Soledad

Fotografía: Giampaolo Macorig (Creative Commons)

Un fiel israelita acude a Dios con el alma en vilo, pues está siendo objeto de la calumnia de la muchedumbre. En su desahogo, le dice que sus enemigos están utilizando la mentira para ensañarse con él: «¡Oh Dios, escucha mi oración, no te desentiendas de mi súplica! Me estremezco ante la voz del enemigo, ante los gritos del malvado. Descargan sobre mí calamidades y me atacan con rabia». En su desolación, siente que hasta su vida está amenazada por pavores de muerte, por lo que desea poner fin a su drama huyendo lejos, si es necesario hasta el desierto: «¡Quién me diera alas de paloma para salir volando y posarme…! Sí, huiría muy lejos y pasaría la noche en el desierto».

Su desvalimiento es tal que, por más que mira a izquierda y derecha, no tiene a nadie en quien pueda confiar, nadie en quien apoyarse. Incluso su amigo más íntimo y cercano es para él un extraño, y así lo constatamos en el reproche que le hace: «Si un enemigo me insultara podría soportarlo… Pero eres tú, un hombre de los míos, mi amigo, mi confidente, a quien me unía una dulce intimidad; juntos íbamos por la casa de Dios». Estamos ante uno de los aspectos fundamentales de la acción de Dios con un hombre para que alcance el culmen de su madurez espiritual: su soledad con Dios.

Vamos a detenernos pormenorizadamente en la figura de Ester. Estamos en el contexto de los judíos establecidos en Persia bajo el dominio del rey Asuero. El pueblo está en peligro de exterminio por las intrigas del visir Amán.

Ester ha llegado a ser la esposa de Asuero pero, aun siendo reina, está bajo una ley que establece que si se presenta ante el rey sin ser explícitamente requerida por él, es merecedora de la pena de muerte. Tiene que decidir, pues si no se presenta, su pueblo será exterminado. Así pues, aunque el rey no la ha llamado, decide ir a su encuentro para solicitar gracia para su pueblo. Antes de introducirse en su recinto, se dirige a Dios y le abre su espíritu con esta hermosísima oración que el libro de Ester nos brinda en el capítulo cuarto, y del que entresacamos los siguientes textos:

«Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único, ven en mi socorro que estoy sola y no tengo socorro sino en ti, y mi vida está en peligro». Ester es consciente de que se está enfrentando sola a esta terrible situación. Sola asume el peligro sabiendo que puede perder la vida. Sabe también que sola, y solo ella, puede salvar al pueblo. Además es consciente de que todos los israelitas tienen puesta en ella su última esperanza.

«Ahora hemos pecado en tu presencia y nos has entregado a nuestros enemigos porque hemos honrado a sus dioses. ¡Justo eres, Señor!». Nos enriquece mucho esta faceta de su oración. Es proclamada con la humildad de quien sabe que ha pecado. Con la humildad de quien se siente hija de un pueblo que ha abandonado a Dios por los dioses de otro pueblo. Ester confía en la misericordia de Dios, pues ni ella ni su pueblo tienen obras meritorias que le hayan agradado, más bien lo contrario.

«Líbranos con tus manos y acude en mi socorro, que estoy sola y a nadie tengo, sino a ti, Señor». Ester, con estas palabras, da a entender a Dios que conoce no solamente su misericordia sino también el poder de sus manos. Las mismas manos que liberaron a Israel de Egipto, que les abrió el mar Rojo, que les alimentó en el desierto y les conquistó la tierra prometida. Ella insiste una vez más en que está sola, en que no tiene a nadie, pero confía en las manos de Yavé, manos que vendrán en su auxilio.

«Oh Dios, que dominas a todos, oye el clamor de los desesperados, líbranos del poder de los malvados y líbrame a mí de mi temor». Ester termina con estas palabras su impresionante ruego. Se sabe portavoz del clamor de los desesperados, participa de la desesperación de su pueblo, al que añade su propio temor de exponerse a la muerte estipulada por el edicto del rey. De ahí sus últimas palabras: «Líbrame a mí de mi temor». Sabemos cómo Yavé oyó su súplica y apartó el peligro que se cernía sobre el pueblo.

Ester, que enfrenta la muerte en la más absoluta soledad, sin otro refugio y apoyo sino Dios, es figura del Mesías. Jesucristo enfrenta la muerte en la más espantosa y absoluta soledad y con el mismo temor y angustia que Ester, tal y como le vemos en la oración del huerto de los Olivos.

Dios salvó a Ester y a todo el pueblo. El mismo Dios rescató del sepulcro a su Hijo Jesucristo y, en este rescate de su Hijo, hemos sido todos salvados. No se trata ya de un pueblo concreto, fuimos salvados todos. La dimensión liberadora y redentora del Hijo de Dios traspasó todos los límites geográficos y todos los puntos de la historia. En Él, todo hombre encuentra la salvación.

Jesús asume la soledad de todas las soledades. Es consciente de que no va a poder apoyarse en nadie, ni siquiera en ninguno de los discípulos. Sabe que su apoyo es su Padre.