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En este Salmo el autor invoca a Dios y le suplica que proteja al rey, que está invadido por la angustia, al igual que todo israelita, ante la presión que los enemigos de los reinos vecinos ejercen sobre el pueblo, el cual vive en la zozobra de ser asaltado y derrotado.
 
El salmista, pues, se dirige a Dios con estas palabras: «¡Que te responda el Señor en el día de la angustia, que te proteja el nombre del Dios de Jacob! Que te envíe auxilio desde el santuario…».
 
Jesucristo recoge las angustias del hombre, que se hacen presentes de forma intolerable cuando se presenta la muerte. ¿Por qué la muerte es nuestra enemiga? ¿No es porque puede aparecer como punto final ante todo lo que el hombre ha amado, vivido, creído, realizado…? Decíamos que Jesucristo recoge todas estas angustias experimentando Él mismo la turbación de la muerte.
 
Por eso, antes de la Última Cena, ya a las puertas de su Pasión, escuchamos a Jesús exclamar: «Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero, ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,27).
 
Jesucristo absorbe la angustia de todo hombre ante la muerte y la vence, como nos dice el apóstol Pablo: «El último enemigo en ser destruido será la muerte. Porque Él ha sometido todas las cosas bajo sus pies» (1Cor 15,26-27). Ha sometido bajo su poder incluso a la muerte.
 
Así, volviendo al salmo, vemos cómo el salmista anuncia que Dios dará su fuerza al rey para que Israel obtenga la victoria sobre sus enemigos. Dando un salto hasta el Mesías, vemos cómo Jesucristo no es que tenga la fuerza de Dios, ¡Él mismo es la fuerza de Dios! Y al vencer su angustia ha vencido también la nuestra, por lo que podemos cantar con Pablo este triunfo: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?… ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1Cor 15,54-57).
 
El Hijo de Dios, en este combate con la muerte, siente la cercanía del Padre y escucha de su misma boca estas palabras que le confortan: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,28).
 
El apóstol Pedro nos cuenta como testigo excepcional, la experiencia de aquel día en que el Padre glorificó a Jesús. Fue en el acontecimiento de la transfiguración: «Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: “Este es mi hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz venida del cielo, estando con Él en el monte santo» (2Pe 1,17-18).
 
Dios Padre glorificó entonces a su Hijo y, tal y como prometió, le glorificó después de su muerte resucitándolo, y así lo hizo saber, por medio de sus ángeles, a las mujeres que habían acudido el primer día de la semana al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…» (Lc 24,5-6).
 
Está vivo y victorioso, y así lo anuncia el salmista al proclamar la victoria y la salvación que Dios otorgará al rey: «Ahora conozco que Yavé dará la salvación a su ungido; desde su santo cielo le responderá con las proezas victoriosas de su diestra».
 
Hemos visto al salmista aclamar la victoria de Yahvé. Los cristianos aclamamos que «su victoria es nuestra». Y así escuchamos a Juan en su primera Carta que «todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1Jn 5,4). Nacer de Dios, nacer de lo alto, nacer del agua y del espíritu… son todas ellas expresiones para anunciar al hombre nuevo que nace del germen incorruptible, que es la Palabra.
 
Volvemos al apóstol Pedro que nos dice: «Habéis purificado vuestras almas obedeciendo a la verdad… Amaos intensamente unos a otros con corazón puro, pues habéis sido reengendrados de un germen no corruptible sino incorruptible por medio de la palabra de Dios viva y permanente» (1Pe 1,22-23). Y Santiago insistirá en lo mismo con estas palabras: «Dios nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas».
 
El salmista invita a los fieles a aclamar la victoria de Yavé. Nosotros aclamamos la victoria de Dios, de su Hijo y la nuestra con el corazón agradecido de quien sabe que Dios lo ha hecho todo por él. Por lo que nos unimos al apóstol Pablo en esta aclamación que le salió del alma a nuestro hermano en la fe: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿Los peligros? ¿La espada?… Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rom 8,35-37).