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Revestidos por Jesucristo

Hemos analizado pormenorizadamente el paralelismo entre el grito de Pedro a Jesús desde el abismo de las aguas, y el de éste al Padre desde el mar intempestivo de su pasión. Ninguno de estos gritos se perdió en el vacío. No fueron respondidos por un eco tenebroso, sino por el Padre en el caso de Jesús, y por éste en el caso de Pedro. No hay grito que Dios no recoja.
 
Volvemos al de Pedro, y reiteramos que su grito, su gemido, es suscitado por la fuerza dinámica que la Palabra provocó en él. Palabra que recibió, acogió y obedeció. Podemos asociar el grito de Pedro a un clamor especial y contundente del que nos habla el apóstol Pablo. Clamor que es suscitado por el espíritu de Jesucristo en nuestro interior y que nos mueve a invocar a Dios reconociéndole como Padre: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gá 4,6-7).
 
El apóstol Pablo puede afirmar esta buena noticia a todos los hombres no como fruto de ninguna elucubración exegética, sino a la luz de un hombre que ha acogido la Palabra del Padre. Sabe por propia experiencia, y así nos lo comunica, que acoger la Palabra es acoger el Espíritu de Jesús. Él, que es Palabra del Padre, crece en todo hombre-mujer que acoge la predicación del Evangelio. Lo que comienza con lo que llamaríamos un pequeño riachuelo, va dando paso paulatinamente a un río impetuoso de agua viva que da la vida sin cesar conforme va creciendo. Cuanto más desborda este manantial, tanto más amamos y degustamos el Evangelio.
 
Cuando por la fuerza y vitalidad de estas aguas vivas, se da la comunión entre el hombre y la insondable riqueza de la Palabra, éste ya no es esclavo, sino señor del tiempo porque ha nacido en él el impulso hacia la Palabra; la cual ya no se convierte en un objeto de estudio sino en un banquete. Es tan impensable y agradable para todo el ser del hombre, que la búsqueda de Dios en el Evangelio pasa a ser la prioridad de todas las prioridades. Se ha llegado a sentir la Palabra con el mismo gusto que la sentía el salmista cuando decía: “Sus palabras -las de Dios- son más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Sl 19,11b).
 
Cuando nuestra relación con el Evangelio enriquece así nuestra calidad de vida, emerge dentro de nuestro ser como un enorme iceberg, hasta entonces oculto, desplazando todo matiz que huela a obligación, norma o precepto. Es entonces cuando se da en nosotros la experiencia liberadora de ver al Evangelio no como un libro de perfección incómodo, sino como vestido de salvación según profetizó Isaías: “Con gozo me gozaré en Yahvé, exulta mi alma en Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto…” (Is 61,10). Este manto de salvación es la garantía de la vida eterna alcanzada por el Hijo de Dios para todos nosotros.
 
Este vestido de salvación, anunciado por Isaías, nos fue concedido en el momento en que Jesús fue elevado en la cruz en la desnudez más desoladora. Como signo catequético visible a nuestros sentidos, el Señor Jesús fue despojado de sus vestiduras. Los soldados se repartieron sus ropas mientras que la túnica se la echaron a suertes: “Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca…” (Jn 19, 23-24).
 
De este vestido de Jesús, signo de nuestro revestimiento de la justicia y, por lo tanto, también de nuestra vida eterna, nos habla el mismo Juan en el libro del Apocalipsis: “…Uno de los Ancianos tomó la palabra y le dijo: Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? Yo le respondí: Señor mío, tú lo sabrás. Me respondió: Ésos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7,13-14).
 
Nuestro manto de salvación nos fue concedido por Dios Padre permitiendo que su Hijo fuese elevado en la cruz en la más humillante desnudez posible. Fue elevado desnudo de su dignidad, de su fama, de su honra, de su honor, de su integridad, de su honestidad, de su verdad; por último, y como signo de todas ellas, de sus vestidos. En su atronadora soledad nos concedió la comunión con Dios.
 
Sabiendo que nuestras deudas ya han sido pagadas, que nuestra salvación ya ha sido concedida, ojalá que, al igual que Pedro, saquemos fuerzas en medio de nuestras tormentas para gritar: ¡Señor Jesús, sálvame, dame la vida eterna! ¡Sálvame, dame la fe que nace de tu Evangelio y que encierra tu Misterio escondido! Señor, que pueda ver en él  tu rostro aquí en la tierra, y también y en plenitud después de mi muerte. Que la muerte no sea el final sino el definitivo encuentro contigo.