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«Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17).
 
 
Ya hemos visto anteriormente cómo el Padre envía a su Hijo a todo el mundo, no sólo al pueblo de Israel. Por ello Jesús decía que tenía que conducir estas nuevas ovejas y que ellas escucharían su voz. Ahora veremos que esta salvación universal de Jesucristo, será a costa de su vida: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recuperarla de nuevo».
 
Doy mi vida. Lo importante no es fijarnos en una actitud heroica de Jesús en este ofrecimiento, sino su testimonio de fe. Al creer incondicionalmente en el Padre, sabe que Él es poderoso para devolverle la vida que está ofreciendo. Es la confesión de saberse amado por su Padre, la confianza filial de que su esperanza no quedará defraudada. Esta actitud y disposición de Jesús es fruto de su relación con su Padre. Es fundamental que pensemos en Jesucristo no sólo como Dios sino también como hombre y, en cuanto tal, sujeto a nuestras mismas tentaciones. Sujeto pero no sometido, ya que de todas ellas salió siempre vencedor a causa de la sabiduría del Padre que en Él reposaba.
 
En el evangelio de san Juan escuchamos al Hijo de Dios: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: Él es nuestro Dios y, sin embargo, no le conocéis» (Jn 8,54-55b). Por eso no pueden adorar, porque no le conocen; es lo que dijo Jesús a la samaritana: «Dios es espíritu», y solamente la Palabra nos da a conocer su Espíritu. La Palabra es espíritu, verdad y vida. Poseerla así en las entrañas es el presupuesto de toda adoración. Jesucristo, no sólo está diciendo que no conocen a Dios, es que incluso llega a decir que la razón por la cual quieren matarle es porque su Palabra no prende en ellos (Jn 8,37). Si el hombre, con su sabiduría, no puede conocer a Dios, tampoco le puede amar ni adorar. En este contexto, conocer, amar y adorar son inseparables.
 
Insiste el Hijo de Dios: «Yo sí le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco y guardo su Palabra» (Jn 8,55). Jesús, con estos términos, puntualiza lo que es la esencia de la fe, el núcleo de la relación del hombre con Dios. El Mesías nos habla de su experiencia: «Le conozco y guardo su Palabra». Y «es tan fuerte esta vivencia dentro de mí, que puedo dar la vida ya que el Padre, que está conmigo, me atestigua que mi vida entregada me va a ser devuelta por Él». No entramos, pues, en temas como la generosidad o valentía, que pueden degenerar en fanatismo; es muchísimo más que eso, es una apuesta de la que se sabe ganador. Recordemos una vez más que Jesús, como hombre, también en este punto concreto de que la vida le sea devuelta, estuvo sujeto a la prueba de la duda o incertidumbre. Pero la tentación nunca ejerció dominio sobre Él.
 
 

La obediencia a Dios

Escuchamos a Jesús en la Última Cena: «Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo» (Jn 14,30). Lo queramos o no, existe una realidad con la que convivimos, que es el mal. Este tiene un valedor: el Príncipe de este mundo. El misterio de la fe de Jesús es que se somete a este príncipe para que, al recobrar la vida, sea vencido y despojado de su poder. Es impresionante cómo Jesús asume en sí mismo el «no hagáis ojo por ojo ni diente por diente»; no se enfrenta al autor del mal con sus mismas armas, que es lo que normalmente hace el hombre cuando se encuentra con la injusticia, el desprecio, la humillación, etc. Jesús se somete al poder del mal y lo vence aniquilando su veneno de muerte (Heb 2,14-16).
 
Siguiendo el texto anterior, podemos leer: «En mí no tiene ningún poder, pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14,31). Es un amor que implica obediencia, pero no una obediencia servil, sino una obediencia de vida. Podríamos traducir: «Mi Padre manda y yo obedezco»; y, al instante, nos viene a la mente que sea un mandar como se puede hacer en un cuartel, en una fábrica o en cualquier sistema de relaciones humanas. No, no es este mandar «de eficacia» al que se está refiriendo Jesucristo.
 
