Cristo crucificado (Murillo)

Cristo crucificado (Murillo)

Un hombre fiel acude desconsolado a Dios, pues está pasando por una terrible experiencia de hostigamiento y opresión por parte de sus enemigos: «Ten piedad de mí, oh Dios, porque me atormentan, me atacan y me persiguen todo el día; todo el día me vigilan y me atormentan, son muchos los que me combaten desde lo alto».

Nos vamos a detener en este aspecto que causa la angustia de nuestro hombre orante. Sus enemigos se emplean con saña contra él y le quieren derribar de la altura donde está situado. No es difícil identificar a este hombre, injuriado en lo alto, con Jesucristo levantado en la cruz. También nos es fácil ver a Satanás actuando en el pueblo alrededor del Calvario, vociferando a Jesús e instándole a que demuestre a todos si es o no Hijo de Dios. Para ello, le pedirán como prueba que baje, se libre de su altura: de la Cruz. «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: soy Hijo de Dios» (Mt 27,42-44).

Tentación terrible la que vive Jesucristo en su carne una vez que ha sido condenado y levantado a lo alto de la Cruz. Resulta que durante su vida nadie ha creído en Él, ni por medio de los milagros ni a través de la predicación ni por su continuo testimonio que da del Padre. Ahora le gritan que sí, que creerán en Él si es capaz de bajar de la cruz. Es decir, si desiste de su misión, si desobedece al Padre que lo entregó a la muerte por y para nuestra salvación.

Jesús, en ese momento en que está suspendido en lo alto, entre el cielo y la tierra, escucha dos catequesis bien diferentes. La de los hombres: baja de la cruz y creeremos en ti; y la del Padre: mantente en la cruz porque tú mismo anunciaste que «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). ¿A quién hacer caso?

Seguimos al salmista y vemos cómo, inmerso en el sufrimiento, encuentra su fortaleza en Dios y en su Palabra: «Así sabré que tú eres mi Dios. En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temeré. ¿Qué podrá hacerme un hombre?». Sin duda que estas palabras: «Tú eres mi Dios», resuenan en los oídos de Jesús durante el fragor de la tentación. Palabras que le ayudan a volver su espíritu desolado en búsqueda de una certeza. Esta consiste en saber que es el envidado del Padre para llevar a cabo la salvación del hombre.

Jesús tiene conciencia de que todo lo que el Padre le ha susurrado, todo lo que ha escuchado de Él, permanece para siempre, es eterno. No hay fuerza ni violencia ni maldad humana que puedan apagar la Palabra que Él ha oído del Padre. Y ésta es su fuerza y su apoyo. Ésta es la roca donde se asienta en el momento culmen de su misión. Éste es su escudo para rechazar las catequesis insidiosas que vienen de parte de la muchedumbre: «¡Baja de la cruz y creeremos en ti!». Jesús, aún con el cuerpo desgarrado, no tiene duda de que «el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán» (Lc 21,33).

Jesús es Maestro de maestros. Él es el que nos enseña a oponer la catequesis de Dios a las catequesis de los hombres; es Él el que da un sentido profundo y completo a la afirmación del salmista: «¿Qué podrá hacerme un hombre?». Jesús, con su decisión de mirar y escuchar solamente al Padre, da testimonio de la veracidad de las palabras del profeta Isaías: «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo… La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is 40-6-7).

Jesús es el Maestro y el Camino. En Él y por Él aprendemos que no podemos estar en dos palabras: la de los hombres y la de Dios. Si bien es cierto que la de Dios nos levanta a la altura de la cruz, es la única que da vida eterna. Abrazarnos a ella en y desde lo alto, es la garantía de nuestra inmortalidad. Por el contrario, la palabra del hombre, cuya altura es solamente la medida de su ambición, es como la hierba que crece esplendorosamente, tiene su ciclo de grandeza, después decae hasta que muere.

A esta altura, repetimos con Jesucristo y con el salmista: «Así sabré que tú eres mi Dios». Y es cierto, está y permanece para siempre. Apoyados en esta esperanza, sabemos que Él cuidará de nosotros y nos devolverá la vida que, por la fe recibida, estamos perdiendo en lo alto, en el misterio de la cruz.

Llamados a ser discípulos de Jesucristo, tenemos conciencia de que por Él apareció la vida en el mundo, vida inmortal que nos ha sido concedida. Esta es la buena noticia proclamada insistentemente por los primeros anunciadores del Evangelio, como lo vemos, por ejemplo, en el apóstol san Juan: «Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1Jn 5,11-12).