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Resurrección de Lázaro (Giotto)

Nos despierta de la muerte

Cuando llega a los oídos de Jesús la noticia de que su amigo Lázaro está enfermo, dice: «Nuestro amigo Lázaro duerme pero voy a despertarle» (Jn 10,11). Siguiendo este pasaje, vemos que, ante la «dormición» de Lázaro, Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», rompiéndose así las ataduras de la muerte. También hay una voz sobre los discípulos, representados por tres que se durmieron. La voz de Jesús que, entrando en el cenáculo, donde estaban escondidos por miedo a los judíos una vez que fue sepultado, proclamó: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20,21-22).

Recibid el Espíritu Santo: Él es vuestra sabiduría, de Él viene vuestro poder para amar y guardar la Palabra. A partir de este acontecimiento, el discípulo puede caer, tropezar, desanimarse y hasta desesperarse; pero, si no se apaga el amor al Evangelio, recobrará continuamente su vida por más que haya caído hasta lo más profundo, e incluso, aunque sus ojos no vean ya nada.

La Palabra es, pues, resucitadora. Ya los profetas habían anunciado y prometido que la Palabra, llena de fuerza y de poder, sería enviada por Dios al hombre. «Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos» (Ez 36,27). A partir de la muerte de Jesucristo y su exaltación, se nos ha concedido a nosotros, débiles en la carne, el espíritu de las Santas Escrituras para poder observar la ley: ya tenemos la capacidad de guardar la Palabra porque, a causa de la victoria de Jesucristo, los que estén dormidos oirán su voz.

El Evangelio lleva consigo la semilla de la obediencia al Padre. Obediencia como la de Jesús. Ella hace penetrar el Espíritu Santo en el hombre de forma que este ya puede decir: “Señor, ¡no se haga mi voluntad sino la tuya!”. El Espíritu, profetizado por Ezequiel y que tiene su perfecto cumplimiento en Jesucristo, está, por Él, dentro de nosotros, y nos conduce a una obediencia de amor.

Acoger las santas Escrituras es entrar en el abrazo-comunión con Dios. A este propósito, podemos escuchar al salmista que dice: «Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios, he puesto mi cobijo en el Señor a fin de publicar todas sus obras» (Sal 73,28). Mi bien es estar junto a Dios; vuela nuestra mente hacia el principio del evangelio de Juan: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios…». Todo hombre que acoge la Palabra está con Dios; igual que el salmista, cifra su bien en estar junto a Dios. A partir de esta experiencia, se ve la necesidad y urgencia de «publicar todas sus obras». He aquí el manantial de la evangelización: Puesto que me ha librado, me ha puesto al cobijo de sus alas, estoy junto a Él, no puedo menos que comunicarlo a mis hermanos si es que realmente le amo. El anuncio de la Buena Noticia se realiza sobre la base de tu vida. Cuando Jesús cura al endemoniado de Gerasa, le dice: «Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo. Y fue por toda la ciudad proclamando todo lo que Jesús había hecho con él» (Lc 8,39). A esto se llama anunciar el Evangelio con libertad y autoridad.

Cuando confundimos evangelización con proselitismo o seguidismo, perdemos el tiempo. Pero cuando anuncias lo que Dios ha hecho por ti y que lo hace con todos, la predicación penetra en el espíritu de los oyentes. La Buena Noticia se anuncia sin fanatismos y prescindiendo de métodos extrasensoriales; en la normalidad se manifiesta la transparencia. No es lícito bajo ningún concepto manipular emocionalmente a los oyentes. La predicación de la Iglesia es el anuncio de que Dios hace el bien a todo hombre levantándolo a la más alta dignidad: la de los hijos de Dios.

 

Cara a cara con Él

Jesucristo pone en juego su existencia apostando por el amor del Padre para que el hombre pueda estar junto a Él, llegue hasta el abrazo. En el Evangelio encontramos gestos concretos de personas que hicieron experiencias que van mucho más allá de lo que puedan juzgarse a simple vista, ya que son gestos cargados de simbolismo. Por ejemplo: «En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Dios os guarde!” Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron» (Mt 28,9). Se trata de las mujeres que fueron al sepulcro para honrar su sepultura y Él les salió a su encuentro. Ellas se acercaron, se asieron, es decir, abrazaron sus pies –ya sabemos que los pies en la Escritura significan la Palabra–, y le adoraron: amor, abrazo y adoración; esto es estar con Dios cara a cara.

