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Fotografía: Adam Dimmick (Creative Commons)

«Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las oveja» (Jn 10,14-15).

 
Todo el Antiguo Testamento es una gran preparación para el encuentro entre Dios y la humanidad entera. En él vemos el proceso de su acercamiento, proceso de cercanía que tiene su culmen en la encarnación de su Hijo, a la que Pablo llama «la plenitud de los tiempos» (1Cor 10,11).

En el libro del Deuteronomio podemos leer las últimas alocuciones que Israel recibió de Moisés, quien recuerda en este texto de una forma catequética, lo que aconteció en el monte Sinaí entre Dios y su pueblo. «Vosotros os acercasteis y permanecisteis al pie de la montaña, mientras la montaña ardía en llamas hasta el mismo cielo, entre tinieblas de nube y densa niebla. Yavé os habló de en medio del fuego; vosotros oíais rumor de palabras, pero no percibíais figura alguna, sino sólo una voz» (Dt 4,11-12). Los israelitas no pudieron subir a la montaña, tuvieron que quedarse al pie de ella. Permanecen distantes de Dios; no lo ven, ni siquiera oyen sus palabras, tan sólo el rumor de su voz. Cuando Dios se les manifiesta por medio de su Palabra, el monte comienza a arder y las llamas llegan hasta el cielo.

Allí, Dios proclamó su alianza, las diez palabras, los mandamientos. Sin embargo, su Palabra no llegó directamente a los oídos del pueblo sino a través de Moisés, a quien Israel escogió como mediador por el miedo que tuvieron de Dios, de escuchar al Dios-Palabra que les hablaba: «Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y temblando de miedo se mantenía a distancia. Dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos» (Éx 20,18-19). Este encuentro entre Dios y el pueblo está tamizado, pasado como por un filtro, por un mediador que es un ser de carne y hueso como ellos.

Cuando la Palabra llega así, tan mediatizada, se convierte en ley, una ley de temor que hay que cumplir para aplacar a Dios para que sea complaciente con el hombre. Por miedo, se suaviza la distancia que existe con ropajes y cultos que templen el ambiente y tranquilicen al pueblo. De esta manera, el pueblo sigue permaneciendo al pie del monte, se mantiene la distancia. A la misma distancia a la que se mantuvieron los conocidos de Jesús, al pie del Calvario, como nos lo relata san Lucas en su evangelio (Lc 23,49).

 

Jesús: Dios y mediador

El profeta Isaías lanza una pregunta al pueblo. Incluyéndose él también, sondea para ver si hay alguien que pueda presentarse y permanecer vivo delante de Dios, al que representa bajo la figura de llamas eternas. «¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas? El que anda en justicia y habla con rectitud; el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal» (Is 33,14-15). Ningún hombre puede subir al monte donde «habita» el Dios de fuego. Ni uno solo porque, como ya dicen los salmos, no hay nadie que obre bien, nadie que sea inocente. Todos estamos cargados de culpas.

Jesucristo, el inocente de toda culpa y pecado, sube al monte, al Calvario. Allí se sucedieron unos signos y símbolos parecidos a los que Israel había visto como testigo en el Sinaí. Nos cuenta Mateo que, desde la hora sexta hasta la nona, hubo oscuridad sobre la tierra de la misma forma que anteriormente en el Sinaí hubo oscuridad y bruma. Además, cuando Jesús murió: «El velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron» (Mt 27,51-52).

Aquí encontramos una diferencia esencial entre la experiencia del Sinaí y la del Calvario; entre Moisés, que es figura del Mesías, y Jesucristo que lo es. El pueblo de Israel no podía acercarse a la montaña, ni siquiera podía oír la voz de Dios por miedo a morir. Jesús, al morir, no sólo no provoca la muerte de nadie sino que da la vida a los que yacían en los sepulcros. Dios no lleva cuentas antiguas con el hombre, por lo que este empieza a vivir a partir del encuentro con Él por medio de su Hijo. Jesucristo convirtió el monte del miedo y de la muerte en el monte de la vida y del encuentro; Él convirtió el monte de la distancia y de los altares idólatras en el monte de la cercanía y de la adoración en espíritu y verdad, transformó el monte de la ley en el monte de la Palabra de la vida. «Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1,17).

Este es el punto de encuentro entre Dios y el hombre, entre el hombre y Dios; es punto de enlace: de conocimiento y comunión; por eso dice Jesús que conoce a sus ovejas como el Padre le conoce a Él, y que sus ovejas le conocen igual que Él conoce al Padre. Esta relación de conocimiento es posible a partir del encuentro del hombre con la Palabra de la vida, que lo es a partir de Jesucristo. Y el mediador entre Dios y la humanidad no podía ser otro que el mismo Dios hecho carne en su Hijo. «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1Tim 2,5).

La diferencia que existe entre Jesucristo y hombres como Moisés, Isaías, Jeremías o cualquier santo, es que Él es Dios, por lo que la Palabra llega a nosotros tal y como es, con toda su fuerza de salvación. Cuando Jesús recomienda que no llamemos a nadie maestro ni director ni consejero (Mt 23,8), podríamos ampliar su exhortación diciendo también que a nadie debemos llamar intermediario, porque uno solo es el mediador entre Dios y los hombres: Aquel que subió a la montaña como palabra de fuego, pudiendo así «habitar con las llamas eternas», como veíamos antes en el profeta Isaías.

