios es el garante de ella. Los cristianos son discípulos del Cordero que carga con el pecado, el mal del mundo.