En la parábola de la vid y los sarmientos, sabemos que Jesús proclama: «El que me ama, guardará mis mandamientos». Mas, ¿qué mandamientos han salido de la boca de Jesús? Ninguno. Simplemente, ha anunciado la Palabra. Vemos, pues, en este contexto, que mandar significa transmitir la Palabra llena de espíritu, y obedecer significa acogerla para poder llenarnos de Dios. Por lo tanto, no es un mandar-obedecer en sentido de servir o someterse a una ley, ni siquiera en el sentido de conveniencia para que marchen bien las cosas.
 
Jesús es consciente de que lo que el Padre le transmite es garantía de su vida, garantía de su resurrección. Él ama la Palabra que recibe, la cual tiene su inclinación natural hacia la obediencia. Es un paso cualitativo, fundamental, que le separa de la obediencia servil. Es la transmisión profunda de Dios a su Hijo y, por Él, al hombre.
 
De hecho, cuando Jesús nos dice: «La carne no sirve para nada», se está refiriendo a que esta la identifica con el servicio a la ley, por lo cual no puede servir para entrar en el seno de Dios. Para conocer a Dios-Espíritu, la carne-ley es inútil y, por lo tanto, no salva; no viene en nuestra ayuda cuando estamos bajo el peso de la cruz, cuando esta es aplastante. Por eso muchas veces se ve como un castigo de Dios e incluso como una maldición; es tan nefasta que hay que esquivarla como sea, hasta con prácticas pseudomilagrosas: tarot, adivinanza, brujería, etc.
 
Podríamos, pues, perfectamente poner en boca del Hijo de Dios, esta exhortación: «Mis palabras, que son las que recibo del Padre, en las que me apoyo porque a mí me dan la vida, me llevan a la obediencia porque son la garantía de mi victoria sobre la muerte».
 
Cuando Jesús dijo: «Mis palabras son espíritu y vida» (Jn 6,63), los judíos que le escuchaban se marcharon escandalizados a pesar de que habían comido de los panes que Él había multiplicado. Se escandalizaron porque les pareció haber oído una blasfemia, ya que solamente Dios puede decir, «mis palabras son espíritu y vida»; aunque, a decir verdad, mucho escándalo pero bien sabemos que su relación con Dios era de apariencia.
 
Ante esta situación, Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, les dice: «¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”» (Jn 6,68-69). La sabiduría de Dios movió la lengua del apóstol, haciéndole pronunciar esta confesión de fe. ¿Donde quién iba a ir Pedro? Era consciente de que había recibido el don de saber que las palabras de Jesús eran espíritu y vida, y que le podrían permitir a él, débil y pecador, la obediencia, el amor y la adoración.
 
Jesús camina hacia la muerte para que el don concedido a Pedro sea para todo hombre. Porque el pueblo de Israel, al igual que cualquier pueblo religioso de la tierra, es frenado en su camino hacia Dios por la inercia que lleva consigo toda ley, precepto o norma, llegando así el hombre, como mucho, a la esfera de una supuesta perfección que le autocomplace en gran manera…, pero no llega a conocer a Dios como Él quiere ser conocido.
 
Los fariseos dijeron al ciego curado por el Mesías: “¡Da gloria a Dios!” (Jn 9,24). Y Jesús les podría responder: “Cómo, ¿todavía no le conocéis? Por más que todas las mañanas hagáis laudes en el Templo, cumpláis con el sabat, celebréis esplendorosamente la pascua y os sometáis a los ritos de purificación en el Yon-Kippur… ¡No conocéis a Dios! Yo soy su enviado para que el rostro de Dios, a quien decís que conocéis, sea visible y manifiesto ante vosotros y ante todos los pueblos”.
 
La Palabra, que es el vínculo de amor y obediencia entre Jesucristo y el Padre, es también, a causa de la muerte de Jesús, el vínculo de amor y obediencia entre Dios y el hombre. Cuando esta palabra es escuchada por nosotros y la acogemos, la guardamos y defendemos frente a la tentación y duda, esta nos lleva a la acción: «Ya podemos “hacer” en el nombre de Dios».
 