En otro nivel, leemos en los Hechos de los Apóstoles: «En Iconio entraron del mismo modo en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que gran multitud de judíos y griegos, abrazaron la fe» (He 14,1). La fe se abraza, no se mete como un contenido sin más en la mente. Y en la Carta de Pablo a los tesalonicenses escuchamos: «Conocemos, hermanos queridos de Dios, vuestra elección; ya que os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo… Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones» (1Tes 1,4-6).

En medio de muchas tribulaciones. Es un abrazar con y en el gozo del Espíritu Santo. Gozo que empapó el alma y cuerpo del Hijo de Dios y que fue prometido por Él a sus discípulos: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). Estos creyentes de Tesalónica estaban haciendo la experiencia de lo que es perder la vida y recuperarla. Los discípulos de Pablo conocen por sí mismos lo que significa que el Hijo de Dios haya venido al mundo para rescatar al hombre. Jesús es consciente de que ha venido para rescatar: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

La alegría de Dios es estar presente y ser testigo de este rescate. Por eso, cuando el hijo pródigo volvió a la casa, el mayor no entendió la alegría del padre. Aunque quien realmente no entendió fue el padre. No entendió cómo el hijo mayor podía ser tan necio; cómo, teniendo todo a su disposición, no quería tocar nada porque pensaba que iba a perder méritos ante él. El padre, sin embargo, se alegra porque su hijo estaba perdido y lo ha encontrado. Por eso dice: «Lo he recobrado, hagamos una fiesta». Recobrar y abrazar van juntos, por eso el padre se avalanzó al cuello de su hijo.

El abrazo con Dios nos unifica con Él. Es fusión y es pertenencia; algo así como la forma de pertenencia de amor que existe entre el Padre y el Hijo. Veamos esta inaudita realidad tal y como nos viene expresada en el Cantar de los Cantares: «Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: él pastorea entre los lirios» (Cant 6,3). Él es mi pastor, Él me da de comer, Él me da el «alimento que nadie conoce» (Jn 4,32); por la fuerza que me da esta comida, me llegaré hasta Él.

Ya antes había hablado el amado y decía: «Paloma mía, en las grietas de la roca, en escarpados escondrijos, muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce y gracioso tu semblante» (Cant 2,14). La novia está escondida en las grietas de la roca, oculta en la herida del costado del crucificado. Parece que nadie la ve, parece que tiene la vida perdida porque la ha apostado por lo menos atrayente que se pueda apostar: el Evangelio de Jesús. Dios, “que ve en lo secreto” (Mt 6,4), derrama sobre ella su inmensa ternura y le pide: «Muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz». Tu voz, me reconozco en ella porque es mi Palabra; y tu semblante, irradia mi misma Luz. «No tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará» (Ap 22,5).

Hay un proceso en la conversión: Primero, reconocer que tu pertenencia fue con los ídolos; y segundo, desplazarlos de ti, si es que eres consciente de que no te han servido para tener la calidad de vida que tu espíritu ya entrevé. Cuando Oseas anuncia la conversión que Dios va a traer sobre Israel, lo expresa así: «Y sucederá aquel día que ella me llamará: “Marido mío”, y no me llamará más: “Baal mío”» (Os 2,18).

Entendamos la terminología del profeta: Marido, se está refiriendo a Dios; y Baal, se está refiriendo a los ídolos. Jesucristo, y justamente en la oración del huerto que vimos antes, es quien nos da testimonio de su abrazo con Dios al llamarle: “Padre mío”. “Mío”: signo de abrazo y pertenencia.

Tenemos ante nuestros ojos un don de Dios que supera lo inimaginable. Es imposible que el hombre pueda desear algo que está tan fuera de lo real. Por si fuera poco, no nos ayuda nada nuestra congénita debilidad y torpeza. El apóstol Tomás viene en nuestra ayuda, ya que, por su incredulidad, le fue permitido palpar las heridas que le rescataron. Sus labios se saciaron de gozo al exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”.