Vidrieras de la Trinidad

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Dice el Señor por boca del profeta Ezequiel:

“…Os recogeré entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra…”

Yahvé se ha escogido un pueblo, el pueblo de Israel, del que nosotros somos sus herederos; y, en esa herencia, siempre presente en Él por sus atributos de Eternidad y Presente continuo y permanente, nos elige también a nosotros; no ciertamente por nuestros méritos o por nuestra valía; simplemente por su infinito Amor. Nos reúne de entre todos los pueblos, sin distinción de raza, color de piel, sexo, edad, formación… estas características nos definen a los humanos, incluso, a veces, nos separan, “nos clasifican”, pero no son válidas para Dios.

Nos lo recordará muchos siglos después Pablo: “…Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús…” (Gal 3, 28)

Y nos llevará a nuestra tierra. ¿Cuál es nuestra tierra? Es la tierra prometida, el Cielo, la visión Beatífica de Dios. Esa es nuestra tierra. Es nuestra particular Tienda del Encuentro.

La Tienda del Encuentro es el lugar donde Moisés se encontraba con Dios-Yahvé, donde Moisés hablaba cara a cara con Él, como un amigo habla con su amigo. (Ex 33, 11)

Y esto sucede inmediatamente después de la idolatría del pueblo de Israel adorando al becerro de oro. Yahvé quiere castigar a su pueblo -pueblo de dura cerviz, nos dirá-, pero por la intercesión de Moisés, le envía a la Tierra Prometida, tierra que mana leche y miel, ciudad de Jericó.

Hay una oración bellísima de Moisés a Yahvé pidiéndole compañía para llegar a la tierra prometida; Yahvé le contesta: “Yo mismo iré contigo y te daré descanso”. (Ex 33, 14)

Y Moisés contesta: “Así, tu pueblo y yo nos distinguiremos de todos los pueblos sobre la tierra”.

A lo que Yahvé replica: “Haré también esto que me pides, pues has obtenido mi favor y yo te conozco por tu nombre”. (Ex 33, 17)

Hermosísimas palabras de Dios-Yahvé: “te conozco por tu nombre”; en el mismo sentido nos dirá Jesucristo en (Jn 10, 28): “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”.

Los cristianos, los que buscamos a Dios, los que queremos ser discípulos de Jesucristo, escuchamos la Voz de Dios, y Él nos llama por nuestro nombre.

…Y, continuando con Ezequiel, dice: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará, de todas vuestras inmundicias os he de purificar, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne…”

Profecía de Ezequiel, anunciando a Jesucristo: Él es el Agua viva, como le dice a la Samaritana en ese bellísimo diálogo que recoge Juan en el capítulo 4 de su Evangelio. Le dice Jesús: “…Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ¡Dame de beber!, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado Agua Viva…”

Y más adelante continúa: “…el que beba del agua que Yo le de se convertirá en él en fuente de agua que brota para la Vida Eterna…” (Jn 4, 14)

Jesucristo es esta agua Viva derramada sobre nosotros para purificar todas nuestras idolatrías, lavar nuestros pecados. Él cambia nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, con las palabras ARRANCARÉ. Si recordamos, en las palabras de la Consagración, decimos: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo…”. Palabras que dice Juan el Bautista cuando ve pasar a Jesus antes de bautizarlo (Jn 1, 29), y cuya traducción más exacta es que ARRANCA EL PECADO DEL MUNDO, esto es: arranca de raíz el pecado. De esta forma, arrancará el Señor Jesús nuestros pecados, como dice la Escritura en boca de Ezequiel, cambiando nuestro corazón de piedra en uno de carne.

“… Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios…”. Esta tierra será para nosotros nuestra Tienda del Encuentro con Jesucristo, profetizado por Ezequiel, anunciado por Moisés en la Teofanía -manifestación- en el desierto, promesa de Jesús: “…Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos Morada en él…” (Jn 14, 23)

Alabado sea Jesucristo.