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Yo estoy con vosotros

Los discípulos de Jesús, como son un milagro de la gracia de Dios, no van por el mundo con el pecho hinchado con el sello del heroísmo, generosidad, ni nada que se le parezca. No necesitan la aprobación de nadie, sólo del Señor en quien se han confiado. Son discípulos de Jesús al servicio del mundo y lo pueden hacer porque Él está con ellos, de la misma forma que Él estaba con el Padre. El Evangelio, que han hecho suyo -que es el mismo Jesucristo, como dice san Jerónimo- les acompaña en su travesía por el mar.
 
Bajo esta luz se agudiza nuestra mirada y percibimos con nitidez las últimas palabras de Jesús en el evangelio de san Mateo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).
 
Reparemos en estas últimas palabras: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Me voy pero estoy con vosotros en la Palabra, en el Evangelio que os he proclamado y que vosotros mismos anunciaréis.
 
La misión de la Iglesia es la evangelización, y esto por encima de todo. Esta misión solamente la puede hacer aquel que ha experimentado en sí mismo que el Evangelio es lo mejor que puede recibir un ser humano; aquel que tiene la experiencia de que ha sido rescatado, reconstruido, dignificado por Él. En definitiva, se anuncia el Evangelio por amor al hombre, por su crecimiento y desarrollo como persona. Evidentemente, esta misión lleva consigo las obras de la misericordia, acción social, planes de desarrollo, etc.
 
Sin embargo, el anuncio específico y explícito del Evangelio es prioritario. Es un gritar al hombre, cuya barca se está hundiendo, la palabra ¡ven!, no viniste al mundo para hundirte en tu mar de angustias sino para estar con Dios. No se trata de proselitismos sino de darle lo que es suyo: su pertenencia a Dios.
 
La llamada de Dios es universal, no hay en Él acepción de personas, ni predestinados ni escogidos de una forma especial. Los carismas serán diferentes, pero la elección, el ven de Dios hacia Él es el mismo para todos. Él nos llama por medio del Evangelio predicado por los hombres. Así lo afirma el apóstol Pablo: “Debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación… Para esto os ha llamado por medio de nuestro evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2Ts 2,13-14).
 
El mismo Dios que nos ama es el que nos llama. Normalmente nos acercamos a Él cuando la barca de nuestros proyectos está yéndose a pique. Es bueno pasar por la experiencia de reconocer que la iniciativa viene de Dios y no de nosotros, que normalmente nadamos y guardamos la ropa al mismo tiempo. Lo cual no quita que nos dé por pensar que, al igual que los trabajadores de la viña, hemos “aguantado” por Él el peso del día y del calor (Mt 20,12). No hay peor esclavitud que la servidumbre en nuestra relación con Dios; es tal el peso de la ley y del temor que la persona queda totalmente deshumanizada.
 
Recordemos que Israel, a pesar de su culto a la Ley, no pudo evitar su desviación hacia la idolatría. Ésta es denunciada incansablemente por los profetas. Sus idolatrías se han convertido en una carga insoportable; Ezequiel hace ver a su pueblo a qué situación ha llegado y les exhorta con estas palabras: “Descargaos de todos los crímenes que habéis cometido contra mí y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18,31).
 
Descargaos… haceos un corazón nuevo…, sí; pero cómo si los ídolos han entrado a saco hasta la médula del alma. Dios mismo lo va a hacer. Se encarna, es Dios con nosotros, y proclama la buena e incomparable noticia al hombre: ¡Venid a mí! “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28).
 
Venid a mí, he sido enviado por el Padre para cargar con vuestras idolatrías y opresiones. Yo soy vuestro descanso. Por eso el Espíritu Santo habló por la boca de Juan Bautista cuando presentó al Hijo de Dios al pueblo diciéndole: ahí lo tenéis. Él es el enviado del Padre. Él es el Cordero que carga con todo el pecado del mundo. Todos los que estáis aquí agobiados, sobrecargados, id hacia Él. Todas nuestras idolatrías fueron cargadas en las espaldas del crucificado: “Tomaron, pues, a Jesús y Él, cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario” (Jn 19,16-17).