Este «hacer», que nos puede resultar raro, es lo que se dice en el salmo primero acerca del hombre fiel y que busca a Dios. Es alguien que tiene su gozo en escuchar no a los impíos sino a Dios, hasta el punto de que susurra su Palabra continuamente. A causa de este gozo de escuchar y susurrar la Palabra, nuestro hombre es un árbol frondoso que, junto a las corrientes de agua, da fruto a su tiempo y todo lo que hace le sale bien; por el contrario, el que actúa al margen de la Palabra, es decir, de Jesucristo, «no puede hacer nada» (Jn 15,5).
 
 

Jesús vive por el Padre

«Lo mismo que el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,57). Mi Padre vive y tiene poder para traspasarme su vida. Yo vivo porque su Palabra está encarnada en mí, y el que me coma, el que digiera el mismo alimento que estoy comiendo yo, vivirá por mí. Jesús nos dice que el discípulo es alguien que se está alimentando con la misma comida que le ha fortalecido a Él. Alimento que tiene su culmen, su broche de oro comunitario, visible y eclesial: “Tomad y comed porque esto es mi cuerpo”.
 
Como fruto de la experiencia profunda de recibir la vida por parte de Dios, la comunidad se reúne para participar del Pan vivo que es el cuerpo de Cristo. En este contexto podemos decir que la Eucaristía es la totalidad del Evangelio, la plenitud del soplo de vida que Dios prometió por medio de su Hijo: «Los que oigan la voz del Hijo de Dios, vivirán».
 
«Llega la hora y ya estamos en ella». Jesucristo es consciente de que es Él quien va a culminar la creación del hombre, quien va a llevar a su término la huella divina que ya existe en el ser humano por el hecho mismo de nacer. Este es fortalecido por el nuevo Pan, recibiendo así el poder de dar cada día su vida y recobrarla, tal y como se nos anuncia en el Evangelio (Mc 8,35). En esto consiste la fe en su sentido más profundo. ¡Esta es la fe que nos pone en contacto con Dios!
 
Veamos el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, y constatemos cómo su predicación se apoyaba en el acontecimiento único de que alguien –Jesucristo– fue devuelto a la vida, cumpliéndose así sus palabras: «Doy voluntariamente la vida para recuperarla de nuevo»: «También nosotros os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha por Dios a los padres, la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”. Y que le resucitó de entre los muertos para nunca más volver a la corrupción, lo tiene declarado: “Os daré las cosas santas de David, las verdaderas”. Por eso dice también en otro lugar: “No permitirás que tu santo experimente la corrupción”. David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no experimentó la corrupción» (He 13,32-37).
 
He aquí el gran acontecimiento que hizo que la primera predicación de la Iglesia fuese como un fuego imparable. Los primeros anunciadores eran testigos del cumplimiento de las afirmaciones de Jesús de que se levantaría del sepulcro; no era una locura, no eran fantasías de un iluminado… ¡le vieron resucitado! Y hasta «comieron y bebieron con Él después de su resurrección» (He 10,41).
 
He aquí la experiencia profunda del primer anuncio y que llamaba poderosamente la atención: que Uno había vencido a la muerte. No hay duda de que también hoy esta buena noticia sigue siendo determinante para la fe, pero hay que transmitirla de forma catequética, no darla como un hecho. Progresivamente tenemos que ir recibiendo lo que significa que Jesucristo resucitó, y no proclamarlo sin más. La predicación tiene la misión de hacer verificable este acontecimiento.
 
Dios Padre ha devuelto la vida a Jesucristo, y Jesús la ofrece al hombre. Por eso tiene autoridad para anunciar: «El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la recobrará». Juan nos transmite el siguiente testimonio de Jesús: «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y vosotros también viviréis» (Jn 14,19). Esta es la garantía de nuestra buena noticia: ¡Porque yo vivo! El mundo no me verá porque solamente la fe llena los ojos de luz, pero vosotros sí me veréis. Continuemos con el evangelista: «Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). El Padre y yo somos uno. El hombre que cree en mí, y yo, somos uno, y ambos somos uno con el Padre. Esta realidad tiene un nombre: vida eterna.
 
