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Cristo crucificado (Velázquez)

Un solo Señor

Todas las maravillas y promesas que Dios ha hecho en el pueblo de Israel, alcanzan su cumplimiento en el Mesías. Con la encarnación de Jesús, Dios une en Él a todos los pueblos, judíos y gentiles, y los proyecta hacia la nueva y definitiva creación.

Es la muerte y resurrección de Jesús lo que hace realidad tangible y verificable todas las promesas. En Él alcanzan su dimensión universal. «Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Jesucristo fue levantado de la tierra para hacer visible la luz de Dios a todos por medio del misterio de la cruz. Y se predica a Cristo crucificado para no desvirtuar la sabiduría de Dios, infinitamente más grande que la inteligencia humana.

Por medio de la cruz, el Hijo de Dios unió a todos los pueblos en uno solo: «Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de ambos, en un solo Cuerpo por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad» (Ef 2,14-16). Paz para los que estaban lejos, los gentiles; y paz para los que estaban cerca, los judíos. Por Jesucristo, desarrollamos en toda su riqueza la impronta de la imagen y semejanza de Dios con la que hemos nacido. Y, como continúa el apóstol, en Jesucristo estamos todos juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu (Ef 2,22).

Todos formamos un solo rebaño y tenemos un solo pastor porque todos hemos sido comprados por el mismo Cordero. Todos tenemos acceso a Dios por una misma Palabra. El Espíritu Santo llenó a Pablo de una sabiduría tan profunda que, incluso desde su cautiverio, donde normalmente cualquier persona se derrumba, escribe lo siguiente: «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados… poniendo empeño en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4,1-6).

Todos somos llamados, es decir, a todos se nos concede vivir la misma experiencia: pasar de la muerte a la vida. Asombrados y agradecidos a Dios al constatar cómo Él va creciendo dentro de nosotros, aprendemos a adorar. Cosas que antes eran para nosotros importantísimas, ya no lo son tanto, y esto porque, como anunció Jesucristo a Nicodemo, hemos vuelto a nacer; hemos nacido del Espíritu de Dios. Nuestro propio espíritu es testigo de cómo va absorbiendo el Evangelio, cómo va conociendo a Dios… y, aunque parezca inaudito, penetramos hasta sus mismas entrañas. Sólo hay una espiritualidad en la Iglesia: la del Evangelio, la de la Palabra; bajo esta espiritualidad somos convocados en comunión todos los hombres y, a una sola voz, podemos exclamar como el salmista: «Alabad a Yavé, todas las naciones, celebradle, pueblos todos. Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad de Yavé dura por siempre» (Sal 117,1-2).

Si leemos nuevamente el texto del Buen Pastor, nos damos cuenta que Jesús, para conducir a las ovejas, dice que escucharán su voz. Por eso, cuando se transfiguró en el monte Tabor delante de Pedro, Santiago y Juan, Dios Padre nos exhortó a todos con estas palabras: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco: escuchadle» (Mt 17,5). Es el mimo Padre el que exhorta a que escuchemos a su Hijo.

De igual modo, cuando Jesús envió a predicar a los setenta y dos discípulos, les dijo: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza a quien me ha enviado» (Lc 10,16). Mateo narra esta misma frase pero con una pequeña variante: «Quien me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). La persona que recibe y acoge la predicación, concibe la fe en su interior en una realidad semejante a la de María, la cual, como bien sabemos, recibió la palabra del ángel, la acogió y concibió a Dios en su seno. Por eso es imagen de la Iglesia.

Se trata, por tanto, de acoger y asimilar la Palabra y crecer en ella hasta que la imagen de Jesucristo sea reproducida en nosotros, tal y como dice el apóstol Pablo (Rom 8,29). La Palabra, al germinar en nuestro seno, tiene su crecimiento y desarrollo y se convierte en el sello de garantía de que somos hijos de Dios.

 

Por mí viviréis

El Hijo de Dios resucitó y anuncia esta Buena Noticia: En mí y para vosotros está la salvación, porque estoy vivo. Leemos en el libro del Apocalipsis: «Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: No temas, soy yo, el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1,17-18). Jesucristo vive y está en el Padre, y nosotros, sus discípulos, participamos de su victoria sobre la muerte; es por Él por quien los hombres somos vivificados.

El apóstol Pablo, en su carta a los romanos, exhorta a sus ovejas a que tengan conciencia de que han vuelto a nacer por el hecho de estar bajo la gracia. «Ofreceos vosotros mismos a Dios, como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia» (Rom 6,13-14).

