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Moisés con las tablas de la Ley (Guido Reni)

Portadores del Evangelio

¿Cómo fue el éxodo de Israel en su salida de Egipto? ¿Qué ajuar llevaba? Llevaba uno que, después, por la perversión del pueblo se convirtió en una trampa. Yahvé había anunciado a Moisés que, en su salida, los israelitas despojarían a los egipcios. Y así sucedió: “Los israelitas hicieron lo que les dijo Moisés y pidieron a los egipcios objetos de plata, objetos de oro y vestidos. Yahvé hizo que el pueblo se ganara el favor de los egipcios, los cuales se los dieron. Así despojaron a los egipcios” (Éx 12,35-36). La perversión del pueblo consistió en que se apropiaron del don de Dios y lo revistieron de idolatría.

Observemos cómo un don de Dios puede llegarse a convertir en postración idólatra. Cómo un don que viene de lo alto puede terminar siendo una trampa justamente porque el hombre pierde la referencia esencial: que le ha sido otorgado de lo alto, de Dios.

Cuando Moisés sube al Sinaí para recibir de Dios las tablas de la Ley, permaneció en el monte cuarenta días. Los israelitas se impacientaron y dijeron a Aarón: “Haznos un dios que vaya delante de nosotros ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto. Aarón les respondió: quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y vuestras hijas, y traédmelos” (Éx 32,1-2).

Todas estas joyas constituían el ajuar que Yahvé les había dado en su salida de la esclavitud. Eran el signo visible que señalaba el fin de su sometimiento y postración. Por su falta de confianza en Yahvé y en Moisés, el signo de la bendición de Yahvé va a ser utilizado para fabricarse un becerro de oro. Seguimos con el texto: “Y todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que llevaba en las orejas, y los entregó a Aarón. Los tomó él de sus manos, hizo un molde y fundió un becerro. Entonces ellos exclamaron: Éste es tu dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto” (Éx 32,2-4).

Recordemos las palabras de Jesús: No podéis servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero. ¡Cuidado! Fijémonos bien para ver con qué ajuar caminamos hacia Dios. Es cierto que Dios da a sus discípulos el ciento por uno (Mc 10,30). Sin embargo, este don nos ha de impulsar a estar más vigilantes que nadie, no sea que, por falta de sabiduría evangélica, este ciento por uno se convierta, como para Israel, en una trampa que da lugar a la idolatría. A nadie se le oculta que la tentación de hacer un camino hacia el becerro de oro es una constante a lo largo de la historia. ¡También hoy!

En la Escritura tenemos una figura, un patriarca, al que llamamos el padre de la fe, Abrahám. Éste recibe una palabra: “Sal de tu tierra y vete al país que yo te mostraré” Abrahám salió sin saber dónde le conducía Dios. Éste le promete una descendencia ya que Sara, su mujer, era estéril. Pasan los años. Abrahám conoce la duda e incertidumbre, hasta que Dios cumple lo prometido y, del seno estéril de Sara, nace Isaac. Abrahám, por su permanencia y perseverancia en el camino que Dios le había indicado, y que él va conociendo sólo conforme van avanzando sus pasos, es llamado, como hemos dicho, nuestro padre en la fe.

Oigamos al apóstol Pablo que nos habla de la fidelidad incondicional de Abrahám: “El cual, esperando contra toda esperanza, creyó… No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor -tenía unos cien años- y el seno de Sara igualmente estéril. Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios” (Rm 4,18-20).

¿Qué ajuar llevaba Abrahám consigo al emprender un camino desconocido y cuya meta sólo Dios sabía? Recordemos lo que le dijo: “Ponte en camino hacia la tierra que yo te mostraré”. Su ajuar fue la Palabra que Yahvé le había dado. La llevaba sembrada en su corazón. Caminó afirmando sus pasos a lo largo de una senda desconocida, por la fuerza de la Palabra-promesa que había guardado en lo más íntimo de su ser. Esta actitud de Abrahám nos recuerda la oración del salmista: “Asegura mis pasos con tu promesa” (Sal 119,133).

También a nosotros Dios nos da una palabra, una promesa. No te preocupes si estás llegando a la ancianidad -tendrás un hijo- Ojalá diésemos fe a esta promesa de Dios. Él nos anuncia y promete que vamos a concebir el Evangelio, no apoyados en nuestra historia sino en lo que su Hijo ha hecho por nosotros.

Por el Evangelio el Hijo de Dios está vivo en nuestro seno, y, como dice san Pablo, nos hace clamar a Dios llamándole Padre: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gál 4,6). Experiencia inaudita que somos llamados a hacer y que hizo que el apóstol Pablo proclamara a voz en grito: ¡ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí! (Gá 2,20).

Vuelvo a insistir en el anuncio impresionante que nos ha legado el profeta Isaías: “Salid, apartaos, no toquéis cosa impura, portadores del ajuar de Yahvé”. El Evangelio es el último y definitivo éxodo; es el camino que nos conduce hacia el origen de nuestra vida: el Padre.

Vivimos en el mundo pero no somos del mundo, como dice el Señor Jesús en las catequesis de la última cena. Somos portadores de la Palabra que salva, la misma que hizo posible que Abrahám tuviera a su hijo Isaac en la ancianidad. Somos portadores de vida eterna para todos los hombres. La Palabra, el Evangelio, es nuestro ajuar en nuestro caminar, y también en nuestra misión inexcusable de ofrecer la luz y la sal al mundo.

