Juncos

“Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
María pensó que estaba hablando con el que cuidaba el jardín donde estaba la tumba. Por eso le dijo: «Señor, si usted se ha llevado el cuerpo que estaba en esta tumba, dígame dónde lo puso y yo iré a buscarlo.»
Jesús le dijo: «¡María! Ella se volvió y le dijo: ¡Maestro!»”
(Jn 20, 15-16)

 

Como los juncos

Escuché que debía salir a buscarte al lugar donde te encontraste por primera vez conmigo.

El primer día que me miraste y te miré. El primer día que estuve segura de haberte encontrado.

Todos tenemos ese día grabado en nuestro corazón y no es porque tú no estés siempre es porque nosotros antes no estábamos; hasta que decidimos salir a tu encuentro angustiados por la incertidumbre, pero con una fuerza que nos llevó a no desistir.

Ese lugar, que aparece de pronto es donde por primera vez hallamos la verdad que no nos abandona nunca y aunque después, la vida nos agite, y tantas veces creamos que te hemos vuelto a perder, como antes de encontrarte, donde no había nada, solamente queda esperar y seguir buscándote, porque en un sonido, en una imagen, en un escalofrío, apareces de nuevo para decirnos que nunca te habías ido, pero que el camino detrás de ti es así, impredecible, para que no demos nada por hecho.

Para que nosotros, que pronto nos acostumbramos a todo, no perdamos esa tenacidad de buscarte; porque en cada búsqueda, conocemos cosas nuevas de ti y de nosotros mismos y porque tú, mientras te buscamos, moldeas nuestra alma como lo hace el alfarero mientras el barro está aún húmedo: el barro de nuestro corazón se humedece con la prueba, con la búsqueda, con la angustia de no encontrarte.

Pero, allí en la distancia, esperando, buscándote, de repente nos dices que estás, que siempre estuviste, que nunca te irás, que la espera es uno de los caminos que tú trazaste para abrir nuestros ojos y que en la espera, crece la fe como lo hacen los juncos en las laderas de los ríos, zarandeados por los vientos de la vida, bailando al son del viento y alimentados por tu agua, tu agua de vida eterna.

 
“Si me llaman, yo les responderé; si gritan pidiendo ayuda, yo les diré: «Aquí estoy»” (Is 58, 9)