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Alguien gritó: ¡Es el Señor!

Lo que a primera vista parece un desastre, se convierte para él en foco de luz. Es bajo esta luz que da comienzo la conversión del hombre. Es entonces cuando es iluminado y sabe que no puede amar a Dios, ya que de forma natural el ser humano se ama a sí mismo y a su becerro de oro. Cuando llegamos a esta verdad, es cuando se abre para nosotros un camino de conversión sin espejismos. Además, es muy importante que un hombre conozca la debilidad de su corazón porque es cuando sabe que no es mejor que nadie, por lo que sus labios están protegidos a la hora de juzgar a los demás.
 
Recordemos que Pedro fue el único de los doce que había prometido a Jesús: ¡Te seguiré hasta la muerte! Los demás no dijeron absolutamente nada. El miedo y la cobardía les había dejado perplejos y enmudecidos. A partir de sus lágrimas, Pedro se dio cuenta de que era exactamente igual a todos los demás quienes, por cobardía o por lo que fuera, no le habían hecho coro en su promesa de fidelidad y seguimiento. A final de cuentas, este acontecimiento de la última cena nos proporciona una catequesis fundamental: todos somos portadores del mismo barro.
 
Seguimos profundizando en la figura de Pedro, y le vemos ahora a la luz de la aparición de Jesús resucitado a los apóstoles, tal y como nos la cuenta el evangelio de san Juan: “Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Les dice: muchachos, ¿no tenéis pescado? Le contestaron: no. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor. Se puso el vestido –pues estaba desnudo- y se lanzó al mar” (Jn 21,4-7).
 
¡Qué bien le vino a Pedro el haber conocido su corazón cuando negó a Jesús ante la criada y sus miradas se cruzaron! En esta ocasión se lanza al mar para ir a su encuentro. Ya no pregunta ¿eres tú, Señor? Para él fue suficiente que uno de la barca gritase: ¡ahí está, es el Señor! No quiso saber más; no necesitó ninguna certificación, ni siquiera tuvo la precaución de bajar cuidadosamente de la barca; tenía demasiada prisa por lo que, en un impulso irrefrenable, se arrojó de bruces al mar.
 
Cada vez que se proclama el Evangelio, el hombre recibe la misma buena noticia que llegó a los oídos de Pedro: ¡Es el Señor! ¡Está vivo y viene al encuentro de tu debilidad! Él es la luz que hace tambalear toda tu incredulidad.
 
El texto nos dice que el que dio este grito salvador fue el discípulo a quien Jesús amaba. En general, siempre hemos identificado a ese discípulo con Juan. Sin embargo, la catequesis del que podríamos llamar el discípulo amado, va mucho más allá de una identificación concreta.
 
El discípulo a quien Jesús amaba hace relación a todo aquel que ha creído con la suficiente verdad en su corazón, hasta el punto de poner su vida a disposición de todos los hombres proclamándoles: ¡Es el Señor! El discípulo amado es aquel que hace un servicio al hombre anunciándole que el Hijo de Dios murió en su lugar para que él viva.
 
Tiene el fuego del Evangelio tan en lo profundo de su ser y, al mismo tiempo, tan a flor de piel, que siente la urgencia y la necesidad de acercarlo y propagarlo a la humanidad desnuda. Recordemos que el texto del Evangelio nos dice que cuando Pedro recibió esta buena noticia estaba desnudo, que se vistió y fue al encuentro del Señor Jesús. La desnudez en la Escritura hace relación al hombre caído sin esperanza ni metas. Al hombre cuya vida se mueve en círculos tan repetitivos que terminan por ser argollas que empobrecen y asfixian la insondable riqueza de su espíritu.
 
La misión de cercanía de la Iglesia al ser humano no es la misma que la de una O.N.G. Es evidente que la labor de las O.N.G. al servicio de la humanidad es encomiable. La misión de la Iglesia es complementaria pero al mismo tiempo distinta. Vamos al encuentro de todos: pobres y ricos. Despertamos de su sopor a la inmensa muchedumbre que yace bajo la carga insoportable de su desnudez espiritual con un anuncio salvífico: ¡El Señor está con vosotros! Anunciamos que el Señor Jesús asumió la desnudez del hombre muriendo así, privado de cualquier túnica que cubriese su cuerpo. Elevado desnudo entre el cielo y la tierra, nos dio su espíritu para acceder a la fe. Es en el Evangelio, comprado para nosotros con su sangre, donde le es dado al hombre la túnica que cubre su desnudez y le pone en camino hacia el Padre.
 
La fe, es decir, el fiarnos de que nuestros pasos tan débiles, tan dubitativos, sean afirmados sobre la inestabilidad de lo que somos, nace de una experiencia de la cual se hace eco el apóstol Pablo: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá 2,20b).
 
El mismo Pablo, conocedor por propia experiencia del sufrimiento y la desnudez que golpea a la humanidad, nos lega un testimonio antológico de su pasión por anunciar el Evangelio de la esperanza que levanta y dignifica al hombre. Oigamos sus palabras de despedida a los presbíteros de la iglesia de Éfeso: “Mirad, que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios” (Hch 20,22-24).