 

Buscad primero a Dios

Recordemos aquel pasaje evangélico en el que vemos a Jesús transpuesto por el dolor. Se estremecieron sus entrañas al ver a la muchedumbre que estaba como ovejas sin pastor, nadie las pastoreaba. Mucha ley, mucha norma, muchos ritos pero estaba desnutrida y sin fuerzas. Recordemos que es entonces cuando envía a los doce con esta exhortación: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias ni bastón; porque el obrero merece su sustento”   (Mt 10,7-10).

A los que son enviados a predicar el Evangelio, el Señor Jesús no les dice que vayan harapientos, con un traje remendado ni hambrientos; tampoco que duerman en el suelo debajo de un puente. Lo que les dice es que no se preocupen ni se afanen por estas cosas, que somos enviados por Él; y, puesto que todo obrero merece su sustento, Él es quien se va a preocupar de los hombres y mujeres que envía con su Evangelio.

Sucede a veces que algunas obras de Dios empiezan maravillosamente bien con el inconfundible sabor evangélico y, con el tiempo, este ajuar va experimentando un cambio. De pronto, aparecen necesidades nuevas, se amplían las propiedades, se razona con demasiada sabiduría humana… y, al final, el que pierde es el Evangelio. Cuando el que pierde es el Evangelio, el hombre sale perjudicado porque no recibe su frescura. La Palabra ha sido adulterada por las prudencias humanas.

Oigamos lo que Jesús dice a sus discípulos en el Sermón de la Montaña: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,31-33).

Dejémonos cuidar por Dios que es Padre. Cuando somos nosotros los que marcamos la pauta de nuestras necesidades, éstas se vuelven contra nosotros; es entonces cuando nuestra sal queda desvirtuada y pasa a ser pisoteada por los hombres a quienes iba destinada (Mt 5,13).

A la luz de estas reflexiones, volvemos nuevamente nuestros ojos a Pedro. Saltó de la barca sin otro ajuar que la Palabra que el Hijo de Dios le había dado: ¡Ven! Seguro que más de una vez Pedro maldijo ese momento al sentir que sus pies se hundían en las aguas, como más adelante veremos. En su situación extrema, su otro ajuar, que podría ser la barca, estaba demasiado distante. La distancia que él mismo había establecido en lo que podía ser su apoyo en la tempestad, le posibilitó llevar a término su experiencia de Dios. En medio del mar no tenía la posibilidad, como la tuvo Israel, de hacerse un becerro de oro. Saltó como estaba, probablemente casi desnudo pues es así como se hacían las faenas de la pesca. Así es como se hace la experiencia de Dios, y Él se constituye en garante de la vida que el hombre pone en juego. Dios es tu garantía y tu ajuar.

Acerca de esta experiencia de fe, que quiero llamar la fe adulta, es muy esclarecedor acercarnos al autor de la carta a los Hebreos. En ella expone una relación de los grandes Padres de la fe del pueblo de Israel, empezando por Abrahám. Después va nombrando a Isaac, Jacob, etc. Todo esto en el capítulo once. En el capítulo siguiente culmina su exposición con Jesús y la inicia con estas palabras: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe…” (Hb 12,1-2).

El Señor Jesús inicia y consuma nuestra fe. Ésta crece no sin múltiples accidentes a lo largo del camino. Por ejemplo, puede llegar un momento en que el cansancio es tal que nos ponemos de espaldas a Dios, no queremos escuchar, nos resistimos a obedecer… Son crisis que, por lo general, son fruto de nuestra debilidad. Todo esto lo veremos detenidamente más adelante, ante el hecho de Pedro hundiéndose en las aguas.

Sin embargo, seguimos hablando acerca de la crisis o combate de la fe. Recordemos las palabras que Jesús dirigió a Pedro durante la Última Cena: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder de cribaros como el trigo” Aquí estamos todos, nadie es especial. Satanás ha pedido permiso a Dios para cribarnos como el trigo por el hecho de llevar dentro el fuego del Evangelio en vistas a su anuncio. No nos queda sino apoyarnos en la promesa de Jesús que vemos reflejada en lo que a continuación le dice a Pedro: “Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”.

Rogó por Pedro, como rogó por Francisco de Asís, Ignacio, Teresa, etc. También ellos fueron cribados…, y también nosotros. Recordemos la respuesta de Pedro: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”. A su vez, Jesús le dijo: “Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces” (Lc 22,31-34).

Efectivamente, cuando Jesús fue detenido, Pedro aún se atrevió a seguirle aunque de lejos. Mas apenas le interpelaron porque le habían reconocido como discípulo del Señor Jesús, de su boca salieron unas palabras de desentendimiento total: ¡No le conozco! ¿Cómo es posible un cambio así?

Es perfectamente entendible porque en su declaración de fidelidad a Jesús, Pedro no se apoyaba en Él sino en sí mismo. Por eso, cuando arremeten contra él, contra la integridad de su vida, no mira a Jesús sino que se mira a sí mismo.

Cantó el gallo y recordó lo que Jesús le había dicho. En ese momento, el Señor Jesús volvió su rostro y se cruzaron sus miradas. Saliendo afuera, rompió a llorar amargamente. ¿Cuál era la razón de las lágrimas de Pedro? Había constatado su pobreza y su debilidad. Nos lo imaginamos dando pasos inciertos de una parte a otra, clamando: ¡No he podido!, ¡no he podido! Apenas hace unas horas estaba tan convencido, y ahora no soy capaz de articular una palabra de adhesión. ¿Será falso todo el seguimiento de Jesús que he hecho hasta ahora? ¿Qué me ha pasado que me he quedado inmóvil e incapaz de reaccionar?

No es que Pedro haya sido un falso, un mentiroso; simplemente que aún no conocía lo que había en su corazón. Fue necesario que pasara por este acontecimiento para conocerse y constatar que su amor y fidelidad hacían aguas ante una prueba en la que su vida estaba en juego.