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“Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús” (Mt 14,29).
 
 
Por mucho que la barca estuviera a merced de las olas y zarandeada por los vientos, Pedro acepta la invitación de Jesús y, disponiéndose a descender hacia las aguas, inicia un camino hacia Él. Pedro prescinde del único apoyo que tenía para intentar conservar la vida; de hecho sus compañeros se quedaron en la barca, nadie le siguió. Sin duda pensaban que ese punto de apoyo, por muy débil e inseguro que fuera, era el que tenían y no les pareció bien desecharlo. Pedro sí, se desprende de su única seguridad en la tempestad y dirige sus pasos hacia su experiencia de Dios.
 
Toda experiencia de Dios llevada a cabo con apoyos y seguridades, limitan e incluso llegan a anular un encuentro con Dios en verdad y libertad. Toda seguridad se convierte tarde o temprano en una trampa más o menos encubierta, y que impide la adhesión a la libertad de vuelo que proporciona el Evangelio. Pedro arriesga su vida para hacer una auténtica experiencia de Jesús como Señor, el que penetró los vientos y las olas, con su palabra invitadora: ¡ven! Inició su andadura de fe sobre las inseguras y temibles aguas.
 
El Antiguo Testamento nos ofrece imágenes mesiánicas que, partiendo de acontecimientos dramáticos que está viviendo el pueblo, como el destierro de Babilonia, nos conducen a Jesucristo como plenitud de toda salvación y liberación. En esta dirección fijémonos en el siguiente texto de Jeremías: “Será su soberano uno de ellos, su jefe de entre ellos saldrá, y le haré acercarse y él llegará hasta mí, porque ¿quién es el que se jugaría la vida por llegarse hacia mí?” (Jr 30,21).
 
Nunca ha habido quien se juegue la vida quemando todas sus naves para acercarse a Dios por sí mismo, es decir, por iniciativa propia. No es que seamos perversos, es nuestra debilidad que arropa tantas inseguridades.
 
Jeremías se está refiriendo al Mesías. Dios le hará acercarse hasta Él. ¿Cómo? Por medio de la Palabra. Como ya sabemos, hay una identidad y una comunión de palabra entre el Padre y el Hijo, lo que hace posible que éste, aun siendo tentado en todo igual que nosotros, pueda romper con todo tipo de pecado y ataduras, y poner en juego su vida para acercarse a Dios. De su acercarse a Dios se sucede también nuestra cercanía.
 
El profeta, después de anunciar que Yahvé suscitará un soberano de entre ellos quien, desde su libertad, tomará la decisión de arriesgar su vida para allegarse a Él, pone en la boca de Dios esta impresionante buena noticia: “…y vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Jr 30,22). Gracias a que uno del pueblo -el Mesías- ha confiado ciegamente en Dios poniendo en sus manos su vida, todo el pueblo, y por extensión toda la humanidad, será recuperado para llegar a ser amorosa pertenencia de Dios.
 
 

Portadores del ajuar de Dios

Como hemos dicho, todas las promesas proclamadas por Dios a Israel se cumplen en Jesucristo, y también en sus discípulos a lo largo de la historia; conocemos a muchos de ellos. Pensemos en tantos y tantos mártires, anunciadores del Evangelio, misioneros, apóstoles de la caridad, etc. Los que todavía no conocemos son innumerables. No tienen nombre público pero sí lo tienen en el corazón de Dios, están escritos en los anales de su historia que es la única que permanece para siempre. Ya hemos dicho que entre Jesucristo y Dios hay una sola palabra. Adán y Eva reciben dos palabras. Una la que les viene dirigida por Dios, y otra la de Satanás. Se quedan con la palabra de este último.
 
Por el poder de Jesucristo, también Pedro se juega la vida por acercarse a Él. Habíamos oído a Jeremías afirmar que nadie en absoluto sería capaz de arriesgar su vida para acercarse a Dios. Es a partir de Jesucristo que vemos a Pedro hacer este gesto de fe y, como hemos dicho, a tantos y tantos discípulos a lo largo de la historia.
 
Hemos de dirigir nuestra mirada al Señor Jesús. Por Él y sólo a causa de Él, el hombre tiene capacidad y posibilidad de hacer este camino serio y adulto de la fe. Jesús ha dado a Pedro la misma palabra que Él recibe del Padre. ¿Qué palabra ha recibido del Padre? ¡Ven a mí caminando por encima del mar, las aguas, los vientos y la tempestad de la Pasión! Vencerás a la muerte y todos podrán venir a mí. En esto consiste la redención. Es a partir de Jesucristo, de su amor por el hombre, que podemos, a pesar de las mil dudas, titubeos e, incluso, caprichos, levantarnos y poner nuestra vida a disposición de la palabra recibida, y que provoca nuestro encuentro con Dios.
 
En esta dirección, podemos asomarnos a la experiencia de fe de san Ignacio de Antioquía. Cuando ya iba camino del martirio, escribió unas cartas impresionantes por su belleza y profundidad; en ellas animaba y fortalecía la fe de sus ovejas. Exhorta a que nadie se interponga en esta última etapa de su camino que estaba ya desembocando en su encuentro definitivo con Dios.
 
Parece ser que algunos amigos y discípulos suyos querían recurrir a la magnanimidad de las autoridades aduciendo que aquél a quien iban a martirizar era un pobre anciano. Rondaba los noventa años. Ante esta solicitud, Ignacio les dice: No apeléis, no intercedáis por mí, porque siento una voz en mi interior que me grita: ¡ven al Padre! Era el último ¡ven! que escuchaba Ignacio; esta vez ya limpiamente y sin interferencias. Dios le permitió oír esta voz en su seno, allí donde había concebido el Evangelio.
 
Sin duda, fue la misma voz que oyó Jesucristo antes de morir y que le hizo exclamar: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Al igual que Jesucristo e Ignacio, todo discípulo escucha en su seno este último ven en el atardecer de su vida.
 
En las aguas sinuosas e inestables emerge la experiencia de Dios que llama y que levanta; el que, sacándonos de un infantilismo religioso, nos lleva a la fe adulta. En la inseguridad del mar somos moldeados por Dios en la fe.
 
Vayamos ahora al profeta Isaías que nos proporciona un texto maravilloso acerca de la liberación de Jerusalén. Anuncia que Israel va a realizar un nuevo éxodo como el que sus antepasados hicieron desde Egipto. Esta vez será desde Babilonia. Es una imagen y profecía que apunta al éxodo definitivo de la humanidad hacia el Padre, y que se llevará a cabo a partir de Jesucristo.
 
Sabemos que la palabra éxodo significa salida. Oigamos al profeta: “¡Qué hermosos son sobre los montes lo pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación, que dice a Sión: ya reina tu Dios!” Isaías se mete en lo más profundo de las entrañas doloridas de su pueblo, y con palabras de aliento le invita a levantar la cabeza ante la buena noticia de su próxima liberación. Para que no quede en el pueblo la más leve huella de su esclavitud, les hace esta exhortación: “¡Apartaos, apartaos, salid de allí! ¡Salid de en medio de ella, manteneos limpios, portadores del ajuar de Yahvé!” (Is 52,7-11).
 
¡Sois portadores del ajuar de Yahvé!, les dice el profeta. ¿Cuál es el ajuar de Pedro cuando inicia su camino hacia Jesús? Su único ajuar fue la palabra que Él le ofreció: ¡ven! Nada más, no iba con flotadores ni con un socorrista al lado. El único ajuar que hemos de tener para caminar hacia Dios es Dios mismo.