“Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos
visitará la luz de lo alto – Jesucristo – para iluminar a
los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte.”

Lc 1; 78-79

Paisaje nevado

Fotografía: Nige Harris (Creative Commons)

CIUDADES DE HIELO

Tienen frío…
Les han enseñado
a llenar sus vidas
y a cubrir sus almas
con cientos de cosas,
pero… tienen frío.

Nadie les ofrece
una alternativa.
Nadie se preocupa
realmente por ellos.

Les venden formatos
de vida feliz.
Les hacen promesas
que nunca se cumplen.
Les hablan de rutas,
de sitios, de espacios
de itinerarios
para conseguir
su felicidad.

Y nada les sirve
porque, en el camino
han abandonado,
sin saberlo ellos
la única ruta:
la del corazón.

Y por eso…
tienen frío.

No te amamos, Padre
si permanecemos
ausentes e impávidos
ante tanto frío.

No hemos comprendido
la muerte de Cristo
si nos limitamos
a compadecernos
de tanto dolor.

El dolor que sufre
tanta y tanta gente
que vive en ciudades
cubiertas de hielo.

Gente que daría
hoy toda su vida
por salir de allí.

Son los convocados
por Cristo aquel día
en aquel sermón
desde la montaña.

Son los abatidos
porque no encuentran
nadie que les guíe.

Y en su soledad
y en su vejación
levantan sus ojos
y nos interpelan:
¿dónde está tu Dios?
porque tengo frío.

Y los que tenemos
las antorchas llenas,
llenas de tu Luz,
debemos correr,
correr a su encuentro.

No descanses, Padre,
dinos dónde están,
todos esos hombres,
para así, poder
pasarles la antorcha
de tu Luz eterna,
de la única Vida
que viene de Ti.

“En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también
con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el
espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los
humillados.”

Is. 57; 15