Volvemos a la primera predicación de la Iglesia y oímos al apóstol Pablo exhortarnos: «Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios» (Col 2,12). Hemos de prestar atención a que Pablo no dice «resucitaréis», sino «habéis resucitado» por vuestra fe en el Evangelio que os permite ver el rostro de Dios. Aplicando la exhortación de Pablo a nuestra realidad, constatamos que, cuando el Espíritu Santo nos hace penetrar cualquier texto de la Escritura, sea un salmo, una carta o, por supuesto, el Evangelio, nuestro espíritu es consciente de que está con el Espíritu de Dios. Es lo que llamamos estar cara a cara con Dios.
 
Jesucristo, que frecuentemente da testimonio de que ve y oye al Padre, nos dice, dando énfasis a este tipo de relación, que «ama y conoce a su Padre porque guarda su Palabra». Veamos qué significa, en boca de Jesús, este guardar la Palabra. Guardar lleva consigo custodiar, vigilar, velar…, porque el tentador tiene la misión de arrebatar la Palabra recibida. Por eso nos puede pasar que a lo que creemos hoy, igual mañana ya no le damos fe. Guardar, pues, implica custodiar, velar, vigilar. Jesucristo hace estas tres cosas explícitamente en la oración del Huerto, que vamos a ver de forma entrecortada, siguiendo el evangelio de Mateo (26,40ss).
 
Ubicamos a Jesús en oración en la más completa soledad, pues sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, se han quedado dormidos. Se acerca a ellos y les dice: «¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para que no caigáis en tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es débil. Y, alejándose de nuevo por segunda vez, oró así: Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad». Con estas palabras, en las que Jesús absorbe con todas sus consecuencias la voluntad de su Padre, le vemos llevando hasta sus últimos términos lo que anteriormente había proclamado a todo Israel: «Yo no hago nada por mi cuenta» (Jn 8,27). En realidad, estamos en la cúspide de la fe: Jesús actúa por cuenta de Otro, por cuenta de su Padre. Si actuase por su propia cuenta, no habría cumplido su voluntad, no habría bebido la copa, no habría aceptado la cruz.
 
En este combate terrible de la fe llevado a cabo por Jesús, ninguno de sus tres amigos pudo velar…, se quedaron dormidos; no es que no le amasen, simplemente no estaban capacitados para velar; por lo tanto, tampoco para custodiar y vigilar. Es Jesucristo el que les va a enseñar, el que va a potenciarles para poder velar, custodiar y vigilar, es decir, para guardar la Palabra. Esta es la dimensión inconmensurable del don de Dios. A partir de Jesucristo, la Palabra marca una distancia infinita con la ley. Porque la ley te dice: ¡Hasta aquí y no más! Y el espacio que hay entre lo que es el hombre y el ¡hasta aquí!, lo marca una generosidad viciada por sí misma a causa de nuestra debilidad. Por eso, los tres amigos, ante la angustia de la oración de Jesús, se quedaron dormidos, les invadió el sopor de su debilidad.
 
En cierto sentido, la actitud de los tres discípulos nos recuerda el siguiente salmo: «Fulgurante eres tú, maravilloso, con los montones de botín que han sido despojados; los bravos están durmiendo su sueño» (Sal 76,5). Los valientes duermen su sueño, ¿no nos recuerda esto a Pedro, Santiago y Juan, bravos y valientes, que, durante la cena y antes de salir para el huerto, habían sacado pecho diciendo, igual que el resto del grupo, que no le abandonarían nunca? Prometieron y prometieron pero todavía no sabían velar ni vigilar, por lo tanto, tampoco guardar. Esto nos llama a ser quienes somos delante de Dios, hombres sin sabiduría ni conocimiento de las cosas eternas, extremadamente infantiles en nuestra debilidad. Él es el que nos va a enseñar a velar y a guardar. Para ello fue enviado por el Padre.
 
Es importante puntualizar que Jesús les dice: «Velad y orad para que no caigáis en tentación». No se nos promete que no vamos a ser tentados, porque, de hecho, tentado también fue Jesucristo. Él ha descendido al mundo y permanece con nosotros para ser la fuerza de nuestro espíritu, a fin de que nuestros pies estén sobre la roca haciendo frente a esta nuestra realidad: el espíritu está pronto pero la carne es débil.