Juan afirma en su evangelio que Jesucristo deseaba ardientemente preparar la Pascua con sus discípulos y que sabía que había salido del Padre y que a Él volvía. Y, al igual que las llamas de fuego que subían a lo alto en el Horeb, el Hijo de Dios, una vez que hace prender el fuego en la tierra, sube como Palabra de fuego hacia el Padre. Jesús es consciente de que ha sido enviado por el Padre para inflamar este fuego sobre la tierra: «He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,49-50).

Él mismo es el fuego. Por una parte sube al Padre como las llamas desde el Horeb y, por otra, se queda junto al hombre como Palabra de vida, como Evangelio que nació de su costado abierto lleno de la gloria y del fuego de Dios. Jesucristo no se mantuvo a distancia en el nuevo Sinaí, el Calvario; siendo el fuego del Padre, las llamas subieron a lo alto hasta el seno de Dios. Y entre nosotros quedó la Palabra que nos posibilita ascender hacia Él.

 

El Hijo: fuego del Padre

Jesucristo subió al Calvario con el corazón colmado de angustia. Le oímos antes hablar de un bautismo que no se refería al del Jordán, pues ya había tenido lugar, sino al de su pasión. Como en unas aguas, iba a sumergirse en el interior de la tierra para emerger de ella resucitado. Siente angustia porque sabe que es Él quien va a ser pasado a fuego, quien va a ser acrisolado. Ya sólo le quedaba por ofrecer la vida de su cuerpo de carne, pues lo había perdido todo: Su dignidad, siendo la Sabiduría, le consideraban inculto; su linaje, le llamaban samaritano; y hasta su experiencia del Padre, ya que siendo el Santo de Dios (Lc 1,35), le tuvieron por endemoniado y blasfemo.

El profeta Jeremías que, como tal, es figura del Mesías, conoció también estas angustias terribles en su misión profética, hasta el punto que preguntaba a Dios: «¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo, y mi herida irremediable, rebelde a la medicina? ¡Ay! ¿Serás para mí como un espejismo, aguas no verdaderas?» (Jer 15,18). ¿Acaso es toda una serie de casualidades lo que he hecho hasta ahora? ¿Algo producto de mi mente religiosa…? Dios responde a Jeremías con palabras que nos recuerdan la misión del fuego en el crisol: «Si te vuelves porque yo te haga volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca» (Jer 15,19). Cuando el hombre se deja acrisolar por la Palabra-Fuego de forma que la escoria quede desprendida, es como la boca de Dios porque tiene dentro de sí su Palabra.

Jesucristo, palabra de Dios hecha carne, entra en ese fuego con un objetivo muy concreto que vemos expresado en el salmo: «Dios es perfecto en sus caminos, la palabra de Yavé acrisolada. Él es escudo de cuantos a él se acogen» (Sal 18,31). Un crisol es un recipiente formado por ladrillos macizos donde se introducen pequeñas rocas que contienen diversos minerales, en nuestro contexto, también el oro. El crisol se eleva a altísimas temperaturas para que se fundan los metales y, así, poder separar el oro de lo desechable. Jesucristo, en el Calvario, es acrisolado para separar lo precioso de lo vil, el oro de la escoria, para separar la Palabra de la vida de la palabra ley. La Palabra, así aquilatada, se convierte en el Evangelio: el punto de encuentro entre el hombre y Dios.

¿Cuándo comprenderemos el inmenso amor que Dios nos tiene? Él mismo ha sido pasado por este horno ardiente para que tengamos el Evangelio engendrador. Su Hijo, al pasar por el fuego, hace posible que conozcamos al Padre como Él lo conoció. La Palabra depurada, acogida en el corazón, nos limpia de toda escoria, de toda ganga y nos permite establecer una relación de conocimiento con Dios semejante al que tuvieron Jesús y su Padre. Es un conocimiento de amor unificador, de manera que, en la Palabra somos uno por Jesucristo con el Padre.

El hombre, con su sabiduría, inteligencia y conocimientos, con su bondad natural y sus artes, nunca podrá separar el oro de la ganga. Ya vimos que esta separación fue hecha por Jesucristo, a quien le hemos oído decir antes: “He venido a arrojar fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!”. El Hijo de Dios va a entrar en el crisol-horno del Calvario, en el nuevo Horeb. La Palabra así acrisolada, llega hasta nuestra debilidad, hasta aquella impotencia que nos dejó a todos al pie del monte manteniendo la distancia. Por Jesucristo, la Palabra se convierte en fuerza de Dios, fuerza de salvación anunciada por Zacarías ante el nacimiento de Juan Bautista. Efectivamente, lleno del Espíritu Santo, proclamó: «¡Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora» (Lc 1,68-69).

Una fuerza que se hizo fuego y que habita y permanece con nosotros. Y, como dice el apóstol Pablo, permanece operante, es decir, que actúa en el hombre por la Palabra predicada: «De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes» (1Tes 2,13). El mismo Pablo llama al Evangelio, la fuerza de salvación de Dios: «Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: el justo vivirá por la fe» (Rom 1,16-17).