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El tiempo litúrgico de la Cuaresma, es la preparación a la Pascua de Resurrección, que como sabemos, comprende el período de cuarenta días que va desde el miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, y que se caracteriza por ser un tiempo de penitencia.

Concretamente el ayuno y la abstinencia son las formas de mortificación que la Santa Iglesia nos propone como medios para poder dominarnos a nosotros mismo y  dedicar nuestra atención a las cosas de Dios, recordándonos que “no sólo de pan vive el hombre” (Lc 4,4). Podríamos verlo como un vaciarnos de nosotros, representado en el ayuno y la abstinencia para dejar que Dios, por medio de su Palabra, entre en nosotros y nos transforme. En el mensaje de Benedicto XVI sobre la Cuaresma 2009, nos recuerda que “la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno (y abstinencia) y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua”.

La oración sirve para elevar el alma a Dios. “¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde lo más profundo de un corazón humilde y contrito?” (Sal 130, 14). La humildad, pues, es la base de la oración.

El ayuno consiste en hacer una comida al día, pero se permite tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche.

La abstinencia, como sabemos, consiste en abstenerse de comer carne.

Son símbolos que nos permiten materializar el deseo de sentirnos pecadores y solidarios con los que menos tienen, pues nos llevan a poder ayudar con la limosna -dinero o alimento- a los más pobres.

Desde la postura de querer vivir una Cuaresma provechosa para nuestro espíritu, podríamos plantearnos una “lista” de actitudes a cumplir que acompañen a la tradición del ayuno y la abstinencia:

– Debemos acudir al Sacramento de la Penitencia. El Señor nos lo ha regalado para estar en gracia con Él. Somos pecadores y nos duele hacerle daño a nuestro Padre, con lo que es un buen momento de arrepentirnos de corazón y hacer una buena confesión.

– Tenemos que desear cambiar aquello sabemos que no está bien. Por ejemplo reflexionar sobre nuestro mayor defecto (mal carácter, egoísmo, envidia…) y proponernos cambiarlo en este tiempo propicio para los cambios. Hemos de ser realistas y empezar poco a poco, pues corremos el riesgo de cansarnos y no conseguirlo.

– Ofrecer nuestros sacrificios para y por amor de Dios. ¿No haríamos cualquier cosa por la persona amada? Pues así hemos de entenderlo. Ofrecerle a Dios aquello que nos cuesta hacer porque le queremos: ser mejores en el trabajo, amables con los que no nos simpatizan, privarnos de algunos caprichos prescindibles y abrirnos a aquellos que más lo necesitan.

– Y no podemos olvidarnos de la oración, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI. Es necesario que hablemos cara a cara con el Señor y no hay mejor forma que orando con humildad; aunque nos pueda parecer una pérdida de tiempo, Él responderá de una forma u otra.