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El fiel que encontramos en este Salmo es alguien que hace llegar hasta Dios su clamor con la certeza de que Él le hará justicia en la adversidad. Inmerso como está en la angustia, sabe que Dios le abrirá una salida. Tiene presente la historia de su propio pueblo que, ante el peligro que se cernía sobre él frente a las aguas del mar Rojo, el mismo Yavé en persona le abrió una salida, despejándole un camino de liberación. Por eso este salmista sabe que en su situación concreta, Dios tendrá piedad de él y escuchará su clamor, su oído entrará en comunión con su oración.
 
Hasta tal punto es grande la confianza de este hombre, que gritará a todos aquellos que provocan su angustia, estas palabras que son su baluarte, su defensa y su esperanza: «Sabed que el Señor hace maravillas por su fiel: el Señor me escucha cuando lo invoco».
 
Dios hace maravillas por su fiel, «mima a su amigo», según otras traducciones. ¿Cuál es el signo que nos trasmite la Sagrada Escritura para indicarnos que un hombre ha llegado a ser amigo de Dios? Lo encontramos en la figura de Moisés, tal y como nos lo describe el libro del Éxodo: «Yavé hablaba con Moisés cara a cara como habla un hombre con su amigo» (Éx 33,11). Dios le permitía así ver la Luz de su rostro. Por eso cuando Moisés bajó del monte Sinaí «la piel de su rostro se había vuelto radiante por haber hablado con Él» (Éx 34,29).
 
Israel tiene conciencia de que si no está frente al rostro de Dios, perderá su identidad como pueblo, por eso encontramos tantas veces en los Salmos, esta oración de súplica: «¡No me escondas la Luz de tu rostro!…».
 
Esta luz es identificada con la Palabra, como nos dice el evangelio de san Juan: «La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9).
 
Hemos oído decir al salmista que «el Señor hace maravillas por su fiel», porque siente que, al igual que Moisés, Dios está haciendo una historia con él, le está levantando de su debilidad y le está atrayendo al «cara a cara» con Él, revelándole el secreto y misterio de sí mismo, para que su vida se llene de Luz y de esperanza, para que todo en su existencia tenga sentido. No hay mayor tragedia del hombre que el no encontrar sentido a todos sus haceres y quehaceres, a todas sus ocupaciones y preocupaciones, al hecho de que la meta de las decisiones que ha tomado en su vida, aboque en un punto informe e indefinido que no es ni da respuesta a tanto esfuerzo derrochado.
 
El espíritu de este salmista lo encontramos desarrollado en este otro hombre fiel, que siente rebosar el pozo de aguas que colman de alegría inefable los entresijos de su alma, hasta el punto de gritar a Dios: «¡Qué grande es tu bondad, Dios mío!, tú la reservas y la brindas a los que a ti se acogen. A estos, tú los escondes en el secreto de tu rostro; es decir, les revelas quién eres, la profundidad de tu ser en el cara a cara, hasta el punto de que tu amigo es “rostro con rostro”, llevado por ti de la mano a la más profunda e intensa intimidad».
 
Jesucristo es aquel que vive continuamente el cara a cara con su Padre, ya que el Padre es el que pronuncia la Palabra, y el Hijo es la Palabra cumplida y, como tal, ofrecida y revelada al hombre, de forma que por medio de ella, todo hombre tenga la posibilidad de hacer la experiencia del cara a cara con Dios. Y, desde esta experiencia, puede proclamar igual que el salmista: «El Señor hace maravillas por su fiel». Jesucristo da gratuitamente esta su experiencia al hombre, y por eso dice a sus discípulos: «A vosotros no os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
 
Jesucristo puede llamar a Dios «mi Padre» porque, a causa de su oído permanentemente abierto, está en comunión con Él, exactamente con la misma luz, sin ninguna interferencia: La misma Palabra es el Padre y el Hijo. De la misma forma el discípulo, puesto que le es revelada la Palabra tal y como Jesús «la ha oído de su Padre», es llevado, gracias a la revelación del Evangelio ofrecida por la predicación, al «cara a cara» con Dios. Le es concedida de esta forma, hacer la misma experiencia de Moisés y del salmista: «El Señor hace maravillas por su fiel». Y a partir de esta experiencia el hombre ya no es siervo, porque el siervo solamente entiende de normas y leyes, excluyéndose de poder ver la cara de Dios. El amigo, que lo es tal porque le ha sido revelada la Palabra, entra en la luz del rostro de Dios. Y recordemos que este don de Dios es universal: Jesús lo ofrece a todo hombre sin distinción. «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8,12).