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Fotografía: Gustavo Pereira (Creative Commons)

Tatuados en sus manos

Hay que aterrizar con los pies en el suelo y vivir nuestra relación con Dios a la luz de su Palabra eficaz. El centro y fundamento de la fe es experimentar, en la debilidad de tu carne, que la Palabra de Dios es eficaz en ti, tan eficaz que se cumple en tu vida. Supone constatar el “Yo lo digo y lo hago” que Dios prometió a Ezequiel, al garantizarle la restauración de Israel cuando yacía desterrado en Babilonia.
 
Dios Palabra es el Dios que hace. A la luz de esta realidad entendemos mejor el mismo salmo 119 que dice: “Tus manos me han hecho y me han formado”, y que podemos traducir: Tus manos han hecho de mí un discípulo. Esto es lo que significa la palabra formar en su sentido bíblico. No es una formación académica ni un aprendizaje de la perfección. Es una formación para ser discípulo, para ser hombres y mujeres de fe. Tus manos, no mis obras ni mi buena voluntad ni mis programas de superación. Tus manos, aquellas hacia las que Pedro pidió la salvación.
 
Seguimos con el salmo: “Hazme entender y aprenderé tus mandamientos.” Hazme aprender, dice el salmista, y tu Palabra quedará prendida en mí. Aprender significa prender con fuerza. El salmista pide a Yahvé que su Palabra quede prendida en su corazón. Ya sabemos que el término mandamiento, en la espiritualidad bíblica, se adecua al de palabra. Lo vemos en muchos textos de la Escritura como, por ejemplo, en éste de Juan: “Quien dice: Yo le conozco -a Dios- y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud” (1Jn 2,4-5). La oración del salmista es una súplica para que Dios prenda en él su Palabra, más allá de sus dudas y sus miedos; que sea la savia de sus raíces, siempre amenazadas por la sequía.
 
Ante todos los miedos que se ciernen sobre nosotros, Dios, por medio de su Hijo, nos ha ofrecido su Evangelio para formarnos en la fe. En nuestras oscuridades e inestabilidades, no es que Dios esté ausente como, con frecuencia, suponemos. Somos nosotros que ponemos las palabras recibidas detrás del viento y la tormenta; o bien, que no sabemos esperar el momento previsto por Dios en orden a nuestra maduración. Hemos de aceptar con humildad que no nos fiamos tanto de Dios cuando es nuestra vida la que está en juego; hemos de aceptar esa nuestra debilidad. Sólo entonces, de nuestra alma desvalida saldrá nuestro grito: ¡sálvame!
 
En el evangelio de san Lucas escuchamos: “No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado será como su maestro” (Lc 6,40). Si el maestro es el Señor Jesús, ¿qué significa que seremos como Él? Jesucristo quiere decirnos que si Él caminó sobre las aguas, nosotros también caminaremos; lo haremos por la eficacia de su Palabra. Jesucristo está anunciando que todo discípulo bien formado, engendrado por su Palabra, será como Él en lo que respecta a vencer el mal.

Siempre caminaremos con la violencia del viento, siempre contrario, y de la tempestad. Sólo el Evangelio será tu garantía de que Dios no miente, no juega contigo. El discípulo así formado, no necesita, por ejemplo, recurrir a ningún tipo de venganza o ajuste de cuentas en sus disensiones y desavenencias con su prójimo; y no porque sea bueno e impecable, sino porque vive en otra dimensión.
 
Vayamos ahora a un pasaje de Isaías en el que vemos a Israel postrado, y que nos recuerda a Pedro hundiéndose en las aguas: “Somos como impuros todos nosotros, como paño inmundo todas nuestras obras juntas. No hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse a ti. Pues encubriste tu rostro de nosotros y nos dejaste a merced de nuestras culpas”. Es impresionante la sabiduría que Dios regala a su pueblo. Dice el profeta que han caído como hojas golpeadas por el viento; imagen que nos recuerda a Pedro arrollado por las olas. De la misma forma que oímos a Pedro suplicar, oímos también al profeta: “Pues bien, Yahvé, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros” (Is 64-5-7). Somos hechura de tus manos…, tus manos me hicieron y me formaron. Jesús tendió la mano a Pedro y le levantó.
 
