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Inicia el Salmista su oración con un grito desgarrador: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es como si el sufrimiento se hubiese adueñado de todo su ser, como si un huracán de dolor emergiera desde lo más profundo de su alma y le golpeara la garganta obligando a su boca proferir estas palabras tan desesperantes. Además, nuestro autor interpela al Dios que tantas veces estuvo cercano a su pueblo salvándole de situaciones terribles: «Tú habitas en el santuario donde Israel te alaba. En ti confiaban nuestros padres, confiaban, y tú los ponías a salvo; a ti clamaban y quedaron libres, en ti confiaban y no fueron defraudados».
 
Numerosos actos de salvación de Dios, hechos para con su pueblo, pasan por la mente del salmista. Podemos indicar como referencia el canto triunfal que Moisés y los israelitas entonaron cuando fueron liberados por Yavé en el paso del mar Rojo: «Canto a Yavé pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro. Mi fortaleza y mi canción es Yavé. Él es mi salvación. Él, mi Dios, yo le glorifico, el Dios de mi padre a quien exalto…» (Éx 15,1-2).
 
El drama de este hombre es que ha habido salvación por parte de Dios para con su pueblo a lo largo de toda su historia y para él no; es como si Dios mirara para otra parte, siente un abandono total hasta el punto de continuar así su oración: «Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de los hombres, desprecio del pueblo. Todos los que me ven se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza: Acudió al Señor. ¡Pues que el Señor lo salve! ¿Qué lo libre, si de verdad lo quiere!».
 
¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Son las palabras que oímos a Jesús agonizante en la cruz. Sin embargo Él, superando la tentación de desesperanza, proclamará su confianza en el Padre que le ha enviado, lanzando un clamoroso grito, con la certeza de que su súplica no se perderá en el vacío: ¡A tus manos encomiendo mi espíritu! (Lc 23,46). Grito de confianza que también vemos presente en el salmista: «Pero tú, Señor, no te quedes lejos! Fuerza mía, ¡ven deprisa a socorrerme! ¡Salva mi cuello de la espada, que no me destrocen las garras de los perros!».
 
Este hombre orante confía en que Dios actúe para salvarle y poder así dar testimonio del amor y la misericordia de Dios a sus hermanos. Ve a lo lejos una gran asamblea donde podrá confesar que el poder salvador de Dios ha actuado en él cuando todos los dramas humanos concebibles le empujaban a la desesperación y a la muerte. «Voy a contar tu fama a mis hermanos, voy a alabarte en medio de la asamblea. Los que teméis al Señor, ¡alabadlo! Glorificadlo toda la estirpe de Jacob. Los pobres comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan».
 
El salmista sabe que un día podrá testimoniar el amor de Dios para con él «en medio de la asamblea…». Y en medio de la asamblea de los discípulos, recluidos en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y más cerradas todavía las puertas de su corazón por la desesperación de haber abandonado a Jesucristo en la soledad de la cruz. Este se presenta con palabras de liberación y de perdón: «La paz con vosotros. Inmediatamente les enseñó las manos y el costado y ellos se alegraron» (Jn 20,19-21).
 
Rotas las cadenas de la muerte, se presenta Jesús en medio de sus hermanos -los hijos de la Iglesia-; hermanos suyos por su comunión con el Evangelio, y rompe en ellos y en nosotros todas las cadenas que conlleva cada drama humano que a lo largo de nuestra vida, de una forma o de otra, nos alcanza.
 
Volvemos al salmista y le oímos decir que su testimonio recorrerá el mundo del uno al otro confín, y tendrá la fuerza para que los hombres de todos los pueblos y naciones se vuelvan a Dios. «Los confines de la tierra se postrarán en su presencia, lo recordarán y volverán al Señor todas las familias de las gentes».
 
Como vemos, y siempre es así, este salmo se cumple en su plenitud en el Hijo de Dios. Su testimonio tiene un nombre: el santo Evangelio, a partir del cual «todo hombre de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9) se volverá al Señor.
 
Y así escuchamos las últimas palabras de Jesucristo a su Iglesia, convocada en el día de su Ascensión a los cielos: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a acoger el Evangelio que yo os he transmitido. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20). La Iglesia, los cristianos anunciamos el Evangelio por todos los confines de la tierra, no para hacer proselitismo ni para rivalizar con ninguna religión, sino para que el testimonio de Jesús alcance a todos los hombres hasta los lugares más remotos, a fin de que podamos volver nuestro rostro al Padre que rompe todas nuestras cadenas y desesperanzas.