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En este Salmo se nos presenta la figura de un hombre justo, fiel a Dios, que es objeto de infamia y persecución por parte de sus enemigos, quizá porque su amor a la verdad en su relación con Dios no deja de ser molesta a los «fieles» de su entorno. Vista su inferioridad en esta confrontación tan desigual, decide cobijarse en Dios gritando: «Dios mío, me acojo a ti. Líbrame de mis perseguidores…».

¿A quién podemos ver en este hombre sino a Jesucristo, el único que puede presentar su inocencia ante Dios? Él, limpio de pecado, se sometió a toda injusticia humana, y por eso puede presentarse ante el Padre, sabiendo que es acogido por Él. Escuchemos al apóstol Pedro, que nos dice: «Él, que no cometió pecado y en cuya boca no se halló engaño; Él, que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos del Aquel que juzga con justicia…» (1Pe 2,22-23).

Jesucristo puede acudir al Padre con esta confianza y, como leemos en el Salmo, puede dirigirse a Él así: «SI he cometido injusticia». Es decir, no tiene sus manos manchadas de sangre porque no ofendió ni de palabra ni de obra absolutamente a nadie. Sus manos están limpias de iras y rencores.

¿Puede el hombre decir lo mismo acerca de sus manos? Escuchemos al profeta Isaías que habla en nombre de Yavé a su pueblo diciéndole que su presencia en el Templo es aborrecida por Él, hasta el punto de exclamar: «Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos para no veros. Aunque multipliquéis vuestras oraciones, yo no os oigo. Vuestras manos están llenas de sangre: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal y aprended a hacer el bien…» (Is 1,15-16).

Aparece la evidencia: todos somos pecadores y, en nuestros pecados, arremetemos unos contra otros. Esta situación de pecado universal, «pecador me concibió mi madre» como escuchamos en los Salmos, está explicitada por el apóstol Pablo cuando nos dice: «Pues todos pecaron –tanto judíos como gentiles– y todos están privados de la gloria de Dios» (Rom 3,23).

La Buena Noticia del Evangelio es que, si la situación de pecado es universal, universal también es la justificación, es decir, la santificación concedida por Jesucristo a todo hombre. «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1Cor 6,11). Y esto, gracias a la sangre de un Cordero sin mancha, es decir, inocente, como escuchamos a Pedro, «sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros Padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una Sangre preciosa, de Cordero sin tacha ni mancha: Jesucristo» (1Pe 1,18-19).

Incapaces de poder presentar a Dios unas manos sin divisiones ni rencores, hemos sido lavados por Aquel que, con su sangre, nos ha santificado para Dios. Pablo, en la primera Carta a Timoteo, podrá decir que los cristianos, cuando se reúnan en comunidad, «oren elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin iras ni discusiones» (1Tim 2,18). Lo que no era posible en la antigua ley, Dios lo ha hecho posible a partir de Jesucristo en los hombres que creen en Él. Y es en y por medio del Evangelio como el hombre es consagrado a Dios porque se encuentra con la Verdad: «Santifícalos en la Verdad, tu Palabra es Verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la Verdad» (Jn 17,17-19). No es, pues, un libro de estudio, es la misma Palabra viva de Dios que consuma la creación del hombre con la fuerza creadora de esta Palabra que es salvación, justificación, santificación, consagración…

Y entendamos bien en qué sentido nos habla san Pablo de justificación: significa ajustarse, es decir, «ajustarse a Dios» como una pieza se ajusta perfectamente a otra. Así, el Evangelio termina de moldearnos, de «ajustar» nuestra imagen y semejanza de Dios hasta que encajamos totalmente en Él.

El hombre, rescatado por Jesucristo con su muerte, hecho efectivo el rescate por medio de la Palabra acogida, puede, ahora sí, unir su voz a la de Jesucristo y continuar la plegaria del Salmo: «Júzgame, Señor, según mi justicia, conforme a la inocencia que hay en mí. Pon fin a la maldad de los injustos y apoya tú al inocente, pues tú sondeas el corazón y las entrañas, tú, el Dios justo. Dios es quien me protege, él quien salva a los rectos de corazón…».