Desierto

Fotografía: Pexels (Creative Commons)

No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo.

Jn 17, 15-18


Cuántos desiertos he transitado.
Cómo te veía allí, a lo lejos
esperando, siempre.
“No importa lo que tardes”, decías.
Será el desierto quien te devuelva a mí.

Y, así era.
Tu voz dentro de mí
resonaba y mi corazón se quejaba
y tu imagen, lejos, en el horizonte
me recordaba días de sosiego
en la quietud de tu Luz.

Y, como Tú decías,
era el desierto quien me devolvía a Ti.

Hechos de Ti, de tu naturaleza
no sabemos ya vivir fuera de tu Luz.
Nuestra alma, todo nuestro cuerpo
sale cada día a los desiertos del mundo
para volver allí, al borde del camino
donde Tú esperas, siempre esperas, eternamente esperas…


Éstas son las enseñanzas de Jesús, el hijo de Sirac y nieto de Eleazar, que vivió en Jerusalén, que derramó su sabiduría como lluvia, y la dejó escrita en este libro. ¡Dios bendiga al que las estudie y las retenga en su memoria! Si tú practicas sus enseñanzas, serás tan sabio como valiente y la luz de Dios guiará tus pasos.

Eclesiástico 50, 27-29