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Este Salmo es un canto de confianza de un hombre de Dios. Está en una situación adversa, todo se le viene encima y no tiene dónde ni cómo sostenerse hasta el punto de exclamar: «Cuando fallan los cimientos,¿qué puede hacer el justo?».

Los testigos de su adversidad, tanto amigos como enemigos, le dicen: «Escapa como un pájaro al monte». Ante este consejo tentador de huir, este hombre, desde lo más profundo de su fe, les responde: «Por qué me decís: me refugio en el Señor».

Vemos cómo él, que es imagen del Mesías, actúa no siguiendo la sabiduría de los hombres sino según la sabiduría de Dios sembrada en su corazón. Y como estamos hablando de Jesucristo, sabemos que Él, ante la adversidad en el cumplimiento de la misión a la que ha sido enviado por su Padre, actúa según la Palabra-Sabiduría que Él mismo le susurra en lo más profundo de su ser día y noche. Se cumple así en Jesucristo en plenitud, recogiendo otra vez la experiencia del autor inspirado, lo que ya nos anunció el primer salmo: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, sino que se complace en la palabra de Yavé, hasta el punto de que la susurra día y noche».

Pues bien, hemos visto cómo los impíos aconsejan al salmista que escape como un pájaro al monte. Este consejo no es otro sino instarle a que se desentienda de Dios y se refugie en la idolatría porque, indudablemente, le irá mucho mejor en su vida la protección de los ídolos.

En Israel, los profetas hablarán cómo Dios habita en su monte santo, en referencia al monte Sinaí, ubicando después esta presencia en el monte Sión, símbolo de Jerusalén.

Los profetas denunciarán con frecuencia que Israel abdicará del Dios manifestado en el monte santo, y fijará sus ojos y su corazón en los montes de los reinos y pueblos vecinos que edificaban sus santuarios en sus montes para dar culto a sus divinidades. Israel, que expresa perfectamente lo que es el corazón del hombre, no termina nunca de fiarse de Dios y, cuando Este parece un ser inerte e incluso incapaz de ayudar, decide resolver sus problemas acudiendo a las divinidades de los gentiles.

Es la tentación de idolatría de todos los tiempos, de todos los hombres, de todas las culturas, de todas las religiones. Es esta querencia a dar culto a las «divinidades» que se hacen presentes tangiblemente a nuestros sentidos: dinero, poder, fama, amor a cualquier precio… Son divinidades «reales» ante las cuales el hombre se inclina y, al mismo tiempo, le yerguen prepotentemente ante Dios. Escuchemos al profeta Jeremías denunciando esta querencia-realidad del pueblo de Israel: «Ovejas perdidas era mi pueblo. Sus pastores las descarriaron, extraviándolas por los montes. De monte en collado andaban, olvidaron su aprisco» (Jer 50,6).

«Olvidaron su aprisco», desdeñaron la Tierra que Dios les había dado en herencia y, con ella, desdeñaron también el monte santo y la ciudad bendita de Jerusalén. Por eso fueron desterrados a Babilonia.

Aun así es infinitamente mayor el amor y la misericordia de Dios que la perversión idólatra del ser humano; y así escuchamos estas palabras de consuelo y salvación salidas de su boca por medio del profeta Isaías en las que, más allá del pecado, prevalece el perdón y la reconstrucción que otorga al hombre. «Aquel día se dirigirá el hombre a su Hacedor y sus ojos hacia el Santo de Israel mirarán. No se fijará en los altares de los montes obras de sus manos, ni lo que hicieron sus dedos mirará: los cipos y las estelas en los que daba culto al sol» (Is 17,7-8).

Por esta misericordia de Dios el hombre puede acogerse a Él y contemplarle en el definitivo monte santo donde se manifestó en toda su plenitud: el Monte Calvario. Desde allí sigue revelándose como misterio de amor y misericordia a toda la humanidad. En este monte santo brotó, como nueva vida del costado herido del Crucificado, el santo Evangelio, que no es otra cosa que el mismísimo rostro de Dios ante cuya contemplación, el creyente se siente y se sabe acogido y cobijado.

Termina el salmo con un versículo de alabanza y de bendición a Dios, que le dio la sabiduría para desechar el «consejo de los impíos para escapar al monte» y encontrar protección en Él. Escuchemos, pues, la aclamación final del salmista: «Porque el Señor es justo y ama la justicia, los rectos de corazón contemplarán su Rostro».