Jesús Redentor (Río de Janeiro)

Fotografía: Paul Mannix (Creative Commons)

Canto de aclamación a Yavé a quien se le reconoce como Rey del universo. Todo Israel, como una única asamblea, entona este himno de alabanza e invita a todos los pueblos de la tierra a proclamar la realeza de Dios. «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Porque el Señor altísimo es terrible, el gran rey sobre toda la tierra».

El profeta Isaías, en consonancia con este himno, anuncia que Dios convocará a todas las naciones. Todos los hombres de la tierra podrán entonces contemplar y aclamar la gloria de Dios: «Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos una señal y los enviaré a las naciones… A las islas remotas que no oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones» (Is 66,18-19).

Verán la gloria de Dios, lo cual quiere decir que contemplarán su rostro ya que, en la Escritura, gloria y rostro significan lo mismo. A causa de este «contemplar», la salvación descenderá sobre todos ellos porque el rostro de Dios irradia la luz que ilumina los corazones de los hombres por medio de la Palabra, provocando en ellos un camino de conversión hacia Él.

El autor de la Carta a los hebreos, nos dice que Dios ha dejado su gloria impresa en su Hijo Jesucristo: «Dios, en estos últimos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también creó el mundo; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la majestad en las alturas» (Heb 1,2-3).

El apóstol Pablo es consciente de que en el Evangelio está contenida la gloria de Dios, es por eso que se refiere al libro santo con estas palabras: «El Evangelio de la gloria de Jesucristo, que es imagen de Dios» (2Cor 4,4). Hemos visto antes, en el texto de la Carta a los hebreos, al Hijo de Dios sentado a la derecha de la majestad, es decir, participando de la gloria y reinado del Padre, de los que los cristianos somos herederos y coherederos con Jesucristo, como nos atestigua el apóstol Pablo (Rom 8,17).

¿Por qué es importante para un hombre ver la gloria de Dios en el Evangelio? No es solamente importante sino absolutamente necesario, pues de ella nos viene la sabiduría que necesitamos ante la tentación.

Sabemos que Jesús fue tentado en el desierto por tres veces. En una de ellas el tentador le dijo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya. Jesús le respondió: Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4,6-8).

Jesús desarma al tentador con su sabiduría y discernimiento. Sabe muy bien que la gloria que le ofrece el tentador no le levantará del sepulcro, mientras que la gloria de su Padre, sí. La victoria ante cualquier tentación, no es alcanzada por la fortaleza que pueda darnos el heroísmo ni nuestros buenos propósitos o compromisos, sino por la fortaleza decisoria que nos es concedida por la sabiduría de Dios. Esta es el arma por la cual Jesucristo distingue y pone en la balanza una y otra gloria. La elección es fácil; hay una gloria que pasa y la gloria que permanece para siempre: la que le constituye Rey de reyes. Veamos cómo termina este salmo: «Los príncipes de los pueblos se alían con el pueblo del Dios de Abrahán, pues de Dios son los grandes de la tierra y él está en el lugar más alto».

Jesucristo anuncia esta aclamación universal cuando cura al siervo del centurión, y nos presenta la imagen del gran banquete en el reino de los cielos donde se sentarán hombres y mujeres provenientes de todos los rincones de la tierra: norte, sur, oriente y occidente (Lc 13,29).

Y la visión que tiene el apóstol Juan del triunfo de los discípulos de Jesús en el reino de los cielos, se inicia con estas palabras: «Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos» (Ap 7,9).

Una catequesis para todos los hombres es el gran pecado de Israel en el desierto: Es como un espejo para todos. Israel cambió la gloria de Yavé, que habían podido contemplar en tantas maravillas realizadas en su liberación, por la gloria del becerro de oro, símbolo del dinero: «En Horeb fabricaron un becerro, adoraron un ídolo de metal. Cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come hierba» (Sal 106,19-20).