Intentemos ahora penetrar en esta realidad tan compleja de la gradualidad de la fe. Llamados a ella por el Evangelio, como dice Pablo (2Ts 2,14), y habiéndonos puesto en camino, ¿cómo es que, ante los vientos contrarios, nos asaltan las dudas y hasta la más completa oscuridad? Tengamos en cuenta que cuando Pedro saltó de la barca, lo hizo porque dio crédito a la palabra de Jesús. Al ser arrastrado por la violencia de la tempestad, ¿qué podría pasar por su agitada mente? Sin duda, muchas cosas; pero sobre todo, algo terrible que no hacía sino aumentar su angustia: Jesús, o es realmente un fantasma o se ha olvidado de mí. Es lo más tremendo que puede pasar por la mente de un hombre que ha emprendido un camino de búsqueda de Dios.
 
Israel conoce muy bien la tentación de creer firmemente que Yahvé se ha olvidado de él, que sus promesas son tan inestables como las de los hombres. Oigamos su lamento: “Dice Sión: Yahvé me ha abandonado, el Señor me ha olvidado” Dios le responde: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?” Como vemos, Yahvé está presentando una hipótesis casi imposible y después añade: “Pues aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada” (Is 49,14-16).
 
En la antigüedad los esclavos llevaban un tatuaje que indicaba la pertenencia a su dueño. Incluso el César, en sus bosques de Roma, tenía ciervos a los que los cazadores no podían abatir porque llevaban un tatuaje con esta leyenda: No me toques, soy del César. Resulta que aquí el tatuaje no lo lleva el hombre sino Dios. Nuestro nombre está tatuado en sus manos. Dios, que es Señor, se hace esclavo para rescatarnos.
 
Recordemos las palabras de Pablo: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo…” (Flp 2,5-6). Jesucristo es Señor y esclavo, de la misma forma que es Cordero y Pastor. Es Pastor que apacienta el rebaño, pero antes es Cordero degollado. Es Señor que salva y rescata, pero antes es esclavo que muere en muerte de cruz.
 
Cuando el Señor Jesús extendió sus manos para ser crucificado, en ellas quedó impreso nuestro nombre. Todo aquel que, por la fuerza del Evangelio, se adentra en el Misterio de la cruz, ve con asombro que su nombre está grabado con un sello indeleble en el seno del Misterio de Dios. Es imposible, pues, ser olvidado por Él; es nuestro sello de pertenencia. Pertenecemos a Dios no por derecho de conquista, como acontece con los grandes de este mundo, sino por derecho de rescate.
 
 

La fe adulta

Recordemos la respuesta de Yahvé al lamento de Israel: ¿Verdaderamente crees que te puedo olvidar? Si es casi imposible para una madre desentenderse de su hijo, para mí lo es totalmente. Aunque estés a miles de galaxias de mí por tus pecados, tu nombre está en mis manos, tu fortaleza no va a consistir en superarte,sino en saber que en tus miedos y zozobras estoy contigo. No tengas miedo, no te olvido.
 
El problema respecto a nuestra fe, consiste en que somos nosotros los que nos podemos olvidar de la Palabra en la que un día creímos. A lo mejor la tenías en la mente, pero no en el corazón. Sólo cuando la Palabra anida en el corazón, nos testifica que es viva y eficaz, como dice el autor de la carta a los Hebreos: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4,12).
 
Acerca de la prodigiosa capacidad que tenemos de olvidarnos de Dios, de lo que Él ha hecho a lo largo de nuestro camino de fe, escuchemos lo que le dice a Israel cuando éste alcanza y conquista la tierra prometida. Tengamos en cuenta que Israel ha sido testigo del actuar salvífico de Dios en su favor, desde la prodigiosa liberación de Egipto hasta su asentamiento en Canaán. A pesar de tantos prodigios de Dios, Israel irá debilitando su fe. Conforme van creciendo, se sienten lo suficientemente fuertes como para prescindir de Dios; fortaleza engañosa ya que fue repetidamente asediado y, por último, llevado al destierro. Yahvé, pues, anticipando su historia, le dice: “Desde allí buscarás a Yahvé tu Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma…” (Dt 4,29).
 