Los hombres, de los que Pablo dice que estaban muertos antes de ser evangelizados, también hoy día pululan por nuestros pueblos, calles y ciudades. Jesucristo proclama y dirige su Evangelio a toda la humanidad, es la Buena Noticia que tiene el poder de despertarnos del sopor de la muerte. El mismo Pablo se considera uno de estos «despertados de la muerte» por la acción gratuita de Jesucristo sobre él. Por Él, confiesa emocionado que ahora está vivo: «No vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

Y, en cuanto a aquellos que creen que están vivos por sus pretendidas fidelidades y cumplimientos, les dice Jesús: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!» (Mt 23,27). Muertos están todos, los gentiles y los hijos de Israel, cuya pretendida fidelidad, como decíamos, se apoya en huesos muertos.

El paso de esta muerte a la vida, acontece en el hombre por la Palabra dada por el Hijo de Dios: el Evangelio. Aquellos muertos que oigan la voz de Jesucristo y la guarden, vivirán. Por eso, cuando Jesucristo hace el primer envío de los apóstoles, una de las señales por las cuales este envío es auténtico, es la de poder resucitar a los muertos (Mt 10,8).

Esta es la misión fundamental de la Iglesia: conducir al hombre hacia la vida. Y, hasta tal punto es su misión esencial, que las últimas palabras proclamadas por Jesús, fueron: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20). Todos hemos sido convocados por la misma Palabra; los doce, que la recibieron hace dos mil años, se han multiplicado hasta llenar la tierra.

Ningún hombre queda excluido de la salvación que Dios otorga. Ya san Justino, a caballo entre el segundo y tercer siglo, decía que los que acogían la semilla de la Palabra aun sin ser conscientes de ello, eran cristianos de hecho, aunque no estuviesen bautizados. Partía del hecho de que la semilla de la Palabra está latente en el corazón de todo hombre.

Todas las ovejas formamos un solo rebaño y pertenecemos a un único Pastor. Esta profunda experiencia que hace el hombre, este pasar de la muerte a la vida, es lo que hace posible que, siendo cada uno como es, con su carisma específico, con su forma de ser y con su propia vida, haya un solo rebaño y un solo Pastor. Evidentemente, lo que nos une a todos es la Palabra proclamada y aceptada; la vida que hemos encontrado en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Es importante insistir en la existencia de una única espiritualidad: la del Evangelio, la Palabra que Jesucristo nos reveló y nos sigue revelando todos los días hasta nuestra muerte: «Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26). Jesús se supo amado por su Padre. Nunca se sintió solo. Dios estaba con Él porque hacía siempre lo que le agradaba (Jn 8,29).

El amor con que el Padre amó a su Hijo, también desciende sobre nosotros. Por eso podemos vivir en Dios. Por eso podemos conocerle como Él nos conoce y entrar en su comunión. El eslabón de esta comunión es su misma vida ofrecida al hombre en la persona de su Hijo. Vida-Palabra que se derrama en la humanidad por medio de los anunciadores del Evangelio. No es necesario idear discursos ampulosos. El mismo Hijo de Dios abre nuestros labios para proclamar su Evangelio.

El apóstol Pablo tiene tal conciencia de la acción de Dios en su predicación, que pide a los cristianos de Éfeso que recen por él para que, al abrir su boca en orden a la predicación, Dios le dé la Palabra: «…Orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas…» (Ef 6,18-20).

Pablo es consciente de que su predicación abre el espíritu de los que le escuchan al misterio de Dios, ya que las palabras que Él pone en su boca dan a conocer lo que el apóstol llama: el misterio del Evangelio, el misterio que revela al mismo Dios; el cual no está al alcance de lo que «los ojos puedan ver, los oídos puedan oír, ni siquiera puede llegar al corazón del hombre» (1Cor 2,9).

A este respecto, creo que es importante dar a conocer el testimonio de Madeleine Delbrel, mujer de nuestro tiempo, seglar y cuyo amor y pasión por el Evangelio marcó su vida:

«El Evangelio es el Libro de la vida del Señor. Y está concebido para ser el libro de nuestra vida. No está hecho para ser comprendido, sino para ser abordado como el umbral del misterio. No está hecho para ser leído, sino para ser recibido por nosotros. Cada una de sus palabras es espíritu y vida. Ágiles y libres, sólo esperan la avidez de nuestra alma para introducirse en ella. Vivas, son como la levadura inicial que atacará nuestra masa y la hará fermentar en un modo de vida nuevo (…). El Evangelio ha llegado a ser para mí no sólo el libro del Señor vivo, sino además el libro del Señor que hay que vivir».