Sabemos que la historia de Israel es nuestra historia, es un espejo de nuestro camino de fe con todas sus grandezas y debilidades. También nosotros conocemos nuestro destierro, nuestro estar lejos de Dios, incluso aunque nuestros labios le den culto. Pues bien, desde nuestro desvalimiento, cuando somos uno más en el terrible anonimato de un mundo que se mueve en círculos, es decir, sin ninguna meta, aún así hay lugar para la esperanza. Cuando los ídolos que nos extasiaban se han convertido en una carga insoportable y creemos que ya estaba todo perdido, es entonces cuando tenemos que revelarnos contra esa mentira: no es cierto, no está todo perdido, es más, nada está perdido; hay una mano que está atenta a tu simple deseo de salir a flote.
 
Este deseo no es otra cosa que lo que Dios dijo a Israel: Buscarás a Yahvé tu Dios y le encontrarás. Conocerás entonces el gozo y la alegría, la plenitud de vivir. Dios es amor. El amor no toma cuentas del mal que hayas hecho. Así es como Dios concluye la exhortación que antes dirigió a su pueblo y que hemos visto anteriormente: “Porque Yahvé tu Dios es un Dios misericordioso: No te abandonará ni te destruirá, y no se olvidará de la alianza que con juramento concluyó con tus padres” (Dt 4,31). El Evangelio es quien marca, a nivel de alianza, nuestra relación de amor con Dios.
 
¿Queremos saber si realmente amamos a Dios? Para saberlo, dejemos de lado las emociones y los sentimentalismos, y pongamos nuestros ojos en el único termómetro que, a este respecto, es infalible. Tú amas a Dios en la medida en que lo buscas. Si le buscas con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, no hay la menor duda, le amas realmente con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Buscar y escuchar a Dios es lo mismo; es una escucha en actitud de adoración, es decir, con todo el corazón, como señala con fuerza el mismo libro del Deuteronomio: “…Si vuelves a Yahvé tu Dios, si escuchas su voz en todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, Yahvé tu Dios cambiará tu suerte, tendrá piedad de ti…” (Dt 30,2-3).
 
Hasta tal punto esto es fundamental, que podemos afirmar que todo camino hacia Dios que soslaya la escucha amorosa e incondicional del Evangelio, soslaya también el eje central de la conversión a Dios. Es como se dice popularmente: marear la perdiz o echar balones fuera.
 
Jesucristo es el que camina sobre las aguas, sobre el mal. Todo el que, por Él, camina sobre el mal, vive por encima del ojo por ojo y diente por diente. No necesita ningún tipo de compensación ante el mal de que es objeto. Entendamos bien: ¡no necesita! No se trata de conquistar esta virtud; es una gracia que se derrama sobre el hombre desde las aguas vivas del Evangelio. Nace del amor no como imperativo moral -que es imposible- sino como don de Dios. Es en este contexto que Pablo decía que la fe, -esta fe adulta- fruto del amor de Dios, nace de la predicación (Rm 10,17).
 
Pablo posee la certeza de que la predicación del Evangelio que Dios le ha confiado tiene la finalidad de formar a Jesucristo dentro del hombre-mujer: “¡Hijos míos! Por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gá 4,19). En la misma dirección, oímos al apóstol decir a los colosenses esta buena noticia dirigida a los gentiles: “…A quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo (Col 1,27-28).
 
En este camino de fe Dios no pretende que no vuelvas a caer, no pretende que seas impecable; lo único que quiere es que no te salgas del espacio de la fe, que no te vuelvas a la barca de donde saltaste en su búsqueda; es lo que Jesús dijo cuando hizo esta exhortación a sus discípulos: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Palabras que son la esencia del testimonio que Pablo da de su encuentro con Jesucristo: